lunes, 19 de mayo de 2008

Un año ya.....

Parece que fue ayer cuando dio comienzo todo esto.... Y ya ha pasado un año.
Casi dos mil quinientas personas se han asomado a esta mina...
casi setenta escritos que han ido creciendo...
cuadros, dibujos, fotos...
Podría haber sido una mina mas fecunda,
hay minas que dan toneladas de materia
y otras que dan menos aunque quizás mas valiosas
pero a fin de cuentas, la mina funciona
y seguirá funcionando

Gracias a todos los que con vuestras letras de animo habéis glosado de comentarios estas páginas, gracias a todos los que cuando se para la "producción" me dais un toque de atención pidiendo mas, por todo ello pero fundamentalmente porque necesito seguir..... espero contar un año mas con vosotros....
Jesús

viernes, 16 de mayo de 2008

Rosita


Ahora, en la mayoría de los supermercados, no necesitas abrir la puerta para entrar. Hay un sensor y se abren solas. Rosita no puede evitar volver atrás y hacer que vuelva a abrirse a su paso, una y otra vez, hasta que una de las cajeras la mira, con una ceja de desdén y otra de compasión, y ella entra. Rosita ha oído hablar del consumismo y también ha oído hablar de enfermedades relacionadas con él, por ejemplo, mujeres que se vuelven locas de tanto comprar, maridos que matan a sus mujeres por ser tan derrochonas, hijas que se fugan de casa porque no les dejan comprarse los últimos modelos, abuelos que compran cosas inútiles por la tele, en la teletienda.
Lo entiende, los entiende a todos.
Porque, una vez que alguien ha entrado en un supermercado como este, en cualquier barrio de la ciudad, es difícil volver a conciliar el sueño de tantos colores preciosos y brillos y luces y promesas que saltan a la vista. Y saltan, literalmente, a la vista de Rosita, que imagina entrar en un área comercial con un carrito, o dos, y llenarlos, hasta los topes, de yogures, de chucherías, de lomo embuchado, de galletas de chocolate, de licores de pera, de sardinas en escabeche, de colonias y desodorantes, de patatas fritas, de calcetines de lana, de pinturas de colores, de bolsas de basura transparentes y fucsias y color aguamarina...
Rosita entra en los supermercados a sentirse parte de la gente.
Pero también se siente observada, porque siempre es sospechosa, de lo que sea, de coger una tableta de chocolate, de remover demasiado los cajones de compactos, de oler fuera de la caja una crema suavizante, de no llevar dinero encima, en definitiva. Por lo menos, aún de momento, no han puesto un letrero, como en algunos bares, donde se reserva el derecho de admisión. Eso quiere decir que lo más probable es que te sacudan el polvo antes de decidir si quieres o no quedarte. En los supermercados puede entrar todo el mundo, menos los perros, claro, pero ahora ya hay incluso guarderías para perros, justo al lado de la guardería para los niños y Rosita piensa que es una buena idea, porque no conoce a ningún niño al que no le gusten los perros, y así se distraen y no lloran. Claro, un niño es molesto en un sitio tan luminoso y maravilloso como este, con tanto que pedir, tanto que señalar para que los papás lo compren, tanta oferta y tanta demanda de los bebés.
Rosita hoy tiene un poco de dinero, pero no es para nada de comer, ni siquiera una bolsa de cacahuetes. Tiene que comprar pañuelos de papel, de color blanco, los más normales, los más baratos, los más ariscos a la piel. Rosita entiende de cutreces y esta es una de ellas, pero el dinero no es suyo. Ella no tiene, aunque de vez en cuando le dan algo que es para ella sola. No es lo normal, ni siquiera es normal que la gente se fije en ella, de pie en la misma esquina desde hace siete meses. Porque, ella piensa que sí, que se ha convertido en parte de la ciudad, pero así como un edificio abandonado, o una papelera, o una pintada o algo que nos recuerda que no somos perfectos del todo, que necesitamos fealdad para después apreciar más la belleza.
Los pañuelos debe separarlos en paquetes pequeños, porque nadie quiere 12 paquetes de pañuelos, nadie tiene tanta generosidad, ni tanta gripe, ni tanta necesidad de limpiarse las manos. Eso menos que nada, porque en la ciudad todo el mundo siempre va limpio, limpísimo, oliendo a colonias que ni siquiera hay en este supermercado, oliendo a libertad, a jardines llenos de flores. Así que los divide y después debe pedir la voluntad. Así hacía antes, al menos. Ahora casi nadie pide eso, ya directamente un euro, porque la gente de la ciudad tiene muy poca voluntad para acordarse de la chica de los pañuelos. Lo que más tienen es prisa. Prisa porque viven acelerados como si su tiempo fuera muchísimo mas valioso que el de cualquier otro, y nada de cambio. Ella tampoco tiene cambio, sería gracioso, una mendiga con cambio.
Bueno, no se dice mendiga ahora, también ha cambiado. Es una persona con pocos recursos. En realidad ella no tiene ningún recurso, ni siquiera tiene un anillo de plata o una cinta para el pelo con un osito de plástico. Todo lo que tiene se lo han dado las monjas que visitan el albergue social. Y el comedor social. Suena muy bien eso de social. Porque viene de sociedad. Y la sociedad la formamos todos, o eso dicen en la televisión. Hay una televisión un poco estropeada en el comedor social, aunque no la encienden hasta que todos han acabado de comer, porque sino se quedarían pasmados ante todo lo que pasa y no comerían y serían las 12 de la noche y las cocineras aún tendrían que recoger y lavar. Porque tienen que irse a sus casas. Y eso que ella se ofreció a ayudarlas, pero dijeron que no. Que ella era una de ellos y que no era su función, que debía sentirse agradecida con estar bajo techo cuando hace tanto frío fuera. Tal vez la solución sería irse a otra ciudad, donde no haga frío de noche, en ninguna época, y así podría ser independiente. Pero claro, si no hace frío, nadie necesitará pañuelos para el catarro, porque no habrá...
Rosita no nació en esta ciudad, por eso le resulta tan poco incómodo pedir en la calle. Sabe que no se encontrará con nadie que la conozca, aunque las ciudades no dejan de parecerse y al final, casi todas las caras recuerdan a alguien que uno conoció en otra vida, cuando uno podía sonreír y a nadie le chocaba que no supiese hablar. Rosita lo ha intentando y de pequeña tenía un médico que iba a casa exclusivamente para ella. Hacían ejercicios vocales pero ella no podía. Se le formaba un nudo en la garganta, como si estuviese al borde del pánico y rompía a llorar. Aprendió el lenguaje de signos, pero era bastante absurdo en su caso, ya que oía perfectamente. Aún hoy, en el albergue social, le dicen que se ponga en la ventana y avise cada vez que llega el camión de la basura. Todos está atentos a que haga un gesto con la mano. Después de las clases de dicción, su padre perdió mucho dinero en la empresa. De hecho perdió la empresa y comenzó a beber. Dejó de hablar con Rosita y con su madre y se fue perdiendo, igual que la empresa, acosado por la falta de ilusión, por la desgana, por el desanimo. No tardó en morir, casi como un perro, al volver del bar del barrio de la ciudad en la que ahora vivían, en un pisucho alquilado. Su madre le acompañó, porque nunca había sido persona de luchar por nada ni por nadie. Se dejó arrastrar por el deseo de su marido y le sobrevivió solo unas semanas, así que dejaron a Rosita sola. Ella cerró los ojos cuando los del juzgado, acompañados por dos policías vinieron a desahuciar por que nadie pagaba el alquiler y los dueños querían su piso, así que dejaron sus cosas en la acera y le dijeron que ya ni siquiera tenía un pisucho alquilado en el que dormir. No quiso llevarse nada y lo dejó todo en la acera. Se sentó al lado de los paquetes y quiso poder gritar, poder expresar su rabia, su tristeza pero sobre todo su soledad.
La encontraron un día los asistentes sociales del barrio y se preocuparon por ella. Nadie había sido tan bueno con ella como en aquel tiempo, hace apenas unos meses y aceptó la ropa que le prestaron, la comida que le dieron, la cama que le ofrecieron en el albergue. Y cada vez, a cada ofrecimiento, Rosita veía que era más y más difícil decir gracias, sonreír o mostrar algún sentimiento. Porque se sentía arrastrada al mundo en que ahora estaban sus padres, un mundo de gente sin voluntad, que se deja guiar sin importarles el camino. Cuando oye que dicen de ella algo que no le gusta, simplemente cierra los ojos y se ve de nuevo en la acera, entre los objetos de una vida muerta.
Vivir en la inopia no es doloroso sino un descanso. Entonces, baja los ojos y escapa.
Vuelve a tender la mano llena de pañuelos, se mira las uñas sucias pero siente que en este pequeño mundo que habita ya no importan esas cosas. No va a dejar de ser quien es. No va a dejar de ser como es. Pequeña, muda y abandonada. Sabe que podría dar las gracias, sonreír a los que se sienten en deuda con ella, de alguna forma. Ella necesitaba la ayuda hace unos meses, no ahora, no ahora cuando ya está pegada a esta realidad de la que no saldrá, como otros tantos que sí tenían ilusión...
Se pregunta por qué los policías van de dos en dos. Tal vez esta ciudad es tan peligrosa que no se sienten seguros de ir solos. Pero ella, Rosita, tiene que vender los pañuelos sola, aún a pesar de que algunos chicos le gritan cosas que no son de recibo, que no se merece por el simple hecho de ser pobre y estar mal vestida. Esos chicos que, si pudiesen, le darían golpes hasta hacerla sangrar. Y tal vez los mismos chicos que pegarían a la chica policía, la desquiciada. Porque Rosita la ve desquiciada, enferma por dentro de rabia y frustración. Rosita ha dejado de sentirse enferma. Ahora simplemente se siente vacía cada vez que alguien le da un euro y espera una sonrisa.
Y ahora, sentada en las escaleras del albergue, contando la miseria que le han regalado hoy, mira los árboles sin hojas del parque y también ve a la ciega de todas las tardes, acompañada de su perro, un labrador blanco, hermosísimo, que son sus ojos, da su paseo. La ciega hace siempre el mismo recorrido y ante la precisión milimétrica del perro, Rosita puede sonreír, porque sabe que nadie la ve, que nadie se preguntará por qué. La ciega viene vestida hoy de beige, y Rosita se pregunta cómo puede saber los colores y combinarlos así de bien, cada día. Tal vez tenga una asistenta. Rosita se mira las uñas sucias y se pregunta si podría acercarse a ella y pedirle trabajo.
Cuando vuelve a mirar, el perro se ha soltado de su arnés y está olisqueando las flores. La ciega camina sola hacia un banco pero tropieza, metiendo el pie en un hoyo y cae. Y cae y Rosita se levanta, se clava las uñas en las palmas de las manos y ve que, justo delante de la ciega, hay una botella de cerveza rota que se le clavará en la cara. Y Rosita grita, grita, grita y se le abren las cuerdas vocales y sangran de impotencia.

viernes, 9 de mayo de 2008

Elena


Su compañero le quita la jeringuilla al chico. No es su función pero siempre se cree en el derecho de hacer más de lo que esperan sus superiores. Elena no es así. A ella lo que le digan y como se lo digan. No es un trabajo en el que se puedan saltar las cosas a la torera. Ella no es así. Todo sobre un planning y si no lo hay, pues sí, a improvisar, pero procurando no salirse nunca de su cometido. Su compañero es una especie de showman histérico y fuera de madre que es feliz provocando y haciendo que todos retengan la respiración. No es mal tipo pero desde luego no es un ser humano equilibrado. Y aún menos si uno se lo imagina empuñando un arma, aunque quizás en eso se diferencien las personas normales de los que se consideran héroes.
Elena mira a veces hacia su compañero, en las interminables rondas por la ciudad, y siempre lo sorprende sonriendo, tarareando o silbando directamente. No parece ver el horror entre los contenedores de basura que rebosan de cadáveres de fetos, no quiere apercibirse de la violencia rayante que cada vez más se apodera de la ciudad, de los colgados que se arrancan mechones de pelo en pleno ataque de ansiedad, de los padres de familia que dejan moretones en el alma y en el cuerpo a sus mujeres, en las chabolas que tienen que embargar. ¿En nombre de quién? ¿De Dios? Elena sabe que su compañero cree en Dios. Que, a pesar de todo, tiene fe en que alguien, entre los escombros de un edificio construido indecentemente en los setenta, pueda salir con una sonrisa en los labios, habiendo olvidado el horror del silencio, la soledad, las piernas aprisionadas, el hambre animal y las heces corriendo por las perneras del pantalón de pijama. Elena no es así. Elena coge la porra y pega como el que más en las manifestaciones descontroladas, Elena coge de los pelos a los ultras y los zarandea hasta hacerles caer la bufanda del equipo de fútbol, Elena coge por el brazo a los camellos y aprieta hasta que se le ponen los nudillos blancos y a ellos las marcas moradas de sus dedos.
A Elena la parió una mujer como Dios manda y un guardia civil que adoraba una bandera como quien adora a un Dios, un ideal castrense en el que convirtió aquella casa, donde todo Dios se levantaba a la misma hora que el patriarca, donde todo Dios comía lo que el patriarca, donde todo Dios sabía disparar escopetas de caza como el patriarca, donde todo Dios apretaba los dientes cuando se le hacían las curas por caerse de un árbol. Donde los únicos que gimoteaban eran los perros, hasta que se les enseñaba a callar, donde los únicos que pedían perdón eran los demás, no ellos, no la piña de fortaleza y un buen par de cojones que vivían en aquella casa. Y suerte que no tuvo más hijas que ella, que todos, los otros cinco restantes, eran chicos. Porque sino habría habido una princesita en aquella casa y no una más, una amazona a caballo de su Harley, que se la compro a los 18 años con los ahorros de los muchos trabajos que se buscaba mientras estudiaba y los mas fuertes que venían de no haber conocido vacaciones en muchos años porque los veranos los destinaba a trabajar mas y mas para poder tener ese dinero que valía su sueño, porque Elena no quiso un coche, quiso sentir el viento en la cara, tragarse el humo de los camioneros - malditos mal nacidos -, beber en bares donde se quedan pegadas las mangas de la chupa a la barra que nadie ha limpiado en meses.
Elena ha nacido fuerte y no llora de frustración cuando le llega la regla en plena ronda y tiene que ponerse el tampón en un baño de cualquier bar que haría vomitar a su madre, Elena no llora cuando la dejan tirada los pocos hombres que se atreven a mirarle a los ojos, Elena no llora cuando, en medio de una pelea, recibe los puñetazos equivocados, Elena no llora ni ante Redford y Streep en Memorias de África. Elena no ha aprendido jamás a llorar y jamás se permite encontrar una excusa para hacerlo. Elena sabe que en la ternura encuentra a veces la peor de las crueldades y por eso es dura, muy dura, y mas aun cuando sabe que alguien puede verla.
Elena y su compañero pasean a pie por el centro de la ciudad, lleno de gente ociosa, en esta ciudad de obreros, funcionarios y banqueros. Así se definen siempre las ciudades: por su industria, por su administración, por su dinero. Y los demás, peones, simples peones que difuminan un poco el paisaje pero nunca llegan a alterarlo del todo. Mujeres frígidas en terrazas repletas, con sus chaquetas de piel de animal, más animales ellas todavía; tipos encorbatados que no saben ni atarse los zapatos sin la ayuda de sus mamaítas; jóvenes sin futuro que se sientan en los bancos y escriben sus nombres en la pintura, intentando dejar constancia de su paso por la vida. Gentes que no cambian, que no desean hacer nada por el cambio. Sin embargo esta ciudad ya está bastante cambiada, tristemente. Fachadas sucias de pintadas que reivindican poco menos que el analfabetismo y la anarquía de los locos; jardines llenos de envoltorios, jeringuillas, migas de comida basura, el paraíso de los adolescentes descarriados que últimamente sólo se dedican a flipar; hospitales de urgencias llenos de alcohólicos prematuros, recién nacidos con heridas de cigarrillos encendidos, balas expósitas en cuerpos ajenos, un volante incrustado en el vientre de una adolescente embarazada.
Y también están ellos, la riada que no cesa de inmigrantes, de todos los colores, de todas las razas, de todos los países, agrupados en sus pequeños mundos donde ni hacen por integrarse, y los problemas que traen consigo. Elena ve esta invasión tranquila y se revuelve, y sabe que cada vez mas, las detenciones son de gente así, y las estadísticas dicen que de diez delitos, al menos siete son cometidos por inmigrantes.
La ciudad se está tragando a sus hijos, como Laoconte, piensa Elena y también piensa en una solución rápida, un gatillo accionado, un incendio provocado, una eutanasia social definitiva y rotunda. Contra los fracasados, contra los apáticos, contra los parásitos de la vida, contra los perezosos de sentimientos y los exacerbados mentales, contra los que vienen de fuera y no son trigo limpio, pero que no hay manera de quitárselos de encima. Que no quede ni uno, que ni uno solo pueda empañar el futuro.
Elena sigue reacia a instalarse en la vanguardia; sus compulsiones son difíciles de manejar. Por eso Elena milita en un partido que aún es clandestino. Allí nadie conoce a nadie, porque las caretas siguen el juego: una contraseña, y entras, a una sala oscura, con una mesa ovalada, como los caballeros antiguos y a jugar a rol. Ella jugó una vez y sabe que es más o menos igual, sólo que aquí desbaratas un poco de realidad, prendes fuego a un ideal vivo. Elena no le cuenta ni a su padre sus correrías clandestinas, no tiene tiempo de intentar convencerle. Últimamente, con tanto atentado, en vez de recrudecerse, parece estar apagándose, como una velita. Sus hermanos y ella intentan convencerle, si bien sólo ella es quien habla en las reuniones familiares donde las mujeres de sus hermanos y sus hijos quedan fuera, en la otra habitación, porque son cosas de familia, son la cossa nostra. Mira que le hizo gracia la primera vez que vio el Padrino, peliculón.
Sus hermanos le tienen respeto, eso lo sabe desde pequeña. Ella era la que instigaba a subirse al árbol más alto, a tirarse al mar desde el peñasco más cortante, a jugar en serio y sin reproches ni marcha atrás. Elena es una tía dura, fuerte como el acero, segura de sí misma y de lo que pretende. Pero también tiene las ideas muy claras y sabe que, de vez en cuando, hay que obedecer aunque uno no esté muy de acuerdo. Así se lleva ganando el respeto de sus compañeros, muy a su pesar, y la confianza de su jefe más directo.
Elena mira a través de las gafas de sol y se nota un poco pálida, se ve más delgada en el escaparate de la farmacia. Su compañero entra a buscar unas pastillas para la ansiedad y ella se pregunta cómo puede un policía deprimido soportar tan bien cada uno de los días, y fingir tanta calma y transparencia. Elena nunca esconde lo que su corazón le grita. Tampoco necesita pastillas ni frases de ánimo. No puede entender un piropo, porque no puede confiar en nadie, el no fiarse es casi lo primero que aprendió en esta vida, no puede aceptar un halago sin que se le asomen las uñas debajo de los guantes negros de este febrero cálido. Elena conoce las palabras de los que algo pretenden, de los que fingen respeto y sumisión. Las conoce porque las ha oído a los que se dirigían a su padre. Las archiva y sigue adelante, mirando a las mujeres que toman un refresco en la terraza demasiado precoz para la época.
Su compañero sigue silbando a su lado, mira a los peatones con gesto de ser un vigilante en el paraíso. Elena ve, en la esquina de la pastelería, a la chica de los pañuelos. Mira a su compañero que se acerca con pasos rápidos a la chica. Le pide un paquete y también chicles de fresa. La chica no sonríe, no da las gracias cuando él entra en la pastelería y le compra una caña de nata y chocolate. La chica simplemente parece asumir que ese es el papel de todo ciudadano: dar, dar y siempre dar, para lavar conciencias, para acariciar la vanidad, para dormir mejor por la noche, para tener algo de lo que hablar con los amigos, en la sobremesa de la cena. Elena mira las uñas sucias y largas de la chica y los pañuelos, que recibe por un euro cuando los compra por diez céntimos. Tal vez se esté haciendo rica, detrás de esa cara de niña desvalida. Elena acaricia la porra con la mano y siente el olor de la caña de nata y chocolate que se funde un poco en la mano de su compañero. La chica de los pañuelos coge el pastel y le da el paquete. No mira a la cara a su compañero, no da las gracias, simplemente con sus ojos bajos se retira un poco para, con el pastel todavía en la mano, tender la otra a los que pasan. Su compañero sonríe un poco, tal vez condescientemente, sabedor de que ha hecho bien y que no lo ha hecho por nada en especial, sencillamente porque si y volviéndose le da un golpecito en el brazo para que reanuden la marcha. Pero Elena sigue quieta, muda y sorda al tacto.
Detrás de las gafas de sol le corren por las mejillas dos lágrimas que la sorprenden, que la paralizan, que la sacan de su centro y ve, en una sucesión infinitesimal, las caras de los chicos de las manifestaciones, oye los gritos de las sirenas, siente el aliento putrefacto del seropositivo del callejón, nota el frío debajo de los cartones. Una película muy vieja ya porque lleva años acumulándose dentro de ella, creando diálogos, poniendo luces, añadiendo sonido y parece que en este preciso momento el director ha dicho la frase famosa de corten y ha colgado el titulo de fin. Ahí está la obra, completa, conclusa y esperando la sentencia de un publico tan minoritario que en realidad solo Elena es el publico
Elena deja escapar la ternura, muy a su pesar. Lo hace a sabiendas de que este mundo es un fraude, una pesadilla con una esquina fuera de la realidad. El más cuerdo se vuelve loco y acaba con su vida en una simple tarde de ira celestial.
Intenta resistirse, intenta vencer el hastío de la repetición cíclica de la putrefacción de su propia alma, pero algo se ha roto dentro, como si hubiera explotado en su cabeza una pequeña bomba que la ha dejado al descubierto rompiendo las murallas que se había creado. Elena siente y llora de novedad.

jueves, 8 de mayo de 2008

Nieves


Nada, que no quiere el desayuno. Este chico la tiene harta. Todavía todos tienen que estar pendientes de él. Hace cinco meses que ha empezado en la Universidad y aún hay que estarle encima para que desayune, para que crezca, para que se convierta en un hombre. Nieves tiene ganas, cuando le ve refunfuñando delante de la taza de leche y cereales con miel, de empujarle por el cogote y meterle la cabeza redonda y llena de grandes palabras y demasiados granos dentro, hasta ahogarle con sus propias tonterías.
Nieves siente que hay momentos en los que odia a su propio hijo, en los que no puede sentir ternura al recordar ningún día del embarazo, llena de bultos extraños por las piernas, los pechos doloridos hasta parecer reventar, el deseo por el suelo, y su marido más desagradable que nunca, vamos, que no entendía por que no quería que la tocara las tetas, si remotamente supiera el cuanto dolían....
Nieves no ha querido volver a tener más hijos. Dios la libre, de estar esclavizada otra vez a una cuna que no deja de gritar, patalear, gimotear, ponerse enferma de tanta rabia, amen de echar por todos lados suciedad y mas suciedad que ella tenia que limpiar una y otra vez. Porque los niños son monstruos que absorben la energía, vampiros psicológicos ante los cuales uno se siente cansado siempre, de bebe, por lo que es y cuando van creciendo casi peor, simplemente al verlos correr, saltar, gritar, comer, jugar, entrar en tromba en la casa, arramblando con todo, dejando huellas pequeñas y sucias en el suelo recién fregado. "¿Quién te mandará fregar cuando sabes que viene el niño del colegio?" "Porque me da la gana, joder. Porque es mi casa y friego cuando no tengo que remendarte los calzoncillos, o limpiar lo que tú manchas, histérico de los cojones. Porque tú vienes y te sientas y pides vino y tu comida favorita que a mí me da prurito, porque sales por la mañana a meterte en ese almacén donde eres el encargado y el gallito del corral. Y yo ando sola con este piso estúpido lleno de gilipuerteces que nos han ido endilgando las mujeres de tu familia, con tan buen gusto como tú". Nieves sabe que todavía le faltan un par de karmas para atrever siquiera a imaginarlo. Eso lo piensa cuando baja las escaleras y se olvida de un escalón y se caga en todo mentalmente, porque hacerlo en voz alta sería ideal para alguna vecina, de esas que seguramente duermen pegadas a la puerta, con el oído puesto.
Nieves cierra la nevera, recoge la mesa y pasa el trapo por el hule, que huele a años de no irse de vacaciones, que huele a carencia de vídeo, que huele igual que el piso en el que está enterrada, como una momia egipcia de los documentales de la 2. Nieves recoge la ropa del tendedero y piensa en irse al bingo. Pero no, porque el bingo es un vicio y ya tiene bastante con intentar que su marido no fume, que deje de oler a ascos cuando intenta ser cariñoso y su boca huele a rayos. Nieves no es capaz de besar esa boca que le resulta repulsiva, que un día, no hace mucho, le pareció el nido ideal donde dejar sus huevos y comenzar una nueva vida. O sí, hace mucho de eso, cuando se quedaba quieta, en los semáforos, recordando las palabras que él le decía, a media voz, con esa voz profunda, que la arropaba y le distinguía de los demás. Esa voz profunda que llevaba años tragando un humo que se le ha quedado prendido en los pulmones, que le hace toser por las mañanas, cuando Nieves entierra la cabeza en la almohada y pide a Dios que la deje despertar, en su cuarto de niña, con el leve ronquido de su hermanita, durmiendo aún, en una mañana de domingo, antes de irse a misa y ver los vestidos tan bonitos de las chicas mayores, esas que miran con ilusión los ojos de los chicos que están en los bancos de atrás, cuando vuelven de la comunión.
Nieves se quita la bata, esa de la que se ríen los Martes y Trece, pero que no saben cómo alivia, cómo cubre la necesidad de ir arreglada para un hombre que ya ha dejado de serlo hace años, cómo tapa la belleza que aún descansa en sus huesos de mujer madura, porque ella es hermosa, no tanto como las que se potinguean en la tele, pero sí, que escucha piropos cuando van los dos a los toros, un par de veces al año, y él ni siquiera se molesta. Porque ya no hay pasión, ni ilusión, ni temor a perderla, porque tal vez piense que nadie desee ya robársela, porque está bien atada a ese hombre aún guapo pero que ya no es capaz de sonreír con los ojos.
Nieves camina, desnuda del todo, por la habitación de matrimonio. Busca su blusa favorita, esa que le da suerte cuando se va de compras, cuando el espíritu le da para animarse, para salir a la calle, una calle que hoy, aunque es martes y es febrero, también se ha animado a brillar con el sol. Nieves se la prueba y le queda pequeña. ¿Cómo es posible? Se la puso hace una semana, para ir con una amiga del colegio a tomar helados a una terraza, en esa terraza donde es tan caro sentarse en verano, porque el helado te cuesta el doble, pero donde en invierno, con el solecito extraño que asoma, te cuesta igual que de pie, en la barra, donde los camareros se hablan de rollos por encima de los sabores, mientras una parece no existir, de lo poco que les importe que se enteren los demás de sus conquistas, sus devaneos, sus tristezas sexuales.
Una semana. El cuerpo no engorda tanto en una semana, imposible, ha debido ser que ha encogido al lavarla. Ni los hombros. Nieves tiene unos hombros finos, como una damisela, como la actriz de esa película de caballeros medievales. Imposible. La deja y coge la de pintitas, porque parece una niña con ella y siempre sienta bien volver a la infancia. Tampoco. Nieves se mira en el espejo y no ve sus pechos más grandes ni su cintura más gruesa. Nieves mira sus piernas y están igual, un poco más fláccidas, porque todo pasa y la gravedad sigue ahí, maldita, tirando de lo poco que uno ha sido en la juventud, de las flores que una lucía en el pelo y que han muerto en una tarde. Maldita.
Nieves no quiere llorar ante el espejo, porque, que a una la vean llorar es lastimar al orgullo, pero verse llorando en soledad es matar la dignidad. Bueno, pues el jersey de canalé que siempre se adapta. Es granate y Nieves ve que hace juego con sus labios, con unos labios que no pinta, que se curvan un poco hacia abajo, como si les hubiesen cortado los hilos que los hacían sonreír. Nieves se acuesta en la cama para ponerse el pantalón, porque lo vio hacer en una película y le pareció increíblemente sensual, le gustó la actriz que lo hizo, le hizo sentir un cosquilleo en la boca del estómago y, durante unos segundos, se preguntó cómo sería estar tumbada debajo de esos pechos perfectos, de ese ombligo redondo y tentador, y después, ruborizada, se levantó para ir a la cocina, avergonzada, preguntándose si su marido o su hijo podrían haberse dado cuenta, aunque sus ojos, los de ellos, seguían, ávidos, en la pantalla. Y ella, una noche, antes de salir a cenar a casa de sus cuñados, se puso así el pantalón beige del traje y su marido se puso hecho una furia, como si le hubiese insultado de algún modo. "¿Quién te crees que eres, Raquel Welch?". Ella le había tirado el joyero de plástico y llegaron un poco tarde a la cena, ella irritada con ese ser humano que ya no reconocía y él... Bueno, lo que él pensase le traía sin cuidado, hacía muchos años, cuando el respeto se escapó por el desagüe en que escurría las verduras.
Nieves tampoco puede con el pantalón de pinzas y se pone uno que tiene una goma ancha en la cintura. No se siente distinta a ayer, no se siente mayor ni más desgraciada porque calibrar la infelicidad es hacerla real. Baja por las escaleras y, en la calle, que es un vacío de gentes atronadoras que pasan corriendo, gira a la izquierda, hacia las tiendas caras, porque sí, porque hoy se lo va a gastar todo y después que grite, que grite él y podrá encontrar excusas para irse y no volver jamás. Pero, de momento, a sentirse guapa y rica. Entra en la tienda y una sonrisa la recibe y la hace sentarse. ¿Dónde se habría visto tanta amabilidad, tanta cortesía sino donde uno vale por lo que piensa gastar? Le enamora una blusa, una falda, un traje, un foulard que conjunta con todo, que esta temporada todo va a venir muy combinable, dice la sonrisa. Se miran y se consultan la talla. La sonrisa asiente y le pide que pase a un vestidor. Le da la ropa doblada y perfectamente planchada.
No le sirve.
Nieves pide una talla mayor, un poco avergonzada, y la sonrisa le pasa la ropa, un poco más grande, imperceptiblemente más grande. Tampoco. Nieves pide otra talla más y ahora la sonrisa vacila: "¿De verdad no le sirve?". Nieves piensa que si le explica lo que le pasó en la casa no va a creerla. Nieves piensa que está demasiado alterada para poder explicar y que alguien la entienda.
Nieves ve a través del cristal del escaparate una pareja de policías, un hombre y una mujer que parece un poco enferma, y piensa que tal vez la sonrisa les llame para que se lleven de la tienda a esta loca, esta loca de los suburbios que tal vez no tiene dinero ni intención de comprarse nada. Nieves sabe que hoy no es un buen día para salir de compras, que así se ahorrará la bronca de su marido. Nieves intenta volver a ponerse su jersey y le sirve apenas, haciendo crujir las costuras y la sonrisa ha desaparecido y se ha llevado la ropa preciosa y suave. El pantalón cruje también, quizás demasiado y Nieves sabe que, entre las piernas, lleva una abertura que la avergonzará de camino a casa, una abertura como un corazón que sangra. Nieves recoge el bolso y mira hacia la sonrisa. Pero la sonrisa ha desaparecido y sólo hay unos ojos que la miran como la miró su marido, de apellido Rodríguez, cuando intentó parecer especial.
El día ha sido largo, tal y como Nieves esperaba, pero aún así no lo considera suficiente. Nieves advierte que aún no se ha marchado del todo, que todavía conserva algo de luz en la parte más baja de las ventanas.
Lástima.

martes, 22 de abril de 2008

Blanca


Blanca se siente perdida, toda una vida de superarse y ahora le tiemblan los cimientos, montañas de flores adornando su mesa de trabajo cada día conjurando el mal ambiente que produce la prepotencia de su jefa, que se cree mas que nadie.
Desde pequeña, cuando siempre en el colegio la confundían con su hermana melliza, que no gemelas, Nieves, y a pesar de lo gracioso de sus padres poniendo los nombres, Blanca siempre se ha sentido como a medias, atada a una relación familiar, a una hermana que un día decidió hacer su vida y la dejo a ella como colgada, una vida compartida que no es que se pusiera punto y final, digamos mejor un punto y otro punto, así , puntos suspensivos, ahí te quedas yo empiezo otra etapa, no estaré lejos, pero tampoco podré estar como antes...
Después atada al estigma de no haberse casado ni tenido niños, atada a conseguir valerse por si misma y a la vez, con la sensación como si tuviera que demostrar al mundo que todo cuanto ella hacía era valido.
Blanca ha cambiado muchas veces de trabajo, y lo que ella pretendía al hacerlo era sentirse útil, contenta con lo que hacia, pero para todos los demás, lo que Blanca ha tenido ha sido mucha mala suerte en no conseguir adaptarse a nada de lo que ha tenido, y que ya son años para andar moviéndote y con la casa (cajón) a cuestas como los caracoles.
Pero hoy Blanca se siente perdida, insegura, una cosa es que nunca se haya casado y otra muy distinta es que nunca haya estado con algún que otro hombre, vivir sola esta bien, incluso llegas a acostumbrarte de manera que no quieres interferencias en tu espacio, que no toquen tus cosas, que tu mundo sea tuyo, tus horas, tus espacios, tus silencios...
Al salir de trabajar todo eso se convierte en algo propio que cuidas de forma casi obsesiva, sabes exactamente lo que hay en la nevera, sabes lo que hay que hacer en casa y si quieres lo haces, si no, se puede dejar para otro momento, sabes que puedes estar como quieres, y sobre todo si quieres.....
Pero Blanca se siente mujer, muy mujer y de cuando en cuando le apetece sentir el calor de otro pecho contra el suyo, las caricias de otras manos que ya no son tan conocidas, el roce de otros labios en su piel, pero así, de vez en cuando, sin que implique perder lo que tiene, su libertad, su soledad, su mundo...

Y descubrió Internet, Blanca comprobaba cada día que escudada tras la pantalla no había timidez, no existía la vergüenza de entrar sola en un pub y esperar a ver si alguien la entraba y había conversación, que ahí, sentada tras la mesa, nadie de los que la conocían la veía vagar de barra en barra o de baile en baile y eso fue una liberación, una sensación nueva de poder, de elegir, de ser quien llevaba las riendas...
Y así vestida, vestida del poder del anonimato se lanzo a fondo, hace ya mucho tiempo, Blanca ni recuerda cuanto, al principio se asustaba de los comentarios que algunos le hacían, al final, asustaba ella de lo que podía llegar a dar, y también para Blanca llego el momento en el que las letras impresas en la pantalla le decían mas bien poco así que empezó a pedir fotos, a seleccionar y de ahí a poner una web-cam fue todo un paso.

Hubo cosas graciosas para Blanca, y tristes también, como cuando recibió una foto de su cuñado, el marido de Nieves, mintiendo y con un nombre ficticio, buscando sexo fácil y sin compromiso...
Muchos hoteles, hostales y pensiones ha conocido Blanca, muchas camas distintas con cuerpos distintos en donde naufragaba y reflotaba con asco en la piel y en el sentimiento, desencantándose cada dia un poco mas, hundiéndose pese a los reflotes constantes, sin encontrar sentido a casi nada...
Ahora todo es diferente y por eso Blanca se siente perdida, porque el no es como los demás, porque tras una cita vino otra, con respeto, porque se ha perdido en los ojos marrones de un señor serio cuyos ojos sonríen, y le da lo mismo, esta bien, se encuentra bien , no hay agobios, ni prisas, cada uno esta en su lugar y cuando están juntos el reloj no corre, el tiempo no pasa aunque a veces parece que fuera todo lo contrario, que todo fuera demasiado deprisa y que los ratos juntos parezcan cortos, se queden solo en ese suspiro.
“Mira cómo ando, siempre insatisfecha, siempre buscando sorpresas brillantes que han sido tiradas por error dentro de cubos de basura. Que nado entre algas negras y me trago la saliva envenenada, y aún así abro los ojos al bucear, y grito más alto cuando escapo de tu cuerpo. Que no sé, que no sé ni sé decir, ni sé pensar qué debo pensar, porque el río se ha secado, que las sábanas acumulan el sudor de una noche tras otra y no las cambio ni las guardo. Ando a golpes por el barro, no me detengo en el placer sin mas..., sin embargo,he notado cómo se hundían mis pies, al notar la frescura húmeda de la tierra, y vivir sin dejar de soñar, y soñar y protegerme, y no encumbrar mis tristezas, sino mi ánimo alegre.
Digo: Si la alegría tuviese un nombre sería este: Ahora.

Me dejas ver la ciudad desde lo más alto, volar en tu azotea y creerme mil personas, y dejo que el viento me despeine, y te hablo con voz clara, y te miro, y me callo. Y noto que algo cambia, que desvío la mirada y me crezco, tan mínima como soy, ante la ciudad que atardece, ante todos los coches, las ventanas más lejanas. Las vidas que empiezan y los cambios que vendrán mañana. Y me siento débil, pero la más grande: Lo tengo todo, míralo!... qué bonito. Y no sé tampoco si me entiendes, si eres capaz de leer entre líneas, si beberías también de Darío y Macu, si no eres una mente bonita pero hiriente de vacío, como lo fue Jorge. Me dices nervioso que te sientes bien conmigo. Titubeo y dejo que me desnudes. Y me tocas, y cierro los ojos, y te imagino, y te siento, y me olvido, y vuelvo a volar tumbada en tu cama, breve pero tan mía como mi propia habitación. Me dices que estarías mirándome todo el tiempo, y me reconozco en tus palabras, y sostengo mi imagen en el espejo. Admiro tu cuerpo como el regalo de esta noche. Pienso como una cobarde, que no todo el mundo ha dormido siempre en casa, y aprendo, y vivo, que piso este nuevo escenario y cuando salgo me llevo los momentos pasados guardados en el bolsillo. Que aún siento tu lengua y te siento entrando, que no sé, no sé decir, y me miras buscando que te diga, y solo encuentro silencio, y no sé si comprendes. Que me sentí nueva llegando a clase, con los ojos lavados y la cabeza fresca, llena de ganas, rebosando vitalidad, y deshaciéndome sorprendentemente de la superficialidad que se amontona en mi espalda, y que tanto pesa a veces. Que no sé decir, pero me encanta dormir contigo, y bailar al mismo son desde el primer compás. Que no quiero que pares, que me estremezco al recordarlo y la inercia me abre las piernas”

Blanca se siente perdida porque esta puerta abierta es a su vez un contrasentido, una posible renuncia a todo lo que lleva vivido y el miedo a arriesgarse es mucho, el la dijo de dar un paso mas, de quedarse a dormir, de traer su cepillo de dientes y algunas cosas y a Blanca eso la ha asustado, porque si lo extraordinario se convierte en rutina, en ordinario, ya no sabe si será lo mismo, si le gustara, si querrá que pase.
Hay que probar, dijo el, y a Blanca se le rompieron los esquemas, porque ahora es una noche el, luego, el tiene dos hijos de un anterior matrimonio, si el se viene a vivir, ellos van en el mismo lote, cuando le toquen claro, cuando la sentencia del divorcio les asigne estar con su padre.
Blanca piensa que si malo era andar tonteando por internet, esto no lo es menos, ya esta hecha a su independencia a su modo de vivir, le da miedo...

miércoles, 16 de abril de 2008

Lucia


Abre los ojos a la oscuridad del despacho y al tintineo de las pulseras de la pasante. Siente un apego funcional por los cascabeles dorados que brotan de su muñeca. Siente apego por un sonido antiguo que no acierta a recordar, como si una caja de música hubiera quedado prendida de su niñez. Cierra los ojos con fuerza y asoma una lágrima de miedo, un escalofrío que brota de las sombras, detrás del clasificador empotrado, lacado y hecho por encargo, especialmente para ella: Lucía R. Linares. R de Rodríguez, de un Rodríguez cualquiera que las abandonó, de niñas, a sus hermanas y a ella. Un pobre hombre en toda la extensión de la palabra probablemente muerto en la emigración, que huía de su país por cobardía y miedo a ser responsable de una familia, y no por la audacia de buscar fortuna en otra parte.
Lucía huele el café y reprime una arcada. Abre el cajón secreto y traga dos píldoras con un vaso de agua en el que ya han anidado las burbujas. Con un botón colocado al lado del cajón abre las cortinas detrás de su silla y se niega a mirar por la ventana, mirar por encima de los tejados de los edificios donde miles de Rodríguez viven sus vidas miserables, dejando escapar un eructo después de desabrocharse los pantalones. Donde, en este mismo momento, en uno de esos edificios, una mujer de Rodríguez intenta probarse la ropa de siempre y siente como las costuras se abren, crujen y muestran su carne de piel de gallina, una mujer que se pregunta si el mundo que habita ha definitivamente perdido su estructura original. Lucía siente a los Rodríguez como niños grandes, retrasados, obtusos y ciegos, pero sobre todo inválidos, inválidos no físicos sino esa invalidez que da el no tener agallas para ir un paso mas allá .
Lucía estira las piernas y se abrocha la cremallera de la falda. Dicen que no forma arrugas, que eso justifica por sí solo los ceros del precio. Y una mierda. Lucía saca la plancha de viaje, se quita la falda y, tocando con las uñas largas y pintadas de granate la base de la plancha, alisa las arrugas y se pregunta cómo, a estas alturas de la liberación feminista, puede estar planchándose un traje de cien mil pesetas en su despacho de doscientos metros cuadrados una abogada criminalista que cobra trescientos euros por una simple consulta legal. Camina descalza por el suelo enmoquetado, llama a la pasante por la puerta entreabierta: le apetece un batido de nata y coco. Sí, ya sabe que el único sitio de toda la ciudad donde lo hacen está a más de media hora de trayecto, pero para eso sirve una pasante, para colaborar con la abogada del bufete más pujante, el que está de moda por ganar todos los casos en los últimos siete meses, desde su apertura.
Lucía vuelve a cerrar la puerta, sin siquiera fijarse en el mohín de desprecio de la pasante y da unos pasos de baile sobre la moqueta. Abre una carta urgente que ha colocado encima de la mesa, ayer noche, antes de quedarse dormida después de tanto papeleo. Otro caso más, con una carta de recomendación de un gordito con mucha cartera. No vienen a ser más que gorditos con mucha cartera todos los que llaman a su despacho; porque apetece hablar un rato con una muchacha hermosa y serena, que escucha las palabras con respeto e incluso admiración, que deja que el gordito haga digresiones y vuelva a acordarse de ella más tarde, de refilón, después de haber entrevisto sus piernas bajo la mesa, que es capaz de llamar por el nombre de pila al Presidente de la Cámara y se codea con famosillos de baja estofa. Lucía nunca escucha las palabras, nunca muestra su cara real, Lucía ve a un gordito que pretende venderle la luna a Neil Armstrong.
Lucía asiente físicamente mientras mentalmente esta haciendo cuentas a ver cuanto va a cobrarle, y sonríe de verdad y no de mueca porque le está metiendo un puro de mil demonios, con el que su economía mejorará incluso más. El gordito disiente de vez en cuando de las opiniones de los demás y habla como un profeta, es un vidente de la bolsa al que nadie hace caso hasta que se hunde el barco. El gordito le agradece el favor y Lucía habla entonces de lo concreto, espeta los cuchillos y el gordito no sabe muy bien de qué va el caso, en realidad quién tiene la culpa o si sería conveniente o no recurrir ante el Supremo. El gordito no sabe nada y probablemente se llama Rodríguez. El gordito probablemente tiene una mujer frustrada que intenta representar el papel de “mujer de” en el salón de belleza y asistiendo a conferencias y exposiciones, e incluso un par de veces al año, colaborando en mercadillos benéficos, y habla de sus hijos como de su salvación, mientras se olvida de recordar que siempre se han criado fuera del país, como debe ser.
Cuando ya ha salido, Lucía hojea y ojea el caso. Homicidio involuntario. Ya. Lucía recorre con la mirada los datos del acusado: Antonio Rodríguez Serrano, respetable comerciante de las afueras, casado, ahora viudo por propia decisión, padre de dos hijos, ya fuera de casa. Sueldo neto más que adecuado, cargo político en sus ratos libres. Un escándalo de pequeña escala. Un corrupto más que trepa hasta el despacho del piso diecisiete para pedir la venia de Lucía R. Linares. Lucía cierra el cartapacio y bosteza. Sale a la entrada del despacho y busca con la mirada el correo del día. Otra vez descalza, pisa un clip que se le queda enganchado en la media y una carrera corre veloz hasta perderse en el muslo derecho. Arranca el clip y, del manotazo, tira un jarrón de flores nuevas -¿otra vez?- que reposan en la mesa de la pasante. ¿Quién coño le mandará flores a su empleaducha, y por qué no se las lleva a casa en vez de tenerlas de expositor en el trabajo?
Garrapatea con saña un "Ven al despacho" en un folio que la pasante probablemente acabará de sacar del ordenador. Si es importante, volverá a repetirlo, si no, a la trituradora. Más cartas, abultados sobres acolchados y dos paquetes pequeños de empresas de entrega inmediata. O casi. Porque este paquete ha sido enviado hace 5 días, demasiados para ser urgente, como grita el rotulador rojo del sobre.
Coge todos los sobres y paquetes y se sienta en su silla mullida, un prodigio de la ergonomía, comprada con los beneficios de un caso. De un solo caso. Lucía nunca repara en gastos para sentirse completa, para sentir la caricia del lujo y el placer en sus sentidos, mascara con la que tapa los recuerdos que le duelen . Lucía abre el archivador de caoba y rebusca el informe de los últimos casos, del último mes. Coteja los datos con el ordenador de su mesa y vuelve a mirar los nombres y apellidos. Parpadea y suda un poco debajo de la blusa de seda de 36 mil pesetas. Se levanta demasiado bruscamente y se golpea el muslo con la esquina puntiaguda de la mesa. Joder, mierda de mesa. Siente un dolor que le sube por la pierna hasta el estómago.
En la mesa de la pasante está, con su letra redondeada y monjil, el informe de los últimos siete meses, desde la constitución del bufete. Clasificados por categorías, por honorarios, por el juez que llevó el caso, por el tiempo de instrucción, por la categoría profesional del inculpado. Los apellidos aparecen al final, en una columna que desaparece del papel, tragada por los datos en vertical. Lucía se sienta en la mesa de la pasante y busca el archivo en el ordenador. Configura la página para que salga en horizontal y manda imprimir la hoja. La impresora protesta ligeramente y Lucía le da un golpe seco, con la palma de la mano rígida. Sale el folio y Lucía lo arranca literalmente de la bandeja de salida.
Cuenta los apellidos. Doce casos llevados con elegancia, con saber hacer, con una disciplina y corrección que no se esperaba de ella. Doce casos de hombres, casualmente todos hombres, que manejan hilos en los que ella se enredaría de tanto afán. Doce casos en los que el primer o segundo apellido es Rodríguez. ¿Cómo no haberse dado cuenta hasta ahora? ¿Cómo no haber saltado la información directamente a sus pupilas dilatadas por el horror y la sorpresa? Lucía va hacia la mesa de su despacho y abre el cajón secreto. Dos píldoras más. El dolor de cabeza le hace subir arcadas y corre hacia el baño. El suelo está frío, las plaquetas de diseño de Porcelanosa le queman los pies. Se arrodilla y ve, por el rabillo del ojo, entre espasmos, la carrera que ha crecido y se asienta sobre sus muslos blancos, demasiado blancos.
Muslos de abogada novata. Muslos de mujer salida de abajo en busca de un futuro, de luchadora que ya ha dejado parte de su piel en el combate y ni siquiera sabe si será capaz de dar el siguiente paso…
Lucía vomita en el váter blanco y tiembla. Ahora llegará la pasante y le contará a todos que, por una vez, Lucía ha perdido los estribos, ha encontrado algo que la ha sacado de quicio. Lucía sigue vomitando, sigue recordando el orfanato, sigue recordando los remiendos en las bragas que cosían las monjas, sigue recordando la nata flotando en la leche, sigue recordando la mantequilla agria de las galletas. Lucía, abogada de los Rodríguez, buscona de posición que jamás tuvo y de clase que nunca tendrá, sigue vomitando hasta que la encuentra la pasante, desmayada sobre el váter.























lunes, 7 de abril de 2008

Julia



La doncella se coloca la cofia y musita palabras en otro idioma. Julia la ve hacer y se pregunta por qué hay gente que escapa de su país, de sus familiares aún en la justificación de buscar un trabajo y un futuro.

Cuando uno está solo no es nadie, piensa Julia.

Ella misma se mira al espejo y no ve a nadie, sólo un nombre, que escribe con el vaho de la bañera llena de sales aromática, de aceites que resbalan por su cuerpo pero no dejan huella en su alma. Julia ve las manos pequeñas y morenas de su doncella, recogiendo las pastillas tiradas por el suelo, las gasas, el frasco entornado de Betadine que mancha los azulejos inmaculados del gigantesco cuarto de baño aguamarina. Su marino lo había diseñado así, para que a Julia siempre le diese la sensación de estar en el fondo del mar, acompañando a Ariel, la sirenita, nadando entre los peces sapo y los globo, entre las burbujas que escupen las anémonas, con las algas enredándose en sus tobillos.

Él nunca entraba en este cuarto de baño, por algo cada uno de ellos tenía uno propio, donde no había motivo para mezclar los productos de belleza de Julia con los útiles de su marido. Además, él siempre tardaba horrores, como si realizase, cada mañana, ante el espejo, el ritual de reconciliarse con la parte de su alma, de su vida, que había quedado entre las sábanas, a merced del sueño.

Cuando dormían, en la inmensa cama de color crudo, en un oleaje de sábanas suaves y edredones y cojines superfluos, Julia siempre se sentía lejos de él, en otra isla en el mismo mar, pero separados por arranques de la naturaleza, por tormentas de ceños fruncidos y tempestades de silencios fríos de esos que van calando el alma. Julia sabía que la mayoría de las veces era como dormir sola, porque no había el mas mínimo contacto, y vivía así, allí en su esquina, mirando hacia fuera los árboles pálidos y perennes de hojas azules y verdes, a través de la terraza, una terraza en la que cabría otra habitación igual o incluso mayor. Veía el reverberar de las luces clavadas en el césped del piso de abajo. E intentaba escuchar, agudizando el oído, las chicharras y los grillos que no osaban aventurarse en la finca de miles de metros cuadrados.

Ella misma, aún en los momentos de mayor soledad y aburrimiento, no había podido recorrer toda la extensión del jardín. Un bosque en medio de la ciudad, decía su marido. Una fortuna en jardineros que venían, cada día, a acicalar los setos, los arbustos, los árboles, los macizos de flores siempre perfectas, siempre en su sitio, siempre hermosas y vivas.
Ahora, mirando por la ventana, mientras su doncella seguía murmurando, Julia veía los árboles un poco ajados, el césped pisoteado, las flores mustias. No se le había ocurrido que la muerte de él pudiese incluso llegar a alterar el paisaje de sus días. No había salido a pasear por el jardín desde el accidente, tan estúpido que no merecía ser analizado sino por sonrisas sarcásticas: caminaba hacia el banco, diez pasos desde el coche con chofer que utilizaba, por haber sido incapaz siempre de aprender a conducir, y una alcantarilla que debía haber estado señalizada, se abrió a sus pies y lo desnucó, entre olores, suciedades y cadáveres de ratas, las ratas de su ciudad. Julia imaginó los comentarios, una rata entre otras varias. Un juez corrupto menos en circulación.
Julia recordaba cómo untaba la mantequilla en la tostada; cómo se reconcentraba en el ordenador cuando tenía que trabajar; cómo se encerraba con celo en la habitación insonorizada para componer sus canciones infames; cómo, cada mañana, le decía lo que debía ponerse, a ella, para asistir a este o aquel acto. Julia había aprendido que, irónicamente, él siempre tenía razón, que no carecía en absoluto de buen gusto y que sabía lo que era la clase, a pesar de parecer ausente, siempre enfrascado en lo Importante. Julia lo veía así escrito en su mente, cuando su marido pronunciaba la palabra. Julia sabía lo que sí era Importante; que, cuando lloraba en silencio en la bañera de burbujas, el siguiente caso era Importante; que, cuando asistía sola a comer a casa de sus padres, la reunión de su marido era Importante; que, cuando quería saltarse alguna de sus normas, debía ceder porque lo suyo, lo de él, era Importante. En realidad, Julia no tenía mucho importante que hacer. Ni siquiera dar a luz, porque él se había esterilizado hacía ya mucho tiempo, el primer año de matrimonio. Él decía esterilizarse, como si fuese similar a limpiarse por dentro de impurezas que podrían crecer en otro, y dar lugar a algo que no fuese Importante. O no tanto como él mismo. Aunque a Julia siempre le queda el escondido dolor de que lo hizo sin consultárselo, como una decisión mas de sus muchas decisiones importantes y en lo que ella no tenia lugar, ni ella ni lo que ella pensara.
Encima de su mesa, un teléfono y un número al que no quiere llamar. No se ve en situación de decidir. Tampoco quiere hablar con nadie sin poder mirarle a los ojos y hacerle creer la verdad, la verdad absurda de unos días en los que le falta la tranquilidad, le falta el dominio de sus propias palabras. Está segura de oír una voz familiar pero fría, seca y abierta como un surco. La abogada la escuchará y ella sólo deseará ser comprendida, no escuchada ni justificada. La abogada, en su traje sin arrugas, hará garabatos al otro lado del teléfono mientras Julia estará desmayada de soledad y sorpresa. La abogada no estará a su lado para asentir a sus ojos llenos de ilusión y terror a un tiempo. La abogada seguirá en el círculo exterior que rodea a los afectos de Julia, mezclada con la dependienta provisional, el cantante en la radio, el repartidor de periódicos o el sereno.
Julia se sienta en el suelo del pasillo, mirando todavía a su doncella, de la que no sabe la procedencia ni la edad y se fija en su mano regordeta, en el dedo anular y ve brillar el oro, como un guiño a destiempo, que no viene a cuento. Se toca la frente con un dedo e intenta recordar el momento en que su marido le ha dicho que la quería. ¿Había ocurrido realmente o la fuerza de la imaginación le habían creado un momento idílico, una debilidad Importante en aquel que sería su futuro marido? Una fiesta, un ruido de fondo que también venía de su cabeza, demasiadas etiquetas detrás de cada nombre propio, un vaso que, en su belleza, se tragaba toda la luz de la habitación. "Tenemos que casarnos". En realidad, no hubo marcha atrás, no hubo sorpresas fingidas. Julia había sonreído y durante un momento creyó que podría cambiarle, ablandarle, hacerle entender lo Importante que podía resultar dejarse abrazar en público, rodeado precisamente de personas que llevaban el anzuelo colgado de la lengua. Demasiado fácil. En un mundo de luchas, donde se había dejado arrastrar por la fantasía de ser feliz, Julia lo seguía intentando.

Había aguardado pacientemente, durante años, un asomo de ternura, de desamparo, de rendición a besos, abrazos y arrebatos. Su marido había luchado en un terreno sin hoyos, allanado por la tradición y el saber estar.
Un año ya de la muerte, del cambio definitivo e irreal. Julia había caminado por la casa sin encontrar demasiada diferencia a cuando él estaba vivo, excepto en el jardín. No se había sentido acompañada, y ahora no notaba escaparse nada, ni la ausencia de una voz en el dormitorio. Había abierto con una media sonrisa el diario en que anotaba cada acto de amor, cada caricia inusual, cada palabra dicha en susurros. 18 en 6 años. Había anotado también cada deseo de ser libre en brazos ajenos, y cada intento frustrado de ser infiel. Así que, en los últimos 5 años, había decidido vivir en sueños, ser amada y amparada en tierras de nadie, poniendo el único freno que era dar nombre, para no despertar, ni siquiera en un descuido, al marido con otro en los labios. Había dormido sola, en brazos de ángeles o demonios que brotaban cada noche, gracias a las pastillas. Había despertado y vuelto a dormir, cambiando el guión de su sueño, o recomenzando donde había terminado, o iterando el beso, el calor, la sensación de sentirse viva a la vez que medio muerta de ansias. El Predictor le dijo que estaba viva. Que había nacido en ella alguien más que una ilusión; que, de verse liberada, había soltado amarras ella sola. Sola frente a una mentira. A un milagro. Un año sin su marido. Un año de carencias, de sueños intensos y humedades vespertinas. Un año de fingimiento nocturno y un óvulo floreciendo, lanzando al viento el polen. Julia se pregunta si su doncella estará también embarazada, si estar de rodillas en el suelo de un baño gigantesco no será nocivo para el feto. Julia se arrodilla con ella y se pregunta cómo puede hacer una para comunicarse en un idioma desconocido y pedir consuelo, pedir un instante para llorar contra el hombro de alguien que no le va a pedir explicaciones, ni la acusará, ni siquiera le importará nada más que sus propios sentimientos. Julia recoge el Predictor que confirma lo imposible y mira los ojos sorprendidos de la doncella. Por una vez, en muchos años, se encuentra con una mirada que habla de un ser humano que tiene miedo, como ella.