martes, 30 de septiembre de 2008

Asun


Oye los pasos de su enfermera y como cruje el parqué en la tercera tabla viniendo de la cocina. Sabe siempre donde está, como si quien vigilase y cuidase fuese ella, Asun, y no la enfermera. Asun sonríe desde la cama y se arrastra para poder abrir con su mano llena de artritis un cajón que resbala como si estuviese encerado con mantequilla. Asun tiene miedo de que el cajón caiga al suelo, como ha ocurrido otras veces, y la enfermera entre echando chispas por los ojos, sin decir ninguna palabra más alta que la otra, como si Asun fuese una niña idiota a la que no hay que asustar ni reñir. Asun agarra el tirador de porcelana, siempre frío, como un animal muerto desde hace días, y tira suavemente, mientras oye los zuecos blancos alejándose hacia la sala. Coge una carta, la más cercana y la acerca a su nariz. Sigue oliendo a otros tiempos, a 1937, antes del nacimiento de su primera hija, de la primera de ocho criaturas que sobrevivieron a la vida pero no al frío de los inviernos después de la guerra. Asun relee la carta e intenta que no le suban a la nariz las lágrimas que siguen naciendo, como si ninguna pudiese borrar el dolor y la pérdida.
Asun cierra el cajón y se recuesta, oliendo a suavizante la almohada que su enfermera ahueca cada vez que entra en el cuarto, tropezando con la silla de ruedas, inerte en una esquina de la habitación. Asun se busca en el espejo del armario, se busca y se ve, recostada al lado de su marido, recostada al lado de 50 años de felicidad que se han ido hace 7 años ya. Asun siente las piernas desentumecerse de estar sentada, alcanza con la mano el vaso de agua y traga dos píldoras rojas y blancas. Las siente bajando por su esófago, arañando el mismo camino de cada mañana, insertándose en un compartimento que ya es suyo y de nadie más. Asun cierra los ojos, cruza las manos sobre el pecho, como un muerto y piensa. Hablar le trae recuerdos más vivos, como si pensarlos fuese inventar una película sin guión prediseñado.
Piensa en soledad porque hablar le hace daño.
Su enfermera entra en la habitación, abre las cortinas y deja que el sol de febrero entre, tímido y un poco débil todavía, torturado por el frío de diciembre. Asun se pierde en las partículas que flotan en el aire, a merced de la luz del sol, Asun mira la foto de su marido y observa la sonrisa, siempre nueva, como si cada día sonríese para ella y le hablase desde el marco de plata. La enfermera sigue su mirada y se permite sonreír un poco, sin decir palabra, atusar su edredón y retirarse con los zuecos rozando el suelo de la habitación. Vuelve, con la ropa de Asun, planchada y oliendo a primavera, con un toque de su colonia que flota por el pasillo encerado y brillante como un sol en miniatura.
Asun recuerda la primera vez que se puso ese vestido azul, lleno de diminutas flores amarillas, como pecas, recuerda las manos detrás de la espalda de su marido, la sonrisa de la foto abriéndole el corazón como una palanca de amor, la caja preciosa, plateada, el lazo gigantesco y brillante, el papel cebolla del interior, crujiendo como un pequeño fuego, la mirada de interrogación de Asun, la sonrisa perenne de su marido. Recuerda haberle oído acercarse, por detrás, posando sus manos, como alas de mariposa, en su cintura, mirando lo que ella veía por primera vez, acompañándola en el ritual, viendo su cara arrebolada a través del espejo. Asun recuerda la presión de su cabeza, apoyada en el hueco de su hombro, recuerda haberse girado como una veleta y haber abrazado a su marido con un gemido de lágrimas que le subió a los ojos. Recuerda haber visto, esa misma noche, la factura del vestido en el bolsillo de la chaqueta de su marido y haber besado su frente dormida frente a la radio de la sala. Recuerda haber intentado cambiar el vestido por comida y las palabras tranquilas de esa voz que sigue amando tanto "Es para ti. Para la flor de mi casa, la niña de mis ojos, la madre de mi hija, mi brisa en el desierto."
Asun intenta no abrir los ojos demasiado rápido, intenta atrapar esa lágrima que viene de un tiempo lejano, intenta que no resuene su corazón como las tablas que su enfermera pisa, de acá para allá, en un ambular preciso.
Asun recuerda, ahora, como un dolor de cabeza que viene y va, una foto de ambos con el vestido nuevo. Recuerda haber paseado por el parque más grande de la ciudad y haberse hecho una foto en una tarde de verano que se escurría entre las hojas de los árboles, prendida de pereza, como los paseantes del día. El aire olía a helados derritiéndose, a manos un poco sudorosas, a sentimientos que se escapan de los labios y las miradas de los amantes. Los niños eran capaces de gritar sin hacer ruido, como un crujido de hojas que se desvanece, los pájaros vibraban en sus sonidos, aleteando entre las copas de los árboles más altos. Asun vuelve a verse una mano enfundada en la de su marido, el revuelo del vestido, acariciado por el viento lateral de un niño en bicicleta. Asun mira, en sus recuerdos, a su marido y sonríe hoy de sentirle tan cerca, precisamente en esta mañana, sacado a la luz por un simple vestido.
Asun se pone sola el vestido, se atusa como un gato frente al espejo y echa unas gotas de perfume en su cuello, el mismo perfume que él le compró en otra ocasión, el mismo cuello que él ha besado con pasión, tantas y tantas noches de comunión. Asun nunca luchó en su vida diaria, ni contra los temores de la pobreza, ni contra la seguridad inexistente. Nunca luchó en su vida y decidió no hacerlo jamás en la cama, mezclada con el aroma de su marido y el suyo, reunidos en un terreno neutral donde sólo imperaba el deseo, la necesidad y la realidad de estar juntos, fuera del mundo que ordenaba, dentro de un orden perfecto que llevaban de la mano, ambos responsables.
Asun recuerda la mano cálida de su marido, asomando por encima de su cintura, abrazándola en la oscuridad, cada noche, durante tantos años, protegiéndola de su mundo onírico, acariciando su mejilla cuando Asun lloraba en sueños, despertándola con besos suaves, recordándole cómo la había besado la primera vez, con la dulzura de un amor por estrenar, entre los dos, un amor que no había necesitado de palabras más que otros necesitan de silencios. Asun mira la almohada y aún siente los proyectos de su marido descansando junto a su sien plateada, su nariz hermosa, su frente honesta, sus ojos directos y tranquilos, sus labios llenos de promesas cumplidas. Asun revuelve, en su memoria, buscando la foto de la tarde de verano y la ve, hace años, prendida en la esquina del espejo de la sala. Asun llama a la enfermera y le pide que vaya a mirar. La enfermera la mira, desde la distancia de su ropa nuclear, como un muro a derribar de limpieza y orden. Vuelve con las manos en blanco.
Asun se coloca sola en la silla que la enfermera ha acercado a la cama. Asun maneja con soltura la silla por el parqué perfecto en su llaneza. Abre los cajones del armario de luna y encuentra cajas de recuerdos, pero no su foto. Sale de la habitación, con la enfermera trajinando en la cocina, preparando el desayuno, y entra en el salón, donde los libros brillan con el sol de las ventanas abiertas. Asun pasa una mano temblorosa por encima de los libros, buscando, tanteando la foto, imposible haberla perdido. Imposible. Ojalá no se haya perdido, piensa Asun. Asun coge el álbum de fotos y se acerca, con él en su regazo, al balcón de cortinas que ondean ligeramente.
Mira hacia la calle y los jóvenes están entrando en la biblioteca, frente a su ventana. Ve las piernas vigorosas subiendo de dos en dos los peldaños, ávidos de silencio, hartos de memorias rellenas de necedades, necesitados de calificaciones sobresalientes. Una muchacha de pelo rojo mira hacia arriba, se encuentra con la mirada de Asun y sonríe un poco. Asun recuerda una sonrisa igual, su propia sonrisa en la foto. Asun busca en el álbum fotos hechas en la misma época. Asun encuentra un hueco, una foto que falta, que ha dejado la marca de su ausencia, el papel un poco más claro donde debería haber estado, donde Asun no recordaba haberla puesto. Tal vez su marido. Tal vez.
Asun ve la luz. Asun vuelve a la habitación, coge con dificultad una maleta debajo del armario. La enfermera la ayuda a ponerla encima de la cama ya hecha. Asun abre la maleta antigua pero resistente y rebusca. Rebusca y encuentra un sobre gastado por el tiempo, encuentra una chaqueta arrugada, con dobleces antiguas, encuentra un reloj sin cristal en la esfera y la aguja de las horas ausente, encuentra una caja llena de los dientes de leche de su niña. Asun se sienta en la cama con la ayuda de la enfermera. La enfermera sale y Asun se reúne con el pasado. Tantea la chaqueta y encuentra la foto. Asun revive la postura tal y como la había recreado, sí. Revive el sol y el olor a helados, el trino mortecino de los pájaros, pero Asun no lleva puesto ese vestido, quien está a su lado no es su marido, no sonríe ni agarra su mano, sino que está airado, mirando hacia la derecha, ausente del momento de unión ficticia. Asun vuelve a fijarse en el vestido y este está deslustrado, es pobre y asoma la miseria como los ojos tristes de Asun. Asun abre la carta y lee una letra que no reconoce, ve una firma que no le sugiere nada. Asun cierra los ojos y los abre de repente, conmocionada. Recuerda vagamente el nombre de un hombre que intentó hacerse amar, asocia ahora ese nombre con la cara enfurecida de la foto y se pregunta cuándo sintió una oleada de felicidad, y con quién, en qué parque, cuánto tiempo hace ya de la pérdida de los recuerdos...

viernes, 26 de septiembre de 2008

volver....


Que difícil se hace a veces todo....

Las hormigas han minado otra vez mis sueños y el letargo de la vida no me ha dejado escribir...

Se acabó el verano, caen las hojas y vuelvo a intentar pasar de puntillas sobre un suelo tapizado de pequeños obstáculos que crujen bajo mi peso...

No hay nada más difícil que vivir....

Ni nada tan sencillo...

He vivido al lado de una cementera para tener la excusa de volverme gris...

Pero me lava la lluvia...

He vuelto.

viernes, 11 de julio de 2008

Carmela


El tráfico se enfurece y ruge, atronador. La gente se agolpa en los pasos de cebra, como si perennemente la ciudad estuviese en plenas rebajas. No hay un momento de respiro en una ciudad muerta que da los últimos coletazos.
Carmela empuja la silla de ruedas de la inválida y escucha los trinos tímidos de los pájaros, aún por encima de los bocinazos y los empellones. Las mañanas son horribles, llenas de terrazas a rebosar de mujeres llenas de salud que tuercen la cara a la enfermedad que Carmela empuja, pacientemente, desde hace más de 7 años. La inválida reacciona apretando el reposabrazos de su silla e intenta girar la cabeza hacia Carmela. Esta calla, hace como que no ve los intentos por comunicarse y piensa que, por lo menos, debería esperar a que estuviesen en casa para expresarse. Entre tanto barullo no puede oírse nada, salvo las hojas que comienzan a brotar y chasquean en el interior de Carmela, como un tumor haciendo eclosión.
Carmela entra con la silla en el edificio de Correos y aparca suavemente, con la experiencia de los años, mientras recoge su correo y el de la inválida. Carmela ha dejado de llamarla por su nombre hace mucho tiempo, cuando todavía sentía un poco de temor y de reverencia por la enfermedad y la muerte. Ahora sólo ojea por encima de la silla y se hace ajena a los traqueteos de la confianza. Abre su apartado y encuentra docenas de cartas. Algunas maltratadas por el tiempo, casi 6 meses ya, sin venir a cogerlas. Las mete en su mochila y recoge también las de la inválida. Sólo dos cartas, muy abultadas, con remite de un bufete de abogados. Carmela enarca una ceja, pone las cartas en el regazo de la inválida y empuja, por la rampa de salida, cogiendo un poco de carrerilla para asustarla ligeramente. La inválida intenta girar la cabeza y articula su nombre como una plegaria "Carmela, Carmela mía", antes de sentir el beso de la velocidad.
Ya en la acera, la inválida sigue aferrándose a la silla mientras musita un poema que aprendió de niña y que Carmela nunca ha oído hasta el día de hoy "Como una fontana que, eterna, en brotar persiste, como un sendero, me iré... y no acabaré de irme". Carmela escucha la voz que conoce tan bien, esa voz que ha aprendido a corroerle el alma con el desplante, y reconoce en esas palabras de Miguel Hernández la voz aguardentosa de un padre olvidado, recóndito como un mueble viejo. Recuerda su regazo cálido y sus manos grandes y callosas, recuerda el tacto de esas manos bruscas torciéndole la cara de un bofetón, el dedo señalando su vientre de prostituta, la voz aguardentosa que amaba la poesía profiriendo insultos, echándola de su propia casa. Carmela empuja más rápido y la inválida se siente intranquila. Calla y Carmela se siente mejor, como si le hubiesen vendado la herida.
Doblan la esquina y la inválida compra un cupón al ciego del barrio. Carmela coge el cambio y el cupón y escucha las palabras, siempre nuevas, como si estrenase cada día una frase: "Siempre hace sol en los ojos de aquellos que sonríen". Carmela sigue empujando y se pregunta por qué hoy vienen las voces del pasado a mezclarse en su cabeza, por qué recuerda haber visto esas mismas palabras garrapateadas en la libreta de su hermana, la hermana que se dejó vencer por la locura, que languidece en un sanatorio podrido de ratas y chinches, una hermana que le dio la espalda a ella y a su hijo, la misma hermana que escupió en su cara cuando intentó volver a casa como una sirvienta, la misma hermana que enloqueció por un hombre que acabó muriendo al cogerle una manzana en un árbol. En ese árbol del paraíso que acabó enseñándole el bien y el mal de un amor breve. Carmela oyó de nuevo de sus labios la frase, una vez, en plena tarde, tendiendo la ropa y se había echado a reír. No lo había entendido. Sigue sin entenderlo. Porque los ojos de sol no se hacen, crecen y echan raíces que colapsan el dolor y la rabia. Carmela nunca ha tenido frases en la cabeza para regalárselas a nadie, ni suyas ni robadas, porque Carmela ha sentido siempre por los dedos, acariciando, tocando, dejándose secuestrar por la pasión de una sola noche, una sola noche que no tiene cara ya, que se ha diluido con el tiempo.
Carmela sigue empujando con empeño, negándose a que cambien la silla de la inválida por una eléctrica, que sólo serviría para desquiciar el parqué de madera y sus nervios de mujer madura. Hace frío en la iglesia de todas las tardes y Carmela acerca una rebeca de lana a la espalda de la inválida, que agarra la prenda con dedos de águila. La mirada de la mujer en la silla se prende del Cristo de los Faroles, la imagen más idolatrada en la ciudad, en esta ciudad de ateos que se reviste de miedo cada domingo, cada Semana Santa, cada Navidad. Carmela se sienta, sin santiguarse, porque ha dejado de creer en nada que no pueda ver, ha dejado de ser paciente con cada uno de los días que le manda el Todopoderoso. A pesar de todo, cuando piensa en Él, no deja de ver su nombre, todos sus nombres, escritos en mayúsculas, como si obrase algún tipo de poder en la ortografía.
A su derecha, esculpido en la madera, lee "Arrepiéntete, Pecadora". Carmela siente que se dirige a ella, a todas las mujeres que han pensado en sí mismas antes que en la esclavitud del alma y de la familia. Piensa que nunca se había sentido pecadora y que ahora que pertenece a un reino, puede volver a ser quien era antes de entrar en esta iglesia. La iglesia la despoja siempre de su humanidad, como si sólo asomasen garras y colmillos entre sus cabellos negros y sembrados de canas blancas como la nieve. Carmela se siente una loba acorralada en la oscuridad y el frío de los cazadores de almas. Carmela no quiere vender nada porque lo poco que tiene se lo ha robado a su propio pasado, cribando las sonrisas de los horrores, las caricias de los latigazos, las mañanas de otoño a las tardes de verano abrasador.
Carmela se yergue y mira alrededor, donde cada frase le grita su indecencia, le grita la debilidad de pegarse al cuerpo de un sacerdote novicio que, con su piel lechosa y sus manos suaves, le arrancó palabras de lujuria y le regaló un hijo muerto. Carmela se recuerda quitándole la sotana, tirándola a una esquina de su habitación de enclaustrado, entornando el plato con sopa y el vaso de agua bendita. Carmela recuerda el Cristo crucificado observándoles en mitad de la oscuridad, un dios semi-fosforescente que lo veía todo y disfrutaba con el pecado. "Arrepiéntete, Pecadora", le dijo el párroco cuando confesó su amor. "Arrepiéntete", cuando al joven lo mandaron fuera de la parroquia, "Arrepiéntete", cuando le abrieron las piernas para sacarle al hijo muerto que se le había quedado aferrado a las entrañas. "Arrepiéntete", cuando el médico, años más tarde le confirmó que no podría tener hijos nunca más. Carmela, de pie detrás de la silla de la inválida, se arrepiente de no haber subido con más presteza al pretil del puente y haberse tirado antes de pasar aquel coche que la trajo a la ciudad.
Porque Carmela no sabe que cada uno se inventa su propia dimensión del pecado y su propia muerte.
Vuelve a sentarse y abre las cartas, una por una, desechando la propaganda, apartando las facturas de la casa de la inválida, que están a su nombre, rompiendo directamente las cartas que vienen del sanatorio donde muere su hermana de locura y odio, las que manda el director del asilo donde su padre ya no reconoce su propia sombra. Carmela adjunta las facturas de los dos cementerios de vivos y mira de nuevo hacia la inválida que entra en un éxtasis místico mirando el rostro de un dios inexistente. Carmela abre la última carta, y se arrepiente de nuevo, como hace más de 20 años, de leer el comienzo. "No deje de leer. Ya está tocado de la mano de Dios". Carmela no puede evitar sonreír. Una cadena de cartas, sin remite, sin su propio nombre.
Qué error haber abierto una carta que es para cualquiera.
Carmela se siente, efectivamente, tocada de la mano de Dios, pero vapuleada, abofeteada en su ingenuidad, en su confianza. Carmela sigue leyendo y lee su propia vida, lee que, si no continúa la cadena de veinte cartas, su hermana morirá en el sanatorio, agonizando de cordura; su padre tropezará y se desangrará solo en esa zona del parque a la que nadie entra ya, excepto el jardinero, de tarde en tarde; que su inválida rodará con su silla por las escaleras tortuosas del edificio; que el lunar que Carmela tiene se inflamará y estallará como una gran bola de fuego; que el edificio perderá el equilibrio y caerá a los pies de los cadáveres entre los que estará Carmela.
Carmela cierra la carta. Se limpia una lágrima que le cuelga de la nariz y grita, grita en medio de la alzada del Cuerpo de Cristo: "Me arrepiento, mi pecado de amor se arrepiente de haber muerto, mi corazón se arrepiente de haber amado, de haber olvidado. Me arrepiento." El grito resuena en la iglesia, las cabezas se vuelven, horrorizadas, y la inválida se levanta de su silla de parapléjica para recoger el cuerpo desencajado de Carmela.

martes, 8 de julio de 2008

Yolanda


Camina entre las mesas como Gulliver entre los enanos. Tiene las piernas demasiado largas, así ha sido desde siempre, verlo todo desde un punto de vista distinto a los demás, sentirse más cerca del cielo de los larguiruchos. Esquiva con su cuerpo anguloso y fibroso las sillas esparcidas por los anteriores clientes y se pregunta por qué no habrán inventado para los bares sillas como las del instituto, pegadas al suelo, clavadas con saña, una disciplina de los cuerpos que ella rompía, que ella rozaba y maltrataba cada día de clases.
Yolanda busca, desde la atalaya de su cabeza, la mirada perdida del camarero que remolonea, como siempre, como cada día. Ella utiliza la cafetería como su oficina particular, una oficina donde antes, antes de la aparición de los móviles, podía estar horas y horas sin oír el pitido estridente de los teléfonos en su cabeza, interponiéndose entre sus ideas y la materialización en la pantalla. Yolanda abre el portátil y se queda mirando un rato los iconos parpadeantes en la pantalla de cristal líquido. Si mueve la cabeza un poco a la derecha o a la izquierda, variando el ángulo de sus ojos grandes y negros, pierde lo que escribe, lo pierde como si estuviese aquejada de Alzheimer y no es capaz de recordar lo escrito, como un grifo no sería capaz de reconocer una gota de agua que ha dejado escapar. Todo suena igual, todo transpira la misma pregunta, la misma indecisión, el eterno erotema que nos invade: ¿PARA QUÉ?
Tuvo un profesor en el colegio que le daba una dieta para poder escribir, como si para ello se necesitase una buena figura. Él argumentaba que la novela perfecta, la conjunción de los ideales de toda una generación requiere cuidarse por dentro y por fuera, no dejarse sobornar por el mundo de hoy en día, de estreses y frases a medio hacer. Él no dejaba de sorprenderse de la forma tan particular de hablar de Yolanda: bajito, rápido, rápido, como un tren desbocado, omitiendo letras, inventando un idioma que muchos daban por perdido, un eterno descifrar significados.
Lo que ocurre, piensa Yolanda, es que nadie quiere misterio hoy en día, porque en las películas del cine al que le gusta ir el final se dice en el mismo trailer, ¿es posible?, para no dejar nada en el aire, para que el espectador no pueda sentir estupefacción ni desazón por no comprender. Todo bien y bien atado, como si, de repente, nos hubiésemos vuelto idiotas. Triturado hasta perder el sabor original, la verdadera esencia. Yolanda busca el misterio en cada mirada, en cada conversación ajena, curiosa como es al interior de los demás, y lo busca en lugares apartados, donde los que van allí tienen una razón de peso que tira de ellos, hasta hacerles arribar a esa verdad.
Yolanda se sienta al lado de la ventana, en un reservado extraño ya que todos los peatones pueden ver a los posibles amantes, y observa, disecciona los labios de los que articulan frases y se queda prendida de una ficción que brota de los ojos airados, de las manos revoloteantes, de los tobillos inestables, de la cabeza vuelta con sorpresa. Yolanda recibe la sombra del camarero, pálido y escuchimizado, enfermizo en su delgadez y repite lo de todos los días, las bebidas todas alineadas en su mesa, como un pequeño desfile de vidrio, para que dejen constancia de que estará durante horas, pero consumirá durante horas, pagará su parte de asiento de terciopelo, su parcela de ventana, su voltio de electricidad.
Yolanda se vuelve hacia el portátil pequeño, ligero y gris que reclama su atención. De vez en cuando, como si fuese un niño caprichoso, le manda notas, todas relacionadas con su tarea del día, un recordatorio de la poca memoria que tiene y ella gruñe mirando la pantalla, como si algo animado vibrase bajo el cristal, algo que se ríe de ella, de su torpeza, algo que abusa de su sentido del humor desgastado y un poco marchito. Yolanda maneja el ratón incrustado y se siente haciendo cosquillas a un animalillo, rozándole la barriguilla con sus dedos de uñas mordidas y descuidadas. Se siente en deuda con la técnica que la empuja hacia delante y, a la vez, la hace sentirse atrás, muy atrás en el tiempo, cuando el señor Bell tuvo una visión.
Yolanda abre los archivos y ordena lo desordenado ayer. Siempre se concede un plazo para organizarlo todo, para que, dando el beneficio de la duda, permita que cada cosa ocupe por sí misma su lugar primigenio.
El orden natural.
Y, mientras espera que los archivos se asienten cada uno en su carpeta correspondiente, abre el IRC. Se introduce un momento en la red y navega, conociendo a personas virtuales, tan virtuales como ella, que se inventa un pasado, un género, un nombre que no es verdad, que puede ser real, sin embargo en un mundo fuera del teclado y los comandos. A veces es un hombre seguro de sí mismo y un poco castigador, con sentido del humor ácido y proposiciones indecentes. Otras es una adolescente ingenua, un poco sorprendida por las palabras demasiado osadas del otro lado de la pantalla. Exhala sus personalidades según el día, según el ángulo de luz incida en el quiosco de enfrente, según el zumo esté más o menos agrio. Entra en canales al azar, buscando una palabra, un sentimiento para iniciar su siguiente relato, un disparo de salida para correr hacia la inspiración. Guarda los logs, las transcripciones de cada una de las conversaciones y anota los nicks, los nombres ficticios que utiliza ella y los y las que dan un poco de su tiempo para que ella invente vidas.
No viene a robar nada que no le quieran dar, porque las palabras fluyen del otro lado libremente, no quiere imaginarse a nadie diciendo nada de lo que pueda arrepentirse. De vez en cuando, alguna voz escrita parece decir la verdad, contar un trozo de su vida que ha dolido, que duele todavía, y Yolanda querría tocar con su mano larga y huesuda el brazo de ese otro ser que está sufriendo en soledad, que sólo puede encontrar consuelo hablando, sin conocer, sin ser juzgado tampoco. Yolanda siente que nos hemos alejado demasiado de nosotros mismos, en todo momento, de la vida que creemos vale la pena, de los silencios necesarios, de la complicidad entre dos miradas. Yolanda sabe que habría que vivir notando a los demás y dejándose caer a uno mismo.
Yolanda mira los archivos, de nuevo y selecciona uno al azar. Compone historias aleatoriamente, utilizando un programa que han diseñado especialmente para ella. El orden natural vuelve a presidir su tiempo, como ella misma afirma cuando alguien la entrevista sobre sus libros. El secreto lo lleva guardado en la memoria del disco duro y el diskette a la vista de todos que dormita encima de su cómoda, delante de las peticiones de su editor que se pregunta y se felicita por su éxito.
Yolanda escribe frases impersonales, organizadas algunas sintácticamente según las normas más estrictas y otras obedeciendo a la anarquía. Las coloca en archivos contiguos que el programa se encarga de mezclar. Yolanda recoge el cóctel de ideas que surgen entre los parpadeos de la pantalla y elabora sus historias, teje las vidas que le brotan de la casualidad y de la causalidad. Un alud de vidas rueda por la pantalla y ella recoge y selecciona las palabras, añadiendo un verbo aquí, un sujeto personal allá, haciendo juegos malabares con sus propias frases. Inventa, sin querer, una vidas que laten a distancia, que son reales sin ser aún verdad.
Enfrascada en el comienzo de un nuevo libro, Yolanda ve iluminarse el icono de mensaje. Abre el archivo y uno de sus ficticios seres del IRC le manda saludos y la invita a visitarle en un canal inventado a los efectos de compartir solos un momento. Cierra los archivos y se introduce en la habitación virtual en la que Push la espera.

hola, Push, como te va todo
bien. te echaba de menos

Yolanda evita, en el inmenso juego de transgredir las normas, poner puntos, signos de interrogación o exclamación, mayúsculas e incluso se deja tentar con algunos de sus interlocutores por cometer faltas de ortografía. Push es distinto, es correcto, es amable, es transparente, es apetecible mentalmente. Lilith, su nombre ficticio, es perversa, arrebatadora en esencia y siempre está dispuesta a dejarse escandalizar. Da de su vida todas las mentiras que Yolanda es capaz de inventar para ella. Tal vez el nombre sugiera ya de antemano más de lo que Yolanda quisiera. Pero todo está permitido en la red, todo consiste en hacer de la experiencia un momento lo más próximo y sencillo posible.

y eso. es muy galante por tu parte. que ha sido de tu vida, últimamente
sólo he pensado en ti. en desear conocerte, verte en persona y tomar un café mientras me dejas leer tu última novela
mi última novela? no soy escritora. qué te hace pensar eso de mí?
te conozco. te he vigilado. ayer te seguí hasta tu casa

Yolanda tiembla un segundo, parpadea y ve aparecer en la pantalla su dirección, con toda veracidad. Mira alrededor, pero no hay nadie con un portátil más que ella. Ella, que se acaba de meter en terreno peligroso. Ella, que no ha considerado que ha sido la relatora de momentos de confesión manuscrita.

mañana iré a verte, Yolanda. verás lo que es contar la vida de los demás sin pedirles permiso. No escaparás. aprenderás a respetar lo ajeno y a no hacer de las personas mentiras ficcionales. me has destrozado la vida, me han echado de mi trabajo por culpa de tu libro. ni siquiera te has molestado en ocultar mi nombre, yolanda. ahora yo destrozaré tu vida
de qué novela me hablas? no te conozco y es imposible haber escrito sobre ti. tampoco se tu nombre. jamás me lo has dicho, Push
no me creeré nada más, Yolanda. ahora yo seré quien haga de tu vida una noticia que aparecerá en sucesos. te lo prometo

Yolanda intenta cerrar el programa de IRC que no responde. Antes de despedirse, Push ilumina la pantalla con un enorme smiley que rebota ante los ojos atónitos de Yolanda. Vuelve a buscar apoyo emocional a su alrededor y ve cruzar la calle a una mujer vestida de enfermera, empujando una silla de ruedas, poniendo su empeño por llevar hacia delante a la mujer dormida, sentada a su merced. Yolanda se siente a merced de su propia fantasía y de su propia inconsciencia. Cierra el portátil y sale, escapando, dejando el ordenador encima de la mesa, abandonando la oportunidad de escribir la historia de su vida, su éxito definitivo.

Raquel


El sol cansino de febrero se proyecta sobre las lápidas y juega entre las sombras de los ángeles que extienden sus alas y tienden sus manos hacia los familiares. Los nichos se alzan entre las lápidas rendidas a la tierra. Raquel coloca los crisantemos sobre la lápida. Levanta la vista y saluda con la mano al encargado que está recogiendo las malas hierbas de los panteones del lado oeste del cementerio. Raquel traza rápidamente la señal de la cruz y sale del recinto.
Mira hacia el olmo centenario que preside la entrada y piensa que un día de estos traerá una cámara fotográfica para guardarlo para siempre en su memoria. Raquel tiene un libro lleno de fotografías de personas que ya no son nada en su vida, que han seguido las suyas por separado y no han vuelto jamás la vista atrás. Ella, sin embargo, cuando quiere saber de ellos, de ellas, que se han decidido a escapar de los recuerdos, coge el libro y habla con cada una de las fotografías. Se pierde en el momento en que las hizo. Cada una de ellas es única, irremplazable y ni el sol ni la bruma son capaces de alterarlas. Ella nunca aparece en ninguna, porque enarbola la cámara y pide que no se mire de frente, que la persona en cuestión siga hablando con ella, contándole como si nadie estuviese intentando robar un momento para plasmarlo para siempre. Raquel piensa que las fotografías son como las cartas, que tienen un momento y un lugar y sacadas de contexto son fácilmente desvirtuables. Pero en su vicio de recordar el pasado en que rió, en que se mostró transparente a la felicidad, no puede evitar sacar unas y otras de sus cajas acartonadas por el tiempo. De pequeña pegaba recortes de revistas en un cuadernillo sin rayas y debajo, con letra redonda y cuidadosa, escribía la historia de aquellos que entraban, sonreían, miraban a través de las gafas de sol, descansaban, se quedaban dormidos. Cada uno anidaba en su interior un serial de radionovela, cada uno sentía la carencia de la intranquilidad para poder sonreír abiertamente.
Raquel almacena los cuadernillos y los saca cuando está triste, preguntándose dónde estará la señora de la sombrilla amarilla, o si ha despertado por fin el hombre de la hamaca, si la mujer que espera en la estación ha encontrado el amor, o si el zapatero se levantará alguna vez de su labor. Raquel ahora no inventa historias sobre seres a los que no conoce, pero sí reconstruye un futuro probable con aquellos que se dejaron conocer, que entraron durante un instante en el salón de su vida.
Raquel pisa entre las piedrecillas de la salida del cementerio y oye el crujido con la cabeza baja. Los tacones se hunden con precisión entre la hierba que crece uniforme, gracias a los cuidadores, y siente el tacto suave de la arena húmeda, de las alfombras mullidas, de las hojas de otoño en el parque. Raquel mira hacia atrás buscando su huella en las piedras, inalterables, inalteradas a su paso. Se coloca una mano de visera contra el sol y busca su coche. El chófer, en esta época en la que ya no existen los choferes, sonríe y toca con una mano tímida la gorra de plato que pidió expresamente poder llevar.
Había entrado despacio en el despacho de Raquel y había mirado con discreción las fotos colgadas, hechas por el padre de esta, en sus viajes azarosos por el mundo. Raquel le había dejado tiempo para sentarse, para sentirse cómodo y sentir afinidad con la habitación. Raquel había abierto los ventanales de la habitación superior y se veía el campo y, a lo lejos, aletargada como una fiera cansada por la caza, la ciudad. Él había buscado con la mirada un anillo en la mano de Raquel y esta había sonreído un poco al preguntarle, intimidándole un poco por su telepatía, si estaba casado. Había sonreído y asentido con la cabeza, con las manos en el regazo, denotando una calma y una seguridad que le habían hecho confiar en él inmediatamente. Su trabajo no iba a ser demasiado pesado, eso sí, un poco monótono, ya que Raquel tenía horarios no demasiado flexibles y le gustaba hacer las cosas igual, cada día, a pesar del cansancio de la rutina.
Raquel se había preguntado si él se había preguntado a su vez de qué podía vivir una mujer como ella en una casa tan grande y tan vacía como aquella, tan lejos de la ciudad que le brindaba restaurantes, teatros, tiendas. Ella había intentado hacerle entender que cumplía una especie de penitencia, de retiro mental en el silencio del campo. Había tocado con un dedo trémulo la cadena que llevaba al cuello, con el cuerpo de Cristo colgando del oro. Se había quedado mirando su traje blanco como la nieve, refulgiendo en la claridad de la habitación de madera, había mirado sus pies pequeños enfundados en sandalias, en aquella tarde de agosto, cuando había buscado su compañía para el resto del año, para ser su chófer, su habilidad y pericia en la carretera.
- Sabe usted, no me siento capaz de emular a Sor Citröen.
Le había sonreído, haciéndole partícipe de su condición de monja, pero él no había entendido. Quedaban tan pocas cosas del pasado en este presente de prisas, engendros y racionalizaciones. Le había enseñado la salida, y él había vuelto a retractarse del sueldo, estimándolo demasiado elevado. Raquel quería compensarle por las horas muertas que pasaría en el coche, mientras ella caminaría por los cementerios, arrodillándose ante las losas verdes de humedad.
Habían pasado muchos días antes de que él se atreviese a preguntarle por qué siempre la misma ruta, siempre el café en la misma cafetería donde una mujer escribía frenética en su portátil, por qué siempre pasear por las mismas calles, en la misma dirección, saludando atentamente a la chica de los pañuelos, por qué observar siempre a la misma hora a la misma ciega que paseaba con su perro labrador, por qué siempre sentarse en el parque a observar a los niños jugando en los columpios, por qué acabar cada tarde con los ojos arrasados de lágrimas en el asiento trasero del coche, quitándose el sombrero negro, el velo negro y los guantes negros, todavía empapados del olor a flores que dejaba en las lápidas. Raquel había inclinado la cabeza, se había tocado la cruz de Cristo con una mano y había respondido simplemente "Es mi penitencia".
Raquel ha borrado de su casa todo rastro de espejos, ha quemado los colores de su ropa, ha dividido su casa en dos tierras: el reino del blanco, cuando se reconcilia con la humanidad y contesta al teléfono con la voz segura y la mano en la cruz de Cristo y el país del negro, cuando vuelve desalentada de cobardía e impotencia y vaga por la casa, golpeándose el pecho con una mano que adelgaza por momentos. Sabe de su debilidad, de saberse hermosa, de haber intentado serlo también por dentro, de haberse rendido a la debilidad de intentar gobernar un convento y terminar siendo la diosa de las vanidades.
Raquel se arrastra internamente para poder ascender al cielo que cree merecer cualquier persona de este mundo. Vuelve la mirada a las fotos y recuerda las palabras, recuerda los gestos, los desahucios emocionales que ha provocado. Recuerda la cara de orgullo de su madre, cogida de su mano, por los jardines de la ciudad antigua, un futuro de esperanza para su belleza externa. Recuerda sus años de novicia y la muerte de su madre, recuerda la mano lánguida y fría de su padre en el entierro, recuerda los ojos sin vida de un hombre que la había adorado por ser su hija. Recuerda el encierro y la penitencia del silencio por querer vencer el mal que brotaba de su propio interior. Recuerda haber aceptado con orgullo ser nombrada la superiora del convento, recuerda a la novicia más joven e impresionable que no había soportado lo estricto de las normas y se había ahorcado en su celda, recuerda su cuerpo muerto envuelto en un sudario que ella misma había bordado, recuerda la opresión en el pecho, la preocupación por su propia persona cuando un cuerpo ascendía al infierno de los suicidas. Recuerda la penitencia de aquella mano con un anillo de Dios engastado en un oro como el que ahora toca con la mano. Recuerda salir del convento maldecida interiormente por una voz que ha dominado siempre su vida, la voz de un ángel de la guardia que ahora asoma en el rostro de su chófer.
Raquel indica al chófer que siga hasta el parque más grande de la ciudad y el hombre, sorprendido por la novedad de cada uno de los días iguales a los demás, gira el volante y vuelve los ojos por el retrovisor hacia su jefa, hacia la mujer más hermosa que ha visto en su vida, hacia esos ojos que no miran desde hace mucho tiempo porque no se sienten merecedores de compasión ni de admiración, hacia esas manos huesudas que le roban la vida al Cristo de oro que ha erosionado el roce, en busca de consuelo virtual. El chófer se pregunta por qué hoy, por qué esta tarde de febrero, con el coche lleno de crisantemos, su jefa decide pasear por la calle engalanada como la viuda de Cristo y dejar que las miradas de los demás se crucen en sus pasos, sin ser consciente de ser el centro de toda la vida en la ciudad, de paralizar durante un momento el tráfico que rodea el parque, de no ver que en su sonrisa se esconde el dolor y el horror por su propia alma. Raquel se acerca al estanque y se quita la cadena de oro. Llama al chófer y este se acerca rápidamente, asustado por la mirada de desasosiego de su jefa.
-Mírese en el agua.
El chófer se mira y ve, detrás de él, la mirada pura y limpia de su jefa, que ha quitado el velo de su sombrero y sujeta en una mano la cadena de oro de Cristo. El chófer, ve el rostro de un ángel en sus propios rasgos, y siente un puñal clavársele en la espalda. Sin tiempo a girarse, ve la mirada de Raquel, ve el puñal que ella sujeta con la mano huesuda y ve que ella roza con el arma su propio cuello y cae, hacia delante, golpeándose la cabeza contra el estanque mientras él se agarra el costado y cae de rodillas, tocando con la mejilla la cruz de Cristo que se funde con la tierra y desaparece para siempre.

jueves, 12 de junio de 2008

Virginia




El carro queda atascado en la escalera mecánica y Virginia empuja, empuja hasta que le duelen los antebrazos, se hace daño en el empeño y llega arriba con el corazón desbaratado. Intenta pasar por las puertas automáticas pero, como siempre, se resisten a abrirse. Virginia se pregunta a veces si es real, si el empuje que realiza sobre el carro, si la presencia que se persona ante las puertas es tangible. Si el universo de los objetos es capaz de percibirla, de alterarse a su presión y a su realidad. Lo duda. Lo duda desde hace muchos años, porque no es posible tanta torpeza en una cirujana de renombre.
Allí, entre las luces directas que hieren el verde de los uniformes, todo responde a su palabra, los instrumentos se alinean solos a su única mención, precisa y exacta como los corte o las suturas. Al salir por las puertas batientes, Virginia vuelve a encontrarse en un mundo donde el mando del coche no responde nunca a la primera, las gafas resbalan de su estuche y se estrellan contra el suelo, la botella de leche se abre salpicando su blusa favorita, tropieza contra el perro y le pisa una pata.
Virginia sale del hospital y hace la compra cada día, personalmente, porque se relaja entre los estantes, donde no hay presión ni vidas que salvar, donde todo está tan muerto mentalmente que incluso ella puede desconectar y deambular al ritmo del hilo musical que marca el flujo de clientes en el hipermercado. Virginia tropieza con el carro contra un expositor y la mirada extraviada de una chica cargada de pañuelos de papel la devuelve a la realidad. Virginia se mira el tacón del zapato y lo ve torcido. Aprieta los dientes e intenta reírse de sí misma, pero no es capaz, esta incapacidad de normalidad le puede a veces.
Hoy necesita sabores. Necesita sabores desde hace unos meses. Su novia dice que es simplemente ansiedad, que el nuevo puesto de jefa de planta la está desquiciando un poco. Virginia sale de la habitación con un plato lleno a rebosar de helado de ron con pasas y se sienta delante de la televisión hasta que su novia llega y le pide perdón, le dice que no está desquiciada, tal vez sólo un poco nerviosa y que es lógico perder los estribos cuando se intenta, cada día, salvar una vida. Virginia salva vidas, nunca es consciente de salvar personas. No quiere saber nada de la vida de sus pacientes, nada. Quiere estar por encima del temor de dejar viudas, huérfanos, madres sin hijos. De esta única forma su pulso adquiere la firmeza y la perfección que la caracterizan.
Virginia se acerca a las neveras horizontales repletas de helados que nadie toma en este febrero soleado y un poco frío. Intenta decidirse por una sola tarrina. Mira en el monedero y se encuentra con dos billetes de cinco mil pesetas. Sonríe y coge el de frutas del bosque, dos de ron con pasas, stracciatella, chocolate amargo, coge también vainilla con canela, el de turrón, dos de limón y el de yogur. Mmmmmm. Virginia se lamenta de la poca variedad. Le encantaría el de sabor a pera, a piña, a kivi, a naranja amarga, a plátano, como el banana split. Camina hacia la caja y se pregunta durante un instante cómo la llamarán las cajeras del hipermercado. La loca de los helados, probablemente. Cuando es su novia la que viene, también compra artículos normales, sin compulsión, zumos, tomate frito, carne picada...
Ella sola es libre para venir y aprovisionarse para la semana. Sube al coche con las bolsas que se desparraman sobre los asientos y ve la escarcha que se funde un poco con la calefacción del coche. Gira a la derecha y frena de repente, porque le parece haber visto una sombra deslizarse debajo de su coche. Se baja y mira. Nada. Sólo la sombra que ella misma proyecta al sol mortecino de febrero. No piensa volver al hospital hasta mañana por la mañana. Este día le pertenece y ya que su novia se ha ido a una conferencia fuera de la ciudad, está sola y libre, libre por un día. Aparca en su plaza de garaje y golpea el faro delantero izquierdo contra la columna. Maldice en silencio y llama al ascensor. La luz se apaga cuando traslada las bolsas hasta el ascensor. Tropieza y cae. A gatas llega hasta el interruptor y lo golpea con tanta fuerza que se hace daño en los nudillos. Coge las bolsas y las tira dentro del ascensor. Oye un chasquido y sabe que se acaba de romper la tarrina de un kilo de helado de pistacho que regalaban con el de chocolate amargo. Sube hasta el piso noveno y intenta abrir la puerta, que se resiste. En la cocina, intenta colocar todas las tarrinas en el congelador. No cabe la mitad. Cierra con furia la puerta y esta rebota, pegándole en la frente. Se sienta a llorar en el suelo de la cocina. ¿Qué me pasa?, se pregunta.
En el salón, con una cuchara de mango largo, come de la tarrina de ron con pasas. Pasan dos horas y sigue, metida entre la pastosidad del helado, con la televisión encendida y la voz bajada. Mirando las caras anodinas que olvidará en segundos en cuanto acabe el programa. Descalza por la casa, tropieza con un hombro contra la puerta del baño y se sienta en el retrete. Se baja los pantalones y sigue el rastro de cardenales en sus piernas, en sus brazos, la rojez en su frente. Mira las cicatrices de la operación de apendicitis, mira el vacío de la mastectomía, se mira en el espejo, con las caderas llenas y el alma cansada de tanto intentar ser la mejor médico del hospital.
Se viste y sale de la casa. En el portal tropieza con la moqueta levantada y da una patada. El portero sale a ver qué ocurre y ella le saluda con la mano, sin dirigirle la palabra. Entra en la cafetería de siempre y pide un helado de cono. El dueño rebusca en el frigorífico porque sabe que con ella de cliente hay que tener mercancía, en cualquier época, a cualquier hora. Sobre todo últimamente. Los viernes le vende diez o doce helados, de todo tipo y sabor, los que piden los niños y aquellos cuyas ventas caen en picado. Le pregunta si no será accionista de alguna empresa. Ella sonríe y le pide dos más, de caramelo y nata, que él le coloca en un platito. Virginia le devuelve el plato y acumula los papeles que se gastan, que inundan la mesa. Virginia sale un momento del bar, después de haber pagado y recorre la calle hasta llegar a la tienda de gominolas. Llena la bolsa de colores con chucherías de chocolate: un par de Mars, otros de KitKat, también Lion, tres o cuatro Tokkes, y caramelos de goma: cabezas de caballo, huevos fritos, corazones de melocotón, bolones, moras rojas y negras, gajos de naranja y de limón, coca-colas con azúcar por fuera.
Paga y la chica detrás del mostrador se pregunta con qué frecuencia harán fiestas de cumpleaños en casa de esta mujer tan menuda que no parece tener fondo. Virginia coge la bolsa en la mano derecha y abre la puerta con la izquierda. La bolsa se rompe y la chica la ayuda a recoger. Virginia tiene los ojos cerrados, a cuatro patas en el suelo del local y oye desde muy lejos la voz de la chica. Se levanta, da las gracias y sale, tropieza con una mujer alta y morena, vestida integralmente de negro, con un sombrero con velo, completamente fuera de lugar en la ciudad. La mujer que lleva crisantemos, se aparta para dejarla pasar y Virginia se da cuenta de que nunca ha visto ha nadie tan hermoso como a ella. Entra en la cafetería y sigue pidiendo helados. Mira alrededor y ve una cara joven perdida en la ventana de un autobús, leyendo un librito negro, como un misal. El autobús reemprende la marcha y la mirada de la joven se posa un rato sobre ella, sin verla en absoluto o tal vez viéndola tan profundamente que decide omitirla.
Virginia come los helados como si quisiese morirse de hiperglucemia. Apenas distingue cuando comienza uno y cuando termina si no es por el ritual de desenvolverlo, intentando doblar el papel de plástico que se resiste, que renace como un ser vivo en el cenicero. Virginia los junta a todos, intenta hacer un librito de colores con los envoltorios de los helados pero el peso del cenicero oscila y los deja libres para desparramarse por la mesa. Sigue comiendo y ve a una niña pequeña comiendo un donut, cerrando los ojos del deleite, por el contacto del azúcar con los labios pequeños. Virginia sigue comiendo, intentando encontrar ese tipo de deleite en el azúcar que le corre por las venas, en el chocolate que deglute con la nata, en el caramelo que se le pega a las encías y que no siente.
Virginia intenta sentir el placer del abandono, el éxtasis de la libertad de saborear el helado que está devorando sin ser consciente del mundo. Para Virginia, desde hace unos meses, los sabores han desaparecido de su espectro, como si, de verlo todo en color, ahora lo viese en blanco y negro. Su paladar no responde. Su cerebro no emite mensaje de gusto ni de náusea. Está atrapada en el sabor a nada que le inunda la boca y del que no es capaz de olvidar. Virginia se avergüenza de no poder decirle a su novia si el plato está soso o salado. Virginia sigue intentando encontrar el sabor que se le ha negado en su torpeza. Virginia sigue comiendo para saciar un hambre ficticia.

martes, 10 de junio de 2008

Natalia




La tarde la ha cogido por sorpresa. La tarde me conmueve, como siempre, pero he notado un ronco arrepentimiento, una brusca lamentación con las nubes bajas al final de la calle. Es cierto que la tarde tiene luz, pero ahora no lleva adjunta ninguna prolongación de llegada. La tarde es tarde, nada más, es igual que la mañana pero con más horas encima, con más lucidez para observar el resultado de lo que ahora somos, esta acumulación de obsesiones inservibles y alejadas. Y ya se acaba. Natalia sale del consultorio y mete los papeles en el portafolio. Al instante mismo tropieza con un cuerpo pequeño que la mira con ojos de abandono. Natalia intenta seguir su camino pero el cuerpecillo se lo impide. Es una niña de unos cinco años, con un vestido antiguo, de esos que la misma Natalia llevó puestos alguna vez, hace muchos años; los lazos del vestido le cuelgan de los lados, un poco sucios por arrastrarse por el suelo. Natalia se da cuenta ahora de que la niña no tiene chaqueta, que tiene los pies enfundados en calcetines demasiado calados para el mes de febrero. Natalia busca a la posible madre de la niña, pero en la calle todo el mundo sigue su camino, tal vez dirigiéndoles una mirada que no significa nada y que, menos que nada, significa que sean la madre de alguien.
Natalia se agacha para quedarse a la altura de los ojos de la niña y le pregunta su nombre. La niña no contesta pero sigue mirándola, en una mezcla de desamparo y seguridad. Natalia ve que el brazo izquierdo de la niña está manchado de sangre, un rastro de sangre seca que se le ha quedado pegado también al vestido. Natalia no se atreve a tocar a la niña. No se atreve a reaccionar. No se atreve a irse para siempre y dejarla así, un poco desaliñada y herida. Mira el reloj y aún son las once de la mañana. La niña debería estar en el colegio. Natalia busca con la mirada un policía local. Ve a una pareja, hombre y mujer, parados, hablando con la chica de los pañuelos. Toca el hombro de la niña y se los señala. La niña echa a andar delante de Natalia y Natalia piensa que esta sería una buena ocasión para escapar, pero, antes de hacerlo realidad, la niña se para y coge la mano de Natalia cuando llega a su altura. Natalia baja la mirada y la niña ha sonreído. Tal vez sea sorda, tal vez muda también o esté desorientada por una caída, piensa Natalia.
Cuando vuelve la mirada hacia los policías, se han metido ya en el coche patrulla, el hombre guiando a su compañera como si esta se encontrase enferma de repente. Natalia intenta apurar el paso pero la niña sigue el mismo ritmo y la frena. Natalia la mira y la niña vuelve a sonreírle. Cuando vuelve a buscar a los policías, estos se despiden ya, con la sirena puesta y los peatones apartándose en la calle peatonal. Natalia piensa que tal vez un desayuno a media mañana siente bien a la niña. Entran en la cafetería habitual de Natalia y pide dos donuts, dos zumos de naranja y un vaso de agua. Natalia coge dos nolotiles y se los traga antes de tomar el zumo. La niña señala las píldoras.
-¿Conoces a alguien que las tome? ¿Tal vez tu mamá, tu papá?

La niña vuelve a sonreír y corta con cuidado un trozo de donut que le hincha los mofletes. Natalia se levanta y pregunta al dueño de la cafetería si ha visto alguna vez por el barrio a la niña. El dueño le comenta que hace mucho que ha dejado de fijarse en los niños, que todos le parecen criaturas extrañas y que esta niña no parece ser la excepción, con esos ojos tan grandes, tan intimidantes, tan seguros de ser el centro del universo. Natalia regresa a la mesa. Toma el donut que la niña rechaza y se bebe el zumo. Irá a la policía. O mejor, antes irá al médico, para que examine a la niña. Se acerca a la barra para pagar y la niña le agarra la chaqueta y abre su manita: un billete de diez mil pesetas asoma entre los dedos gordezuelos y el anillo de bautizo. Natalia coge el billete, se asombra de que sea auténtico, se fija en la pulsera de la niña, donde no hay nombre sino siglas y una fecha. La niña tiene 5 años a punto de cumplirse, mañana será el día. Natalia paga con su propio dinero y guarda el billete en su cartera. Ya habrá tiempo de preguntarse por eso.
Natalia también se pregunta qué hace a estas horas su vecina comiendo un helado, sola, con montones de envoltorios de colores abarrotando la mesa, envuelta en un trance parecido al suspiro final. A la salida de la cafetería la niña vuelve a cogerle la mano. Antes de ir al médico, Natalia y la niña entran en una tienda y elige una chaqueta adecuada para el tiempo tan fresco, que, a pesar del sol, todavía tiene resaca de invierno. La niña sonríe de nuevo y Natalia obvia mirar a la dependienta. Antes de pagar, la niña se acerca con la chaqueta puesta y le tiende la manita, otra vez. Natalia ve un billete de diez mil pesetas. Abre su cartera y encuentra allí, un poco arrugado, el que le cogió a la niña en el bar.
-¿Dónde lo has cogido?
La niña sonríe y, sin que Natalia pueda hacer nada, introduce el nuevo billete junto al otro, también arrugado, también desconocido pero auténtico. Natalia paga con la tarjeta de crédito y evita la sonrisa de asombro de la dependienta. No piensa volver a entrar en la tienda. Salen, mano en mano, y Natalia no quiere volver a ser consciente de tener a la niña a su lado. Quiere acabar de una vez con esta extrañeza, con la sensación de ser vigilada por una cámara indiscreta. Busca con la mirada un taxi y llegan rápido al consultorio de su ex marido. Natalia baja a la niña y la niña vuelve a tenderle la mano.
-No quiero que vuelvas a hacer eso, niña.
El taxista la mira con asombro. "No le grite a la chiquilla, mujer. Encima que colabora..." Natalia coge a la niña con violencia del brazo y la arrastra hasta la puerta. La niña está lasa, se deja hacer y cuando Natalia vuelve a mirarla, dos lágrimas dejan churretes en su carita. Natalia se agacha, coge un pañuelo y le limpia el lloro. Ni un sonido ha asomado de sus labios, la niña simplemente ha llorado como cuando la ofensa duele tanto que sólo el silencio puede calmarla. Natalia siente una arcada precipitándose desde el esófago al estómago.
-Lo siento. Pero no vuelvas a hacerlo. ¿Sabes lo que es el dinero? No es juguete.
La niña sonríe y le vuelve a tender la mano. Dentro hay una moneda de peseta. Así parece a escala de la manita y Natalia no puede evitar sonreír a su pesar. Suben en el ascensor y la niña sigue aferrada a su mano. Abre la puerta la enfermera y Natalia pasa directamente al despacho del médico. Le explica el caso, con la niña agarrada aún. El médico, ese hombre que tan bien la ha conocido, la mira sorprendido. "No sabía que te gustasen los niños". Natalia nota el sarcasmo. Natalia calla y aúpa a la niña a la camilla del médico. Si no nos puedes atender nos vamos a otro sitio, piensa. Pero calla, porque la niña la mira con esos ojos de risa que tanto bien le están haciendo. Alguien la mira y la ve, alguien es consciente, mano a mano, de otro cuerpo que existe, que late con precisión y con ansias de ser visto.
El médico habla con la niña con voz de ángel y Natalia se sorprende al verle como nunca imaginó. La niña sigue anclada a la mano de Natalia y ésta le quita la chaqueta y el vestido. Tiene un corte en el hombro y el cuerpecillo plagado de moretones, debajo del vestido donde nadie puede ver nada, en la espalda, en el pecho, en el vientre. Natalia se lleva las manos a la boca, para no gritar, para no estrechar a la niña entre sus brazos. La niña la mira y sonríe. Sonríe otra vez y Natalia se pone a mirar los títulos de su ex marido, acariciando la mano de la niña mientras no oye lo que él le está diciendo a la niña, las preguntas que le está haciendo y que la niña sigue sin contestar. Natalia coge la carita de la niña:
-¿Sabes hablar, corazón? Tienes que hacerlo.
La niña la mira desde sus moretones, desde el vestido sucio, desde la sangre que el médico está limpiando, desde el trozo de donut que reposa en su estómago.
-Mamá dijo que tenía que estar callada.
Natalia abraza a la niña. Natalia se está abrazando a sí misma. Natalia sale de la habitación y llora en el baño, donde se tapa la cara con un trozo de papel higiénico que empapa en segundos. Donde estrangula las ganas de morirse entre una toalla que huele a suavizante de melocotón. Natalia regresa junto al médico y a la niña, que está sentada, demasiado seria, con el vestido y la chaqueta puestos y una piruleta entre sus dientecillos. Está esperando a Natalia con la manita tendida, de nuevo. Natalia se sienta y coge a la niña hasta sentarla en su regazo. Coge el billete, otra vez arrugado y saca los otros tres desde las once de esta mañana. El médico escucha a Natalia y mira a la niña, que les escucha, involucrada, seria, con los labios rojos de la piruleta, y sale un rato de la habitación.
La niña mira a Natalia. "¿Puedo hablar?". Natalia la abraza y se pregunta cuál es el siguiente paso. El médico vuelve a entrar. Se acerca a las dos niñas, a las dos mujeres que se han mimetizado un poco. Coge a la niña en brazos y da una mano a Natalia. "No te preocupes. Yo me encargo. ¿Puedes estar con la niña todo el día?". Natalia asiente con la cabeza. Él le dice que la llamará por la tarde, que tienen mucho de qué hablar, que llegará un policía con él a eso de las cuatro de la tarde y que hablarán los cuatro, también la niña.
El médico se acerca a Natalia y la abraza. En el abrazo, rozando su oreja, susurra "Te he echado de menos. Me alegro de que me hayas traído a la niña". Natalia coge a la niña de la mano y bajan, sin notar los escalones que se han gastado de pisadas extrañas. En la calle, Natalia le pregunta a la niña si le importa que vayan andando hasta su casa. La niña sonríe y le tiende la manita con la que agarra la piruleta, un poco pegajosa del azúcar. Natalia se arrodilla frente a la niña y sonríe. La niña echa sus brazos alrededor del cuello de Natalia y pega la piruleta a su pelo y al de Natalia. Se quedan, así, pegadas por el dulzor que emana la gominola. Y Natalia se oye preguntar "¿Cómo lo haces?". La niña ríe bajito y Natalia llora por los hijos que nunca tuvo el valor de tener.