martes, 22 de abril de 2008

Blanca


Blanca se siente perdida, toda una vida de superarse y ahora le tiemblan los cimientos, montañas de flores adornando su mesa de trabajo cada día conjurando el mal ambiente que produce la prepotencia de su jefa, que se cree mas que nadie.
Desde pequeña, cuando siempre en el colegio la confundían con su hermana melliza, que no gemelas, Nieves, y a pesar de lo gracioso de sus padres poniendo los nombres, Blanca siempre se ha sentido como a medias, atada a una relación familiar, a una hermana que un día decidió hacer su vida y la dejo a ella como colgada, una vida compartida que no es que se pusiera punto y final, digamos mejor un punto y otro punto, así , puntos suspensivos, ahí te quedas yo empiezo otra etapa, no estaré lejos, pero tampoco podré estar como antes...
Después atada al estigma de no haberse casado ni tenido niños, atada a conseguir valerse por si misma y a la vez, con la sensación como si tuviera que demostrar al mundo que todo cuanto ella hacía era valido.
Blanca ha cambiado muchas veces de trabajo, y lo que ella pretendía al hacerlo era sentirse útil, contenta con lo que hacia, pero para todos los demás, lo que Blanca ha tenido ha sido mucha mala suerte en no conseguir adaptarse a nada de lo que ha tenido, y que ya son años para andar moviéndote y con la casa (cajón) a cuestas como los caracoles.
Pero hoy Blanca se siente perdida, insegura, una cosa es que nunca se haya casado y otra muy distinta es que nunca haya estado con algún que otro hombre, vivir sola esta bien, incluso llegas a acostumbrarte de manera que no quieres interferencias en tu espacio, que no toquen tus cosas, que tu mundo sea tuyo, tus horas, tus espacios, tus silencios...
Al salir de trabajar todo eso se convierte en algo propio que cuidas de forma casi obsesiva, sabes exactamente lo que hay en la nevera, sabes lo que hay que hacer en casa y si quieres lo haces, si no, se puede dejar para otro momento, sabes que puedes estar como quieres, y sobre todo si quieres.....
Pero Blanca se siente mujer, muy mujer y de cuando en cuando le apetece sentir el calor de otro pecho contra el suyo, las caricias de otras manos que ya no son tan conocidas, el roce de otros labios en su piel, pero así, de vez en cuando, sin que implique perder lo que tiene, su libertad, su soledad, su mundo...

Y descubrió Internet, Blanca comprobaba cada día que escudada tras la pantalla no había timidez, no existía la vergüenza de entrar sola en un pub y esperar a ver si alguien la entraba y había conversación, que ahí, sentada tras la mesa, nadie de los que la conocían la veía vagar de barra en barra o de baile en baile y eso fue una liberación, una sensación nueva de poder, de elegir, de ser quien llevaba las riendas...
Y así vestida, vestida del poder del anonimato se lanzo a fondo, hace ya mucho tiempo, Blanca ni recuerda cuanto, al principio se asustaba de los comentarios que algunos le hacían, al final, asustaba ella de lo que podía llegar a dar, y también para Blanca llego el momento en el que las letras impresas en la pantalla le decían mas bien poco así que empezó a pedir fotos, a seleccionar y de ahí a poner una web-cam fue todo un paso.

Hubo cosas graciosas para Blanca, y tristes también, como cuando recibió una foto de su cuñado, el marido de Nieves, mintiendo y con un nombre ficticio, buscando sexo fácil y sin compromiso...
Muchos hoteles, hostales y pensiones ha conocido Blanca, muchas camas distintas con cuerpos distintos en donde naufragaba y reflotaba con asco en la piel y en el sentimiento, desencantándose cada dia un poco mas, hundiéndose pese a los reflotes constantes, sin encontrar sentido a casi nada...
Ahora todo es diferente y por eso Blanca se siente perdida, porque el no es como los demás, porque tras una cita vino otra, con respeto, porque se ha perdido en los ojos marrones de un señor serio cuyos ojos sonríen, y le da lo mismo, esta bien, se encuentra bien , no hay agobios, ni prisas, cada uno esta en su lugar y cuando están juntos el reloj no corre, el tiempo no pasa aunque a veces parece que fuera todo lo contrario, que todo fuera demasiado deprisa y que los ratos juntos parezcan cortos, se queden solo en ese suspiro.
“Mira cómo ando, siempre insatisfecha, siempre buscando sorpresas brillantes que han sido tiradas por error dentro de cubos de basura. Que nado entre algas negras y me trago la saliva envenenada, y aún así abro los ojos al bucear, y grito más alto cuando escapo de tu cuerpo. Que no sé, que no sé ni sé decir, ni sé pensar qué debo pensar, porque el río se ha secado, que las sábanas acumulan el sudor de una noche tras otra y no las cambio ni las guardo. Ando a golpes por el barro, no me detengo en el placer sin mas..., sin embargo,he notado cómo se hundían mis pies, al notar la frescura húmeda de la tierra, y vivir sin dejar de soñar, y soñar y protegerme, y no encumbrar mis tristezas, sino mi ánimo alegre.
Digo: Si la alegría tuviese un nombre sería este: Ahora.

Me dejas ver la ciudad desde lo más alto, volar en tu azotea y creerme mil personas, y dejo que el viento me despeine, y te hablo con voz clara, y te miro, y me callo. Y noto que algo cambia, que desvío la mirada y me crezco, tan mínima como soy, ante la ciudad que atardece, ante todos los coches, las ventanas más lejanas. Las vidas que empiezan y los cambios que vendrán mañana. Y me siento débil, pero la más grande: Lo tengo todo, míralo!... qué bonito. Y no sé tampoco si me entiendes, si eres capaz de leer entre líneas, si beberías también de Darío y Macu, si no eres una mente bonita pero hiriente de vacío, como lo fue Jorge. Me dices nervioso que te sientes bien conmigo. Titubeo y dejo que me desnudes. Y me tocas, y cierro los ojos, y te imagino, y te siento, y me olvido, y vuelvo a volar tumbada en tu cama, breve pero tan mía como mi propia habitación. Me dices que estarías mirándome todo el tiempo, y me reconozco en tus palabras, y sostengo mi imagen en el espejo. Admiro tu cuerpo como el regalo de esta noche. Pienso como una cobarde, que no todo el mundo ha dormido siempre en casa, y aprendo, y vivo, que piso este nuevo escenario y cuando salgo me llevo los momentos pasados guardados en el bolsillo. Que aún siento tu lengua y te siento entrando, que no sé, no sé decir, y me miras buscando que te diga, y solo encuentro silencio, y no sé si comprendes. Que me sentí nueva llegando a clase, con los ojos lavados y la cabeza fresca, llena de ganas, rebosando vitalidad, y deshaciéndome sorprendentemente de la superficialidad que se amontona en mi espalda, y que tanto pesa a veces. Que no sé decir, pero me encanta dormir contigo, y bailar al mismo son desde el primer compás. Que no quiero que pares, que me estremezco al recordarlo y la inercia me abre las piernas”

Blanca se siente perdida porque esta puerta abierta es a su vez un contrasentido, una posible renuncia a todo lo que lleva vivido y el miedo a arriesgarse es mucho, el la dijo de dar un paso mas, de quedarse a dormir, de traer su cepillo de dientes y algunas cosas y a Blanca eso la ha asustado, porque si lo extraordinario se convierte en rutina, en ordinario, ya no sabe si será lo mismo, si le gustara, si querrá que pase.
Hay que probar, dijo el, y a Blanca se le rompieron los esquemas, porque ahora es una noche el, luego, el tiene dos hijos de un anterior matrimonio, si el se viene a vivir, ellos van en el mismo lote, cuando le toquen claro, cuando la sentencia del divorcio les asigne estar con su padre.
Blanca piensa que si malo era andar tonteando por internet, esto no lo es menos, ya esta hecha a su independencia a su modo de vivir, le da miedo...

miércoles, 16 de abril de 2008

Lucia


Abre los ojos a la oscuridad del despacho y al tintineo de las pulseras de la pasante. Siente un apego funcional por los cascabeles dorados que brotan de su muñeca. Siente apego por un sonido antiguo que no acierta a recordar, como si una caja de música hubiera quedado prendida de su niñez. Cierra los ojos con fuerza y asoma una lágrima de miedo, un escalofrío que brota de las sombras, detrás del clasificador empotrado, lacado y hecho por encargo, especialmente para ella: Lucía R. Linares. R de Rodríguez, de un Rodríguez cualquiera que las abandonó, de niñas, a sus hermanas y a ella. Un pobre hombre en toda la extensión de la palabra probablemente muerto en la emigración, que huía de su país por cobardía y miedo a ser responsable de una familia, y no por la audacia de buscar fortuna en otra parte.
Lucía huele el café y reprime una arcada. Abre el cajón secreto y traga dos píldoras con un vaso de agua en el que ya han anidado las burbujas. Con un botón colocado al lado del cajón abre las cortinas detrás de su silla y se niega a mirar por la ventana, mirar por encima de los tejados de los edificios donde miles de Rodríguez viven sus vidas miserables, dejando escapar un eructo después de desabrocharse los pantalones. Donde, en este mismo momento, en uno de esos edificios, una mujer de Rodríguez intenta probarse la ropa de siempre y siente como las costuras se abren, crujen y muestran su carne de piel de gallina, una mujer que se pregunta si el mundo que habita ha definitivamente perdido su estructura original. Lucía siente a los Rodríguez como niños grandes, retrasados, obtusos y ciegos, pero sobre todo inválidos, inválidos no físicos sino esa invalidez que da el no tener agallas para ir un paso mas allá .
Lucía estira las piernas y se abrocha la cremallera de la falda. Dicen que no forma arrugas, que eso justifica por sí solo los ceros del precio. Y una mierda. Lucía saca la plancha de viaje, se quita la falda y, tocando con las uñas largas y pintadas de granate la base de la plancha, alisa las arrugas y se pregunta cómo, a estas alturas de la liberación feminista, puede estar planchándose un traje de cien mil pesetas en su despacho de doscientos metros cuadrados una abogada criminalista que cobra trescientos euros por una simple consulta legal. Camina descalza por el suelo enmoquetado, llama a la pasante por la puerta entreabierta: le apetece un batido de nata y coco. Sí, ya sabe que el único sitio de toda la ciudad donde lo hacen está a más de media hora de trayecto, pero para eso sirve una pasante, para colaborar con la abogada del bufete más pujante, el que está de moda por ganar todos los casos en los últimos siete meses, desde su apertura.
Lucía vuelve a cerrar la puerta, sin siquiera fijarse en el mohín de desprecio de la pasante y da unos pasos de baile sobre la moqueta. Abre una carta urgente que ha colocado encima de la mesa, ayer noche, antes de quedarse dormida después de tanto papeleo. Otro caso más, con una carta de recomendación de un gordito con mucha cartera. No vienen a ser más que gorditos con mucha cartera todos los que llaman a su despacho; porque apetece hablar un rato con una muchacha hermosa y serena, que escucha las palabras con respeto e incluso admiración, que deja que el gordito haga digresiones y vuelva a acordarse de ella más tarde, de refilón, después de haber entrevisto sus piernas bajo la mesa, que es capaz de llamar por el nombre de pila al Presidente de la Cámara y se codea con famosillos de baja estofa. Lucía nunca escucha las palabras, nunca muestra su cara real, Lucía ve a un gordito que pretende venderle la luna a Neil Armstrong.
Lucía asiente físicamente mientras mentalmente esta haciendo cuentas a ver cuanto va a cobrarle, y sonríe de verdad y no de mueca porque le está metiendo un puro de mil demonios, con el que su economía mejorará incluso más. El gordito disiente de vez en cuando de las opiniones de los demás y habla como un profeta, es un vidente de la bolsa al que nadie hace caso hasta que se hunde el barco. El gordito le agradece el favor y Lucía habla entonces de lo concreto, espeta los cuchillos y el gordito no sabe muy bien de qué va el caso, en realidad quién tiene la culpa o si sería conveniente o no recurrir ante el Supremo. El gordito no sabe nada y probablemente se llama Rodríguez. El gordito probablemente tiene una mujer frustrada que intenta representar el papel de “mujer de” en el salón de belleza y asistiendo a conferencias y exposiciones, e incluso un par de veces al año, colaborando en mercadillos benéficos, y habla de sus hijos como de su salvación, mientras se olvida de recordar que siempre se han criado fuera del país, como debe ser.
Cuando ya ha salido, Lucía hojea y ojea el caso. Homicidio involuntario. Ya. Lucía recorre con la mirada los datos del acusado: Antonio Rodríguez Serrano, respetable comerciante de las afueras, casado, ahora viudo por propia decisión, padre de dos hijos, ya fuera de casa. Sueldo neto más que adecuado, cargo político en sus ratos libres. Un escándalo de pequeña escala. Un corrupto más que trepa hasta el despacho del piso diecisiete para pedir la venia de Lucía R. Linares. Lucía cierra el cartapacio y bosteza. Sale a la entrada del despacho y busca con la mirada el correo del día. Otra vez descalza, pisa un clip que se le queda enganchado en la media y una carrera corre veloz hasta perderse en el muslo derecho. Arranca el clip y, del manotazo, tira un jarrón de flores nuevas -¿otra vez?- que reposan en la mesa de la pasante. ¿Quién coño le mandará flores a su empleaducha, y por qué no se las lleva a casa en vez de tenerlas de expositor en el trabajo?
Garrapatea con saña un "Ven al despacho" en un folio que la pasante probablemente acabará de sacar del ordenador. Si es importante, volverá a repetirlo, si no, a la trituradora. Más cartas, abultados sobres acolchados y dos paquetes pequeños de empresas de entrega inmediata. O casi. Porque este paquete ha sido enviado hace 5 días, demasiados para ser urgente, como grita el rotulador rojo del sobre.
Coge todos los sobres y paquetes y se sienta en su silla mullida, un prodigio de la ergonomía, comprada con los beneficios de un caso. De un solo caso. Lucía nunca repara en gastos para sentirse completa, para sentir la caricia del lujo y el placer en sus sentidos, mascara con la que tapa los recuerdos que le duelen . Lucía abre el archivador de caoba y rebusca el informe de los últimos casos, del último mes. Coteja los datos con el ordenador de su mesa y vuelve a mirar los nombres y apellidos. Parpadea y suda un poco debajo de la blusa de seda de 36 mil pesetas. Se levanta demasiado bruscamente y se golpea el muslo con la esquina puntiaguda de la mesa. Joder, mierda de mesa. Siente un dolor que le sube por la pierna hasta el estómago.
En la mesa de la pasante está, con su letra redondeada y monjil, el informe de los últimos siete meses, desde la constitución del bufete. Clasificados por categorías, por honorarios, por el juez que llevó el caso, por el tiempo de instrucción, por la categoría profesional del inculpado. Los apellidos aparecen al final, en una columna que desaparece del papel, tragada por los datos en vertical. Lucía se sienta en la mesa de la pasante y busca el archivo en el ordenador. Configura la página para que salga en horizontal y manda imprimir la hoja. La impresora protesta ligeramente y Lucía le da un golpe seco, con la palma de la mano rígida. Sale el folio y Lucía lo arranca literalmente de la bandeja de salida.
Cuenta los apellidos. Doce casos llevados con elegancia, con saber hacer, con una disciplina y corrección que no se esperaba de ella. Doce casos de hombres, casualmente todos hombres, que manejan hilos en los que ella se enredaría de tanto afán. Doce casos en los que el primer o segundo apellido es Rodríguez. ¿Cómo no haberse dado cuenta hasta ahora? ¿Cómo no haber saltado la información directamente a sus pupilas dilatadas por el horror y la sorpresa? Lucía va hacia la mesa de su despacho y abre el cajón secreto. Dos píldoras más. El dolor de cabeza le hace subir arcadas y corre hacia el baño. El suelo está frío, las plaquetas de diseño de Porcelanosa le queman los pies. Se arrodilla y ve, por el rabillo del ojo, entre espasmos, la carrera que ha crecido y se asienta sobre sus muslos blancos, demasiado blancos.
Muslos de abogada novata. Muslos de mujer salida de abajo en busca de un futuro, de luchadora que ya ha dejado parte de su piel en el combate y ni siquiera sabe si será capaz de dar el siguiente paso…
Lucía vomita en el váter blanco y tiembla. Ahora llegará la pasante y le contará a todos que, por una vez, Lucía ha perdido los estribos, ha encontrado algo que la ha sacado de quicio. Lucía sigue vomitando, sigue recordando el orfanato, sigue recordando los remiendos en las bragas que cosían las monjas, sigue recordando la nata flotando en la leche, sigue recordando la mantequilla agria de las galletas. Lucía, abogada de los Rodríguez, buscona de posición que jamás tuvo y de clase que nunca tendrá, sigue vomitando hasta que la encuentra la pasante, desmayada sobre el váter.























lunes, 7 de abril de 2008

Julia



La doncella se coloca la cofia y musita palabras en otro idioma. Julia la ve hacer y se pregunta por qué hay gente que escapa de su país, de sus familiares aún en la justificación de buscar un trabajo y un futuro.

Cuando uno está solo no es nadie, piensa Julia.

Ella misma se mira al espejo y no ve a nadie, sólo un nombre, que escribe con el vaho de la bañera llena de sales aromática, de aceites que resbalan por su cuerpo pero no dejan huella en su alma. Julia ve las manos pequeñas y morenas de su doncella, recogiendo las pastillas tiradas por el suelo, las gasas, el frasco entornado de Betadine que mancha los azulejos inmaculados del gigantesco cuarto de baño aguamarina. Su marino lo había diseñado así, para que a Julia siempre le diese la sensación de estar en el fondo del mar, acompañando a Ariel, la sirenita, nadando entre los peces sapo y los globo, entre las burbujas que escupen las anémonas, con las algas enredándose en sus tobillos.

Él nunca entraba en este cuarto de baño, por algo cada uno de ellos tenía uno propio, donde no había motivo para mezclar los productos de belleza de Julia con los útiles de su marido. Además, él siempre tardaba horrores, como si realizase, cada mañana, ante el espejo, el ritual de reconciliarse con la parte de su alma, de su vida, que había quedado entre las sábanas, a merced del sueño.

Cuando dormían, en la inmensa cama de color crudo, en un oleaje de sábanas suaves y edredones y cojines superfluos, Julia siempre se sentía lejos de él, en otra isla en el mismo mar, pero separados por arranques de la naturaleza, por tormentas de ceños fruncidos y tempestades de silencios fríos de esos que van calando el alma. Julia sabía que la mayoría de las veces era como dormir sola, porque no había el mas mínimo contacto, y vivía así, allí en su esquina, mirando hacia fuera los árboles pálidos y perennes de hojas azules y verdes, a través de la terraza, una terraza en la que cabría otra habitación igual o incluso mayor. Veía el reverberar de las luces clavadas en el césped del piso de abajo. E intentaba escuchar, agudizando el oído, las chicharras y los grillos que no osaban aventurarse en la finca de miles de metros cuadrados.

Ella misma, aún en los momentos de mayor soledad y aburrimiento, no había podido recorrer toda la extensión del jardín. Un bosque en medio de la ciudad, decía su marido. Una fortuna en jardineros que venían, cada día, a acicalar los setos, los arbustos, los árboles, los macizos de flores siempre perfectas, siempre en su sitio, siempre hermosas y vivas.
Ahora, mirando por la ventana, mientras su doncella seguía murmurando, Julia veía los árboles un poco ajados, el césped pisoteado, las flores mustias. No se le había ocurrido que la muerte de él pudiese incluso llegar a alterar el paisaje de sus días. No había salido a pasear por el jardín desde el accidente, tan estúpido que no merecía ser analizado sino por sonrisas sarcásticas: caminaba hacia el banco, diez pasos desde el coche con chofer que utilizaba, por haber sido incapaz siempre de aprender a conducir, y una alcantarilla que debía haber estado señalizada, se abrió a sus pies y lo desnucó, entre olores, suciedades y cadáveres de ratas, las ratas de su ciudad. Julia imaginó los comentarios, una rata entre otras varias. Un juez corrupto menos en circulación.
Julia recordaba cómo untaba la mantequilla en la tostada; cómo se reconcentraba en el ordenador cuando tenía que trabajar; cómo se encerraba con celo en la habitación insonorizada para componer sus canciones infames; cómo, cada mañana, le decía lo que debía ponerse, a ella, para asistir a este o aquel acto. Julia había aprendido que, irónicamente, él siempre tenía razón, que no carecía en absoluto de buen gusto y que sabía lo que era la clase, a pesar de parecer ausente, siempre enfrascado en lo Importante. Julia lo veía así escrito en su mente, cuando su marido pronunciaba la palabra. Julia sabía lo que sí era Importante; que, cuando lloraba en silencio en la bañera de burbujas, el siguiente caso era Importante; que, cuando asistía sola a comer a casa de sus padres, la reunión de su marido era Importante; que, cuando quería saltarse alguna de sus normas, debía ceder porque lo suyo, lo de él, era Importante. En realidad, Julia no tenía mucho importante que hacer. Ni siquiera dar a luz, porque él se había esterilizado hacía ya mucho tiempo, el primer año de matrimonio. Él decía esterilizarse, como si fuese similar a limpiarse por dentro de impurezas que podrían crecer en otro, y dar lugar a algo que no fuese Importante. O no tanto como él mismo. Aunque a Julia siempre le queda el escondido dolor de que lo hizo sin consultárselo, como una decisión mas de sus muchas decisiones importantes y en lo que ella no tenia lugar, ni ella ni lo que ella pensara.
Encima de su mesa, un teléfono y un número al que no quiere llamar. No se ve en situación de decidir. Tampoco quiere hablar con nadie sin poder mirarle a los ojos y hacerle creer la verdad, la verdad absurda de unos días en los que le falta la tranquilidad, le falta el dominio de sus propias palabras. Está segura de oír una voz familiar pero fría, seca y abierta como un surco. La abogada la escuchará y ella sólo deseará ser comprendida, no escuchada ni justificada. La abogada, en su traje sin arrugas, hará garabatos al otro lado del teléfono mientras Julia estará desmayada de soledad y sorpresa. La abogada no estará a su lado para asentir a sus ojos llenos de ilusión y terror a un tiempo. La abogada seguirá en el círculo exterior que rodea a los afectos de Julia, mezclada con la dependienta provisional, el cantante en la radio, el repartidor de periódicos o el sereno.
Julia se sienta en el suelo del pasillo, mirando todavía a su doncella, de la que no sabe la procedencia ni la edad y se fija en su mano regordeta, en el dedo anular y ve brillar el oro, como un guiño a destiempo, que no viene a cuento. Se toca la frente con un dedo e intenta recordar el momento en que su marido le ha dicho que la quería. ¿Había ocurrido realmente o la fuerza de la imaginación le habían creado un momento idílico, una debilidad Importante en aquel que sería su futuro marido? Una fiesta, un ruido de fondo que también venía de su cabeza, demasiadas etiquetas detrás de cada nombre propio, un vaso que, en su belleza, se tragaba toda la luz de la habitación. "Tenemos que casarnos". En realidad, no hubo marcha atrás, no hubo sorpresas fingidas. Julia había sonreído y durante un momento creyó que podría cambiarle, ablandarle, hacerle entender lo Importante que podía resultar dejarse abrazar en público, rodeado precisamente de personas que llevaban el anzuelo colgado de la lengua. Demasiado fácil. En un mundo de luchas, donde se había dejado arrastrar por la fantasía de ser feliz, Julia lo seguía intentando.

Había aguardado pacientemente, durante años, un asomo de ternura, de desamparo, de rendición a besos, abrazos y arrebatos. Su marido había luchado en un terreno sin hoyos, allanado por la tradición y el saber estar.
Un año ya de la muerte, del cambio definitivo e irreal. Julia había caminado por la casa sin encontrar demasiada diferencia a cuando él estaba vivo, excepto en el jardín. No se había sentido acompañada, y ahora no notaba escaparse nada, ni la ausencia de una voz en el dormitorio. Había abierto con una media sonrisa el diario en que anotaba cada acto de amor, cada caricia inusual, cada palabra dicha en susurros. 18 en 6 años. Había anotado también cada deseo de ser libre en brazos ajenos, y cada intento frustrado de ser infiel. Así que, en los últimos 5 años, había decidido vivir en sueños, ser amada y amparada en tierras de nadie, poniendo el único freno que era dar nombre, para no despertar, ni siquiera en un descuido, al marido con otro en los labios. Había dormido sola, en brazos de ángeles o demonios que brotaban cada noche, gracias a las pastillas. Había despertado y vuelto a dormir, cambiando el guión de su sueño, o recomenzando donde había terminado, o iterando el beso, el calor, la sensación de sentirse viva a la vez que medio muerta de ansias. El Predictor le dijo que estaba viva. Que había nacido en ella alguien más que una ilusión; que, de verse liberada, había soltado amarras ella sola. Sola frente a una mentira. A un milagro. Un año sin su marido. Un año de carencias, de sueños intensos y humedades vespertinas. Un año de fingimiento nocturno y un óvulo floreciendo, lanzando al viento el polen. Julia se pregunta si su doncella estará también embarazada, si estar de rodillas en el suelo de un baño gigantesco no será nocivo para el feto. Julia se arrodilla con ella y se pregunta cómo puede hacer una para comunicarse en un idioma desconocido y pedir consuelo, pedir un instante para llorar contra el hombro de alguien que no le va a pedir explicaciones, ni la acusará, ni siquiera le importará nada más que sus propios sentimientos. Julia recoge el Predictor que confirma lo imposible y mira los ojos sorprendidos de la doncella. Por una vez, en muchos años, se encuentra con una mirada que habla de un ser humano que tiene miedo, como ella.

martes, 18 de marzo de 2008

Isabel


El suelo está frío. La escalera se llena de pasos que suben, que bajan, de la cabeza de Isabel a sus pies enfundados en unos deportivos blancos que pierden la dignidad a cada paso, a un ritmo parecido al que va perdiéndose el lustre del betún blanco con el que ella intenta disimular los grises de los arañazos, del desgaste, de los años.
El portal está cerrado ahora. Por lo menos no tiene portero, que siempre mira a las encuestadoras desde una altura moral ficticia, que tendrá que quitarse de los ojos cuando suba a un taxi y el taxista lo mire a su vez desde la altura moral de los que conducen, así como el taxista se siente mirado desde arriba por la señorita de la ventanilla cuando recurre a la administración para renovar su licencia y todos, mas o menos nos sentimos mirados por encima del hombro cuando alguien se sitúa así, es ley de vida, de mala vida, de falta de perspectiva de creerse mas que los demás. Isabel desparrama los papeles y vuelve a contar cada cuestionario por separado. 50 encuestas, con 6 folios cada una. Hay 250 folios de las tres primeras hojas pero no de las siguientes. Isabel crispa las manos alrededor de los folios y arruga las respuestas de R. H. D.

Isabel busca en la carpeta azul y la goma rebota contra sus uñas mordidas. El dolor restalla contra las heridas producidas por los nervios y por los dientes que tiran de pellejos. Las hojas perdidas. Están aquí.

En el tercer piso esperan las encuestas: dos euros por cada una, dos euros por cada cuarto de hora que Isabel pasa haciéndolas, dos euros por cada puerta que se cierra en sus narices de estudiante en paro, de autónoma provisional, de muerta de hambre con cartilla de la Seguridad Social, dos euros por cada peldaño de escalera, por cada perro asomado y que salvar en una verja oxidada, por cada mirada inquisitiva o simplemente despectiva, dos euros para no parasitar, asqueada de vergüenza propia y ajena, con la certidumbre de que solo las completas valen esos dos euros.

Isabel se pone de pie, busca el agujero de los pantalones, después de salir de aquella urbanización, enganchada al borde de una papelera demasiado vanguardista para el barrio. Encuentra el agujero y mira las zapatillas de deporte, llenas de barro y asco de ambular deambulando en realidad, mira los dedos salpicados de tinta azul de un Bic mal nacido, mira los folios que faltan por cubrir y se mira a sí misma, en su interior, buscando un algo de voluntad, de esperanza, de sonrisa en la mañana.

Entrega y no recibe ni gracias ni sonrisa ni bien hecho. Isabel no recibe nada en el tercer piso, sino más hojas en blanco que tiene que cubrir, arrancando confesiones, a veces, en cocinas que huelen a repollo, que crepitan con la olla exprés, en salones minúsculos que atronan con la televisión y las telenovelas, en cuartos indefinibles en los que no la invitan a sentarse, sino que hace malabarismos con las hojas, el bolígrafo, los datos, la vida de una persona que se deja invadir, porque lo exigen las estadísticas. A algunos les hace ilusión, les hace gracia ver - hasta llaman a la vecina- que les incluyen en la voluntad popular, que, por una vez, desde las alturas de la administración, alguien va a registrar sus quereres, sus costumbres, también indiscretamente su vida personal y privada, muy privada. A otros, malditas las palabras que se les escapan de la boca cuando se quiere saber con qué frecuencia se lavan los dientes, si les gusta la gelatina de piña o si se sienten satisfechos con su pareja.

Esas no son preguntas para las personas, piensa Isabel. Pero a Isabel, su jefe de turno le ha dicho que nada de pensar, que no está ahí para opinar, sino que es una simple amanuense. Así se lo ha dicho. Transcribir, ser una máquina florero que además debe agradecer los insultos y no indignarse con la sorpresa y el desatino de los ciudadanos de a pie. Isabel reordena las hojas y vuelve a contarlas, con la esperanza de que sean menos esta vez.

Anota, antes de que se le olvide, que hoy lleva ya 50 encuestas, anota que mañana habrá 50 personas menos a las que asediar y violar su intimidad, anota que tal vez se vean recompensados sus esfuerzos por transmitir el pensamiento, el hábito o la perversión de una sociedad.

Son otra vez 50 hojas llenas de espacios en blanco y gris, algunas reservadas a ella, otras a la aportación y cotejo con encuestas previas. Son 50 hojas con las direcciones de los ciudadanos que deben contestar, prestar un poco de tiempo de sus vidas para poder hacernos una idea de cómo va todo aquí, en este rincón del mundo civilizado. Ja.

Isabel coge el mapa y vuelve a acordarse de sus amigas, algunas casadas, otras ya separadas, que se van de cafecitos por la mañana y de tiendas por la tarde. Isabel coge el autobús que la lleva al final de la ciudad, donde nadie se aventura por las noches y ella tiene que llamar a las puertas para cerciorarse de que se sigue siendo consumista, aunque ella vea que no hay bombillas en las escaleras, que algunos niños pequeños no llevan abrigo, que no hay tiendas sino cristales rotos en escaparates, que los coches son todos de hace más de 15 años y están aparcados sobre ladrillos porque les han robado las ruedas. Pero ella tiene que subir los peldaños donde se ha secado el vómito del fin del semana y llamar a pesar de los gritos.

Isabel baja corriendo la escalera y se inventa un nombre. Cualquier nombre. Se inventa a un ser humano que contestará a sus preguntas. Isabel le pone la cara de la anciana que tropezó con ella en el autobús, con los ojos desorbitados y el pelo crespo, la falda arrugada, la barbilla temblorosa y un bolso marrón, de cuero, colgado del hombro flaco y seguramente pálido. Isabel se sienta en la escalera de un barrio en el que la gente silba y las mujeres cantan en los balcones. Isabel conoce este otro barrio en el que las mujeres son confiadas e incluso le dan de beber limonada hecha con vinagre en las tardes de agosto, cuando se le abren los pies en las sandalias de saldo. Isabel trabaja, un poco enfebrecida, con los dedos izquierdos tamborileando. Lee, y esta vez le toca a ella ser la protagonista de las preguntas indiscretas y levemente indiferentes del papel. Tacha con rapidez las respuestas, tal vez imaginando la realidad, tal vez inventándola. Nadie irá al barrio aquel a confirmar la veracidad.

Son las 6 de la tarde. El sol se pone en febrero contra las fachadas de un barrio donde el autobús pasa cada 50 minutos y se acerca al centro renqueante, como un agonizante peregrino. Isabel sube al autobús y vuelve a ver, con la frente pegada a la ventana, a la anciana de la mañana. Esta se mueve un poco y deja una marca grasienta en el cristal. Isabel ve que no es la misma mujer, aunque se parecen mucho, como si fuesen parientes. Tal vez lo sean y por eso visten igual, piensa Isabel. Isabel sigue escribiendo, llegando a la encuesta número 25.

Baja del autobús y entra en el bar de siempre, donde no le preguntan qué quiere, porque su primo trabaja allí, detrás de la barra, malhumorado y un poco insolente, pero con buena memoria. Isabel anota, haciendo un resumen estadístico, el recuento de las vidas que se está inventando. Siente el tiempo, que la quema por dentro, aquí, entre el ruido de los obreros que salen de trabajar y de los colores de la máquina tragaperras, donde nadie se fija en el silencio que nace de su mesa, de su bolígrafo Bic, otra vez asqueroso de tinta azul, y dibuja paisajes humanos que antes nunca le habían dicho gran cosa. Isabel echa azúcar al café, tres sobres que no le llegan a nada pero que asume como una condición para seguir en racha. Encuesta número 37. Acabando. A las 8 y media tendrá entregadas las falsillas. ¿Cómo atreverse a preguntar a esas familias de 6, 7, 8, 9 niños si utilizan métodos anticonceptivos y cuáles? ¿Cómo pedirles que den la cantidad exacta de salario mensual neto? ¿Cómo acercarse a las mujeres y hacerles recordar el momento de su primera regla? Isabel ríe detrás de los folios y siente una arcada de ilogicidad.

La última. En una calle cercana, extrañamente. A veces, cuando hay que rellenar el cupo, se pasa de un barrio a otro, siguiendo la poca lógica de los que organizan las encuestas. De los arrabales al centro. De un edificio ruinoso al ático imponente de una mujer de ministro, director general o cirujano jefe. Isabel se inventa las respuestas, en un alarde, pero se atreve y se levanta, con el dinero justo, que coloca frente al ceño fruncido de su primo, y se dirige a casa de la gran dama.

El ascensor tarda en llegar y el portero la mira sin disimulo. "¿Le importa?". El portero reacciona de forma exagerada y fuera de tono. "¿Y usted a quién viene a ver?". "Hago encuestas". Cierra la puerta del ascensor. El sexto. Timbra y oye pasos que vienen de lejos, de muy lejos, lentos pero seguros, como si la hubiesen estado esperando. Una cofia de las que ya creía extintas y un delantal blanco sobre uniforme negro le abren la puerta con dificultad. Tanto blindaje, ya se sabe.

En el salón cabe el piso de Isabel entero y su plaza de garaje. Aquí hay incluso un piano y una televisión del tamaño de un coche pequeño. La mujer se muerde las uñas, como Isabel, y la hace sentarse en cuero de color crudo. Isabel busca al gran Gatsby en la habitación y comienza a preguntar, sin inflexiones en la voz, como esas anónimas que anuncian las secciones en las áreas comerciales. Isabel hace que escribe y repasa con el bolígrafo Bic las respuestas de la mujer. Isabel comienza a sudar. A Isabel las letras le bailan delante de los ojos. Isabel pide agua porque se va a desmayar. Isabel dibuja un puntito azul detrás de cada respuesta. Porque la mujer da las respuestas que Isabel ya tiene apuntadas, de su propia imaginación, de su puño y letra. Isabel da las gracias a mitad del cuestionario y se despide.

Isabel se va a casa y se quita la ropa que huele a sudor acumulado de estudiante, como al volver del gimnasio. Isabel toma las pastillas, 3 más que ayer, y se tumba en la cama mientras las carcajadas la alejan del día de hoy.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Marita


Un, dos, tres, una vuelta y de nuevo al comienzo. Uno, dos, tres, otra vuelta más.

Marita mira al cielo, entre las nubes blancas y esponjosas como el baño de mamá. Marita nunca se baña con mamá. Mamá dice que es desperdiciar el agua. Marita no sabe qué es desperdiciar. Porque Marita sólo tiene cinco años y, a esa edad, el despilfarro no existe. Existen las ganas de vivir, de jugar, de reírse a lo tonto por cualquier cosa hasta que se te caen las lagrimas. Existen las tristezas de diez minutos y las pataletas de tres.

Existen los regalos por Navidades y las fiestas de cumpleaños, incluso con niñas como Lorena, Leticia o Sara. Marita sube por los troncos escalonados de un nuevo juego en el parque. Ni sabiendo lo que es disfrutaría más. Porque las palabras, a los niños, no les dicen mucho. Les dicen los olores, los tactos - sobre todo los grimosos y blandengues -, los sabores... Sobre todo los sabores, piensa Marita. Mmmm. La tarta de chocolate del otro día. Riquíiiiiisima, como dice la abuela, exagerando la i. Y Marita cree que, a veces, la abuela es un poco como ella, que se parecen más que a mamá. Mamá a veces no tiene paciencia, casi menos paciencia con la abuela que con Marita. Y eso, a Marita le hace gracia y también le hace daño en la barriga, un poco más arriba del ombligo. Marita se lo dice a mamá, pero ella dice que son bobadas. Que el dolor surge por un golpe o por una enfermedad, no por las palabras, sean cuales sean.

Un, dos, tres, una vuelta y de nuevo al tronco más bajo. Son tres, de menor a mayor y Marita sabe que es muy diestra porque los pasa alternativamente, cada vez con un pie. Es difícil llegar al final y dar la vuelta, porque ahí, aunque el tronco tenga la base más ancha, también está más arriba. Y Marita no quiere ni imaginarse el porrazo si cayese desde ahí. Mamá se pondría furiosa. Además, no es un buen momento para caerse, porque ya tiene las rodillas peladas de tantos golpes. Marita no es consciente de ser tan torpe. Supone que es algo normal en los niños. Pero nadie está ahí para decírselo. Porque la abuela, de pequeña, no subía a los troncos ni se bamboleaba en los columpios o eso es lo que le cuenta a Marita. Marita la escucha con atención, porque le gusta como la abuela pronuncia las eses , como estira las ies para exagerar y también como sube y baja el volumen para hacer interesante lo que cuenta y que estés pendiente de ella, y le gustaría aprender a hacerlo. Un día, cuando mamá no esté delante, le pedirá a la abuela que le enseñe a poner los labios, así, como una profesora, para poder pronunciar igual.

Un, dos, tres, una vuelta. ¡Ay! Marita no ha visto el suelo por pocos centímetros. La falda del vestido ha hecho vuelo y casi pudo con ella. Marita, en el suelo, gira y gira sobre sí misma como una peonza. Y sabe parar justo cuando el corazón le late fuerte, fuerte. Entonces, en vez de girar ella, gira el parque, los árboles sin hojas y la arena un poco sucia. Giran los columpios y también el tobogán lleno de óxido. Gira la fuente y los niños que juegan al pilla. Sabe jugar sola. También sabe bajar sola al parque y cruzar la calle cuando en el semáforo hay un señor pequeño y verde que también quiere cruzar, como Marita. Marita querría ser ese señor, que siempre parece hacer lo que le apetece. Y que, cuando está cansado de caminar, se pone, con las manos en la cintura, a esperar, tal vez rojo del enfado, tal vez rojo del cansancio.

Un, dos, tres. Pero ahora ya resulta aburrido. Marita se sienta en la arena. Si mamá no está, ¿porqué no ir a jugar con aquellos niños del pilla? Marita sabe que mamá, de alguna forma misteriosa, siempre sabe cuando se porta mal. Pero hoy Marita quiere portarse mal adrede. Quiere que la castigue por haber sido mala. Pero, por lo menos, habrá jugado con otros. Marita está aburrida de jugar sola. Marita no tiene hermanos. Mamá no soporta a los niños, dice. Y Marita cree a veces que ella no es hija de mamá. Porque, sino, ¿cómo iba a estar aquí, con ella, si no la quisiese? A lo mejor Marita es hija de otra señora y por pereza le llama mamá a esa que conoce. Pero, ¿y la abuela? La abuela, Marita se ha fijado, siempre lleva la misma ropa, la misma chaqueta azul, la misma falda gris, la misma blusa blanca. Marita no sabe si la abuela tiene muchas iguales y se uniforma cada mañana ante el espejo de su minúsculo cuarto en casa de mamá. La abuela sale a pasear, muchas veces sola, en el autobús. A Marita los autobuses le dan miedo. A papá lo mató un autobús, porque él no quiso hacer caso al hombrecillo del semáforo, piensa Marita.

Marita camina hacia los columpios, contando los pasos como le ha enseñado la abuela. Pero pronto tiene que volver a recomenzar porque no sabe tantos números y los pocos que sabe, le cuesta retenerlos, sobre todo al pasar del cinco. El cinco para Marita es el más grande, el más importante: ella tiene cinco años, hace cinco años que no ve a su padre, hace cinco años que la abuela vive con ellos, hace cinco años que viene a jugar a este parque, hace cinco años que desea tener un hermano mayor.

Los columpios están desvencijados, abandonados a la intemperie que los mancha de oxido en las cadenas. Pero no hay nadie aquí para arreglarlos. Sería un poco extraño ver a alguien preocupado por arreglar un columpio. A los adultos, las cosas de niños siempre les parecen lejanas e insustanciales. Marita sube en el vaivén. Así le llama ella. Un columpio fijo al suelo en el medio y con dos brazos que, cuando uno sube hacia el cielo, el otro rebota contra la arena del parque. A Marita siempre le gusta más subir, parece implicarle algún tipo de promesa, tal vez que nunca volverá a bajar entre los gritos de mamá. Las bajadas... bueno, son otra cosa, si no pones cuidado baja muy rápido y te llevas un golpetazo en el culo, o dos, porque es como si rebotara contra el suelo. Pero si no bajas, imposible volver a subir. Estar ahí arriba, colgada como un búho no es divertido, piensa Marita.

Marita pasa una de sus piernecillas y sube al columpio, mirando a la fuente. Está ahí, quieta, inmóvil, esperando algo. Tal vez esperando nada. No hay viento y nadie que la impulse. Tiene las rodillas dobladas y siente que, si sigue así, se le llenarán de hormigas por dentro y tendrá que llorar. Siempre la hacen lloran las hormigas en las piernas. Espera. Mira hacia la fuente, donde dos niños pelean por beber a la vez, acercando los labios al chorro minúsculo que languidece a ratos. Uno de ellos, el más bruto, coloca un dedo en la salida del chorro y este sale disparado a presión, en todas direcciones. Ríe y a Marita le corre un escalofrío por la espalda. El vestido, ya un poco sucio, se le arremolina en las rodillas. Entonces, de repente, el vaivén se mueve un poco, imperceptiblemente.

Marita mira y ve un señor que la sonríe. Siente. Siente que se va a elevar por los aires. Que siempre le ha estado esperando para hacerla volar. No pasa nada, aunque no lo reconozca, sabe quien es. El parque está quedándose vacío, a estas horas antes de cenar. Los niños se están yendo a casa, después del colegio. Ella también tendrá que irse pronto, la cena de hoy es especial, es el cumpleaños de la abuela y seguro que tiene una tarta para postre que se comerán casi entre las dos, porque su madre la probara nada mas, como hace siempre. Marita siente el impulso y vuela, vuela como cuando la abuela le hace de contrapeso. Marita vuela y ni su madre ni la abuela están en el parque para regañarla por dejar que este señor, al que siempre ha estado esperando, da impulso en un columpio para dos. Marita ríe y esparce su risa nueva por todo el parque, haciendo revolotear a los pájaros y mirar a la señora que esta sentada llorando en un banco.

Un pájaro mira hacia Marita. El chorro de agua de la fuente titila un instante.

jueves, 21 de febrero de 2008

Ana


La luz cegadora de los expositores la recibe en la óptica. El aire acondicionado vibra con un ruidillo escurridizo y molesto y Ana no quiere estar allí; se frota ligeramente los brazos para espantar una telaraña de aprensión que la está rozando, sensación de asco de si misma, de no quererse, de no aceptarse.

Dice su novio que va a estar más guapa, que eso es lo bueno de la tecnología y el progreso. Para ella, la tecnología y el progreso son los catalizadores en los coches o la vacuna experimental del SIDA. Pero, por no discutir, le dice que sí. Que sí a todo.

Como siempre. Como siempre...

Y ahora le gustaría verlo a él en esta sala extraña, primero de mes, suma de buenas intenciones y un poquito de fuerza para atreverse a dar el paso, siempre decimos a1quello de ... de este mes no pasa, y parece como si empezar año o mes nos impusiera las manos para darnos fuerza a hacer lo que, queramos o no, hay que hacer.... Le gustaría verle a el en esta sala, si, donde no hay sillas, donde no hay nadie al otro lado del mostrador, salvo espejos y espejos para que la gente, de repente, tenga que acostumbrarse a las nuevas gafas, un espacio en que aclimatarse a la máscara de pasta o acero que encajará en el puente de la nariz y que según la publicidad, que de eso si que hay, te transformara en alguien mucho, muchísimo mas interesante.

Ella no puede dirigir la mirada hacia los espejos, porque sabe que sólo vería a un ser derrotado, vampirizado de alguna forma, esclavizado a un cariño que no le da dignidad. Y lo sabe, y tiene miedo, y lo asume, y casi se le asoman los pensamientos de ser ella misma y que la valoren por lo que es, por como es, que la admitan sin necesidad de cambios, y a la vez nota el miedo como una capa pegajosa de sudor que cubre todo su cuerpo, un cuerpo que ella no quiere, que no aprecia, que no le gusta.

Pero sabe que no tiene razón. Que ella ha nacido sin razón. Que se la quitan todos, empezando por él, que dice que la ama tanto y que no le deja pensar en nada, que no le deja hacer nada más que desear amarle, a su vez, y que pretende moldearla, hacerla a la carta, eligiendo el siempre, argumentando, exigiendo, conformando una Ana a su medida que poco tiene que ver con ella misma, aunque ni siquiera ella este conforme con ser como es .

Mira hacia la puerta y piensa en huir, pero tiene cita y no se sentiría bien si saliese hacia la luz y no volviese nunca más, aún con sus gafas de cristales gruesos, unas gafas que la han protegido desde el instituto como una barrera infranqueable que evitaba e invitaba, evitaba a los demás , a que se acercaran y la descubrieran, e invitaba a que se rieran de ella, a las burlas, a los motes. Cuando la llamaban por su inteligencia y no por su presencia. La chapona. Pero sabe que no es así. Que con los inventos de ahora, podrá salir a la calle de su mano, de la mano grande y brusca de él, viendo, sintiendo por los ojos lo que resulta tan natural a los que ven sin apósitos, sin prótesis oculares, sin pesos muertos que dejan marcas en el puente de la nariz. Porque a veces, los domingos por la ciudad, no ve a nadie sino a él, que la amarra con la suavidad y firmeza del que está seguro de un futuro juntos. Ella no ve un futuro juntos, apenas es capaz de ver el bordillo que se alza a sus pies, se siente poseída por un posesivo, atrapada en la red en la que la gran araña teje y teje a su alrededor, ella solo es una parte mas de los trofeos de la gran araña. No puede ver definida su propia sombra cuando el sol le llueve en la cabeza. Sólo puede verle a él, en esas tardes de domingo. Y a veces cree que a él le gusta, que le gusta ser el único en esa mirada minusválida, sentirse adorado, necesitado, imprescindible.

Ana mira hacia la puerta, de nuevo. Y oye, antes de no poder decidirse, una voz cálida y neutra a un tiempo:

-¿Ana Martínez? Pase a la sala tres, en la primera planta.

La voz sonríe pero no los labios y las comisuras de la mujer no se alteran en el tímido asentimiento de Ana. Ana no quiere tener nunca unas comisuras tristes e inexpresivas como esas. Ana quiere sonreír, como sonreía antes, detrás de las gafas que la han protegido del mundo hasta conocerle a él. Cuando están a solas, de un manotazo, él se las quita, como si fuesen un cinturón de castidad. Y Ana se pregunta dónde está su chaqueta, dónde el baño, dónde sus propios brazos que él le aferra a su cintura. Él la ve esclava de una montura horrible, dice, escupiendo salivazos.

Ella no se siente en desventaja, salvo cuando él le susurra, le insta con cariños a cambiar por él, a dejarse tapar los ojos con unos cristalitos minúsculos, dice, que la harán parecer guapa, por qué el maldito cine siempre a la chica fea le quita las gafas y alehop, como por arte de magia resplandece, que la harán parecer... ahora que lo piensa, nota que ni siquiera la considera guapa, o quizás sea que no la admite como ella es y que la esta intentando transformar. Y Ana se pregunta si acaso no lo es. Si nada en su rostro inspira a amarla, con o sin gafas. Pero no quiere discutir, quiere sentirse amada por él, quiere sentirse respetada y quizás ahí, en esa sala de la primera planta, pueda conseguirlo, buscar la seguridad, afianzarse en lo malo conocido, dejar de tener miedo a los demas porque ya no esta sola, alguien esta con ella.

Ana siente las rodillas más abajo de lo que las tiene y sabe que los nervios la están convirtiendo en la cegata que él zarandea cuando no se aviene a razones. No quiere que nadie le toque los ojos, no quiere cristalitos, por muy pequeños que sean, invadiendo su córnea. No quiere rendirse a la modernidad. Pero quiere estar guapa para él. Quiere sentirse así por una vez.

Ana ha renunciado a traerse un libro, para hacer más rápida la espera, porque le ha dicho él que lo mejor era descansar la vista antes de proceder al cambio, y como dice el tanto leer tanto leer, lo único que hace es atontarte la cabeza con cosas extrañas porque el mundo esta aquí, en el barrio, en la calle, en el trabajo de cada día y para eso no necesito tantos libros. Por eso, Ana intenta no fijarse en las portadas de las revistas del corazón que están desparramadas, de forma descuidada y penden algunas páginas de la mesita en que están, anticuadas y maltratadas por el uso. No quiere mirar, pero aún así, desde el rincón de su mirada, ve que es verdad, que los famosos, todos, incluso los más provisionales, no llevan gafas, tal vez por los brillos de tantos flashes a diestro y siniestro. Ninguno es miope, ni necesita nada para leer, si acaso una lupa en las páginas amarillas de las ciudades grandes. Y si ve las gafas, son de sol, todas gritando un poder, un mundo distinto que habitan, distinto al de Ana, que quiere las gafas para esconderse, no para que la vean, un poco más bella y solícita con las miradas indiscretas.

Una mano hermosa y pálida la invita a pasar. Ana no quiere mirar más rostros, porque se siente avergonzada, como si permitiese que él le robase la voluntad en algo tan nimio.

Dicen que hay quien empieza así, y que esto solo es un paso para perder su ser en detrimento de hacerse de nuevo a la imagen y semejanza que el quiere para ella.

Ana escucha la voz del rostro que la hace sentarse en la semi oscuridad, entre focos que alumbran al techo, a alguna araña incrustada en la madera de formica. Ana se deja guiar por la voz que no le dice nada a su tranquilidad, por muy melosa que suene, por muy calma y con ínfulas de ser tranquilizadora. Abre los ojos, parpadea como le dicen. Ana no está ya. Se ha quedado en el cristal un poco rayado de sus gafas de siempre, que la voz ha guardado, o simplemente colocado encima de un estante. Dice la voz que ya no las va a necesitar. Que con las lentillas, todo se ve mejor; que el ojo, gracias a unas nuevas lentes, puede transpirar y resulta todo muy cómodo, como corresponde al ritmo de vida de hoy en día. Y Ana se pregunta si la voz es una persona, si no es una grabación, porque no nota expresividad, ni un trazo de humanidad, de sentimiento, en las palabras, palabras de vendedor adiestrado, suaves pero firmes, amables pero con ese tono de poseedor de la verdad absoluta. Ana obedece cuando le dice que no abra los ojos del todo, que aún está muy sensible. Que, dentro de unos días, no notará ningún cuerpo extraño y dejará de lagrimear. Ana busca a su pesar un kleenex usado, y trata de limpiarse la agüilla que le corre por las mejillas. La voz la hace salir de la sala semi oscura recuerda, aunque oscura del todo para Ana, que apenas se atreve a abrir los ojos.

- No levante la mirada. Mire al suelo y, progresivamente, vaya ampliando su campo de visión. En unos minutos, será más sencillo. Dentro de dos horas vuelva para que se las quite y así los ojos descansarán.

Dos horas. DOS HORAS... Ana baja a tientas la escalera, con las lágrimas estúpidas y sin motivo por sus mejillas pálidas por el terror. Siente la moqueta, que era azul oscura, cree recordar. E intenta recordar también si había obstáculos al final de la escalera, ligeramente de caracol. Oye el tintineo de la puerta y se dirige hacia fuera. Oye voces y dice adiós. Tal vez debería decir sólo hasta luego, pero ya no sabe si va a volver. Debe volver, piensa. Porque sus gafas, las únicas que la comunican con el mundo, están en alguna parte en la sala de la primera planta.

Su pie choca con un peldaño que había olvidado y su mano toca el cristal frío de la puerta entreabierta. Oye las voces en la calle pero no siente que pertenece a la ciudad, al mundo. En su pavor aún piensa que puede conseguirlo, que la óptica está en una calle peatonal, céntrica, pero sin riesgo para los ciegos. Ana sigue caminando, entreabriendo apenas los ojos, pero el dolor tiene nombre de cristal incrustado en el párpado que la obliga a lagrimear, a parpadear casi furibunda, a limpiarse con hastío las mejillas. Siente las miradas de los demás peatones, se siente como una Magdalena expósita perdida en la ciudad, en su ciudad. Camina, siguiendo el gentío de niños que la llevan a un jardín, muy cercano, donde podrá sentarse en un banco y esperar dos horas de suplicio.

Ana busca en su memoria el recuerdo de una cabina por aquí, cerca. En su desesperación piensa en él, que la ha obligado y la ha dejado sola, ciega y llorosa en medio de una calle céntrica a la hora de la salida del colegio de los niños. Ana toca apenas el monedero y siente monedas grandes. Y siente el desasosiego y siente que lo que debe hacer es volver a la óptica y quitarse estas malditas lentillas. Pero ha girado sobre sí misma y ya no sabe muy bien en que dirección está. Tal vez si sigue caminado choque de frente con un cajero automático o una de esos árboles sin esperanza de respirar que adornan la calle enfundados en enormes tiestos de cemento que mas parecen contenedores. Tal vez alguien, en este momento, pueda apiadarse de ella, de sus pasos azarosos, de su bolso descolgado del hombro, de sus ojos hermosos y cerrados, de sus lágrimas patéticas. Sus lágrimas ciertas ahora, porque no hay nadie más. Ni lentillas, ni voces cálidas y neutras, ni él siquiera.

Ana se sienta en un resalte y espera.

Espera el ruido contaminado, el silencio ausente que cruje en su oscuridad de ojos cerrado. Oye, a sus espaldas la risa de una niña. Ana, en su oscuridad espúrea, la imagina columpiándose. Ana no quiere seguir en la oscuridad de un día lleno de sol.

Hace ademán de quitarse las lentillas y oye el sonido inaudible del peso que se quita de encima, a la vez que descubre que nada ha quedado pegado en su dedo. Abre los ojos, con suavidad, como si lo hiciese por primera vez. Y piensa que, no hace mucho, podía sentirse afortunada en soledad, en medio de las risas de un niño.

Siente que se difumina la niebla que llevaba dentro. Siente los colores cercanos y tristes de un vestido de niña. Ana ve. Ana ve, por primera vez. Ana siente el dolor de ver. Ana ha abandonado sus gafas y ha perdido sus lentillas.

Y se siente ahora más hermosa, como él diría, y también agotada y segura. Agotada de llorar por un deseo que ya no le pertenece, porque ha descubierto que viendo, o sin ver, ella ha de ser Ana y su vida parece que quiere comenzar en el punto exacto donde un día extravió su camino, ella sola, no necesita mas, solo saberse ella.

Segura de no volver a ser quien es.

Una mañana cualquiera....





En la parada de autobús, alguien se ha dejado un bolso marrón, de cuero. Está un poco gastado en el asa, tal vez de llevarlo rozando contra el hombro. Clara lo ve un poco ajado, replegado sobre sí mismo, como una flor marchita. No hay nadie ahí para regarla, ni para cuidarla, ni para llevarlo de nuevo en el hombro, ni para abrir la flor y descubrir sus pistilos cargados de polen, nunca más.

Clara se sienta al lado del bolso, respetando su espacio como si fuese un ser humano. Clara ha leído en alguna parte que todos tenemos nuestro espacio vital, que, si de repente es invadido, nos hace reaccionar como animales, defendiéndolo. Clara nunca reaccionaría así. El espacio es de todos, y el que ahora es suyo, puede convertirse en el de un extraño dentro de un momento. Caminar no es más que abandonar y volver a tomar prestado un espacio que perteneció al que nos precede. Y de este, al anterior que caminó sobre sus mismos pasos.

Es como la vida, a veces vivir es como hacer un camino que nos va llevando a un lugar que ni siquiera sabemos cual es, y junto a ese camino se abren montones de sendas que se convierten a su vez en nuevos caminos, si tomas uno de ellos, ese será ahora tu camino, el que dejaste, parece que ya no es el principal sino uno mas de los que podías elegir.

Clara mira su reloj de pulsera y calcula mentalmente los segundos que faltan para que aparezca el autobús. 600 segundos. Casi ha llegado a la parada con la misma antelación que ayer. Anteayer fue distinto, porque la lluvia abotarga a las personas, que enarbolan el paraguas como si fuese un ariete, agachan la cabeza y van mirando mas hacia abajo que hacia el frente. Clara prescinde siempre de los paraguas y acaba con la permanente hecha un asco. Pero, al día siguiente ya está como una rosa, ahuecada entre las manos de su peluquera de toda la vida, que no siente ya los dedos de la artritis que le está minando las falanges. Su peluquera sólo la peina a ella, a Clara, de costumbre y lealtad de tantos años, a pesar de las pesadillas y los dolores y Clara se lo agradece siempre, hablándole de sus paseos en autobús, de su nieta o de la gente tan rara que uno se encuentra en las marquesinas.

Bajo los cristales que ahora el Ayuntamiento ha sustituido por plástico irrompible, debe ser que se han cansado de sustituir los cristales rotos, Clara lee frases en rotulador negro que los chicos del Instituto escriben ante las risas de sus compañeros. Clara, de joven, también escribía frases de amor, casi todas un poco tontas, pero lo hacía en soledad, para que nadie viese que se le empañaban los ojos de la emoción. Clara lo vive todo con intensidad, el dolor como la pasión, la entrada en un autobús, como el momento de seleccionar un asiento adecuado.

Clara nunca se sienta en los que están reservados a mayores, embarazadas o enfermos. Su bono del mes le da preferencia, pero Clara, al pensar en su nieta, se siente una niña, igual que ella.

Tampoco quiere que le cedan el asiento. Prefiere ser bamboleada en las curvas, igual que esas chicas serias y guapas que agarran sus carpetas negras con una mano mientras miran por encima del hombro, a través del cristal, ausentes de todo contacto, tan lejanas e indescifrables como si no perteneciesen a este mundo. Y, sin embargo, Clara se siente próxima a ellas. Las ansias de vivir, aunque se maquillen bajo el ceño o la base de polvos compactos, siguen ahí, es imposible desterrarlas.

Hoy hay una chica nueva, un poco desaliñada, con el pelo disparado por la electricidad y los ojos bajos, perdidos entre un montón de folios. No está ahí, en medio de los pasajeros, como las demás chicas, distantes y erguidas como atalayas. Está más allá, entre un marasmo de cifras y letras minúsculas que Clara apenas adivina. Clara se acerca a ella, para intentar pulsar el botón de parada solicitada y la chica la mira, de repente, con esa furia que decían los libros sobre el espacio vital invadido. Clara sonríe débilmente, pero no recibe respuesta.

Se ha perdido mucha empatía incluso en espacios tan reducidos y transitados como los autobuses, piensa Clara. Su parada se acerca, por un cristal lateral, y Clara se aferra con dificultad a una barra cerca de la escalera. Deja atrás a la chica extraña con sus papeles ilegibles y pone el pie sobre la acera, tal vez en el mismo sitio en que lo puso ayer, porque recuerda que la papelera le bloqueaba el paso. Es una idea malvada abrir la puerta de un autobús dejando aprisionados a los pasajeros que bajan, hasta que se vaya, y deje sitio a otro más, que viene detrás, a dejar su carga como si fuesen lemmings inútiles.

Clara ve, de nuevo, como ayer y como todos los días desde hace más de 60 años, el quiosco del paseo con su surtido extendido en cajas vacías de fruta, ocupando parte de la acera.

Clara se sienta, de nuevo, como cada día, en la marquesina frente al quiosco y espera al siguiente autobús. Este tardará 420 segundos en llegar. Clara mira alrededor, y la muchedumbre se abre ante ella como el mar Negro. A su lado, de pie, mirando hacia otro poema urbano, una chica de cazadora negra intenta levantar con la uña una pegatina de un concierto de rock.

Hay mucho sitio para sentarse pero la joven permanece ahí, de pie, sin haberse apercibido de la presencia de Clara. A Clara también le gustaban los bailes, con tanta gente apretujada y el humo invisible que, al final de la tarde, conseguía acumularse en el techo del local. Clara llevaba los mejores discos, por algo su padre era alguien importante en la ciudad y, a veces, cuando caminaba hacia la pista, de la mano de algún chico, oía susurros a su alrededor: "Es Clara, la hija del Teniente Coronel. Mira qué vestido ha vuelto a estrenar hoy." A Clara le habría gustado decirles que casi siempre eran los mismos, pero con nuevos volantes, o con las mangas un poco más cortas o largas, según la moda. Clara se hacía la ropa ella misma, en casa los gastos se centraban en asuntos poco claros sobre los que Clara no podía opinar. Clara miraba a su padre con respeto, se limitaba a quererle a distancia e intentaba ser lo más parecida posible a las demás chicas.

El autobús llega, efectivamente, y Clara ve bajarse a mujeres hechas y derechas que esconden un corazón roto o un alma seca. El conductor la reconoce y sonríe detrás del bigote. "Hoy pase así. Invita la compañía, aunque sólo sea por el gasto que hace usted, señora Clara". Un chico educado. Hace 4 años que viene realizando el mismo recorrido y nunca una pregunta indiscreta, nunca un comentario sarcástico, nunca un tono hostil o incorrecto.

Clara sigue de pie, buscando con la mirada algún sitio libre. Al fondo, donde más se notan las sacudidas del autobús, las niñas de uniforme hablan a voz en grito, metiéndose las unas con las otras, con las faldas plisadas arrugadas de tanto estar sentadas, escuchando sin interés las lecciones de la vida, parapetadas tras los pupitres, escribiendo una y otra vez el nombre de Jorge, Ángel, Javier, en las libretas cuadriculadas. Ahora algunas llevan pendientes en la nariz y, si se viese debajo de las blusas blancas, un pequeño tatuaje que las hizo llorar. Ahora buscan ellas mismas la aventura y tienen apuntado en la palma de la mano el teléfono móvil de aquel chico, un poco distinto a los demás, que habla como en los libros pero sabe mantener la elegancia encima de un monopatín, ese chico que lleva pantalones flojos, tan flojos que parecen flotar a su alrededor. Un chico como tantos que es distinto a todos, como los demás.

Clara se sienta y mira por la ventanilla. Siente que se está perdiendo sensaciones de caminante. Pasa el parque, dejando el rastro verde del césped, pasa un coche brillante, casi escarlata, como un coágulo de sangre y levanta miradas también de las aceras, pasa un ciego con un periódico bajo el brazo y Clara se pregunta quién se lo leerá, pasa una mujer arrastrando un abrigo por el suelo, con la mirada desamparada y ganas de ser atropellada. Clara mira otra vez, y esa mujer se parece a ella, con su falda azul, con su chaqueta gris, con su blusa blanca. Esa mujer acaba de salir de la peluquería de su amiga, artrítica hasta la muerte. Esa mujer, que ahora mira hacia un autobús que está franqueando el pequeño puente, la busca con la mirada y la saluda, la alarma y le hace mirar de nuevo hacia atrás, buscándola. Clara ya no la ve.

Clara sigue hasta la última parada donde cogerá otro autobús hasta volver a su casa, que está en la otra punta de la ciudad. Clara recorre, una y otra vez, cada día, toda la ciudad, de norte a sur, de este a oeste, buscando a esa mujer, como ella, que la busca a su vez, que es su imagen en un espejo, que se cruzan en un punto de la ciudad para no volver a verse más hasta mañana.
Hasta mañana, Clara.