martes, 10 de junio de 2008

Natalia




La tarde la ha cogido por sorpresa. La tarde me conmueve, como siempre, pero he notado un ronco arrepentimiento, una brusca lamentación con las nubes bajas al final de la calle. Es cierto que la tarde tiene luz, pero ahora no lleva adjunta ninguna prolongación de llegada. La tarde es tarde, nada más, es igual que la mañana pero con más horas encima, con más lucidez para observar el resultado de lo que ahora somos, esta acumulación de obsesiones inservibles y alejadas. Y ya se acaba. Natalia sale del consultorio y mete los papeles en el portafolio. Al instante mismo tropieza con un cuerpo pequeño que la mira con ojos de abandono. Natalia intenta seguir su camino pero el cuerpecillo se lo impide. Es una niña de unos cinco años, con un vestido antiguo, de esos que la misma Natalia llevó puestos alguna vez, hace muchos años; los lazos del vestido le cuelgan de los lados, un poco sucios por arrastrarse por el suelo. Natalia se da cuenta ahora de que la niña no tiene chaqueta, que tiene los pies enfundados en calcetines demasiado calados para el mes de febrero. Natalia busca a la posible madre de la niña, pero en la calle todo el mundo sigue su camino, tal vez dirigiéndoles una mirada que no significa nada y que, menos que nada, significa que sean la madre de alguien.
Natalia se agacha para quedarse a la altura de los ojos de la niña y le pregunta su nombre. La niña no contesta pero sigue mirándola, en una mezcla de desamparo y seguridad. Natalia ve que el brazo izquierdo de la niña está manchado de sangre, un rastro de sangre seca que se le ha quedado pegado también al vestido. Natalia no se atreve a tocar a la niña. No se atreve a reaccionar. No se atreve a irse para siempre y dejarla así, un poco desaliñada y herida. Mira el reloj y aún son las once de la mañana. La niña debería estar en el colegio. Natalia busca con la mirada un policía local. Ve a una pareja, hombre y mujer, parados, hablando con la chica de los pañuelos. Toca el hombro de la niña y se los señala. La niña echa a andar delante de Natalia y Natalia piensa que esta sería una buena ocasión para escapar, pero, antes de hacerlo realidad, la niña se para y coge la mano de Natalia cuando llega a su altura. Natalia baja la mirada y la niña ha sonreído. Tal vez sea sorda, tal vez muda también o esté desorientada por una caída, piensa Natalia.
Cuando vuelve la mirada hacia los policías, se han metido ya en el coche patrulla, el hombre guiando a su compañera como si esta se encontrase enferma de repente. Natalia intenta apurar el paso pero la niña sigue el mismo ritmo y la frena. Natalia la mira y la niña vuelve a sonreírle. Cuando vuelve a buscar a los policías, estos se despiden ya, con la sirena puesta y los peatones apartándose en la calle peatonal. Natalia piensa que tal vez un desayuno a media mañana siente bien a la niña. Entran en la cafetería habitual de Natalia y pide dos donuts, dos zumos de naranja y un vaso de agua. Natalia coge dos nolotiles y se los traga antes de tomar el zumo. La niña señala las píldoras.
-¿Conoces a alguien que las tome? ¿Tal vez tu mamá, tu papá?

La niña vuelve a sonreír y corta con cuidado un trozo de donut que le hincha los mofletes. Natalia se levanta y pregunta al dueño de la cafetería si ha visto alguna vez por el barrio a la niña. El dueño le comenta que hace mucho que ha dejado de fijarse en los niños, que todos le parecen criaturas extrañas y que esta niña no parece ser la excepción, con esos ojos tan grandes, tan intimidantes, tan seguros de ser el centro del universo. Natalia regresa a la mesa. Toma el donut que la niña rechaza y se bebe el zumo. Irá a la policía. O mejor, antes irá al médico, para que examine a la niña. Se acerca a la barra para pagar y la niña le agarra la chaqueta y abre su manita: un billete de diez mil pesetas asoma entre los dedos gordezuelos y el anillo de bautizo. Natalia coge el billete, se asombra de que sea auténtico, se fija en la pulsera de la niña, donde no hay nombre sino siglas y una fecha. La niña tiene 5 años a punto de cumplirse, mañana será el día. Natalia paga con su propio dinero y guarda el billete en su cartera. Ya habrá tiempo de preguntarse por eso.
Natalia también se pregunta qué hace a estas horas su vecina comiendo un helado, sola, con montones de envoltorios de colores abarrotando la mesa, envuelta en un trance parecido al suspiro final. A la salida de la cafetería la niña vuelve a cogerle la mano. Antes de ir al médico, Natalia y la niña entran en una tienda y elige una chaqueta adecuada para el tiempo tan fresco, que, a pesar del sol, todavía tiene resaca de invierno. La niña sonríe de nuevo y Natalia obvia mirar a la dependienta. Antes de pagar, la niña se acerca con la chaqueta puesta y le tiende la manita, otra vez. Natalia ve un billete de diez mil pesetas. Abre su cartera y encuentra allí, un poco arrugado, el que le cogió a la niña en el bar.
-¿Dónde lo has cogido?
La niña sonríe y, sin que Natalia pueda hacer nada, introduce el nuevo billete junto al otro, también arrugado, también desconocido pero auténtico. Natalia paga con la tarjeta de crédito y evita la sonrisa de asombro de la dependienta. No piensa volver a entrar en la tienda. Salen, mano en mano, y Natalia no quiere volver a ser consciente de tener a la niña a su lado. Quiere acabar de una vez con esta extrañeza, con la sensación de ser vigilada por una cámara indiscreta. Busca con la mirada un taxi y llegan rápido al consultorio de su ex marido. Natalia baja a la niña y la niña vuelve a tenderle la mano.
-No quiero que vuelvas a hacer eso, niña.
El taxista la mira con asombro. "No le grite a la chiquilla, mujer. Encima que colabora..." Natalia coge a la niña con violencia del brazo y la arrastra hasta la puerta. La niña está lasa, se deja hacer y cuando Natalia vuelve a mirarla, dos lágrimas dejan churretes en su carita. Natalia se agacha, coge un pañuelo y le limpia el lloro. Ni un sonido ha asomado de sus labios, la niña simplemente ha llorado como cuando la ofensa duele tanto que sólo el silencio puede calmarla. Natalia siente una arcada precipitándose desde el esófago al estómago.
-Lo siento. Pero no vuelvas a hacerlo. ¿Sabes lo que es el dinero? No es juguete.
La niña sonríe y le vuelve a tender la mano. Dentro hay una moneda de peseta. Así parece a escala de la manita y Natalia no puede evitar sonreír a su pesar. Suben en el ascensor y la niña sigue aferrada a su mano. Abre la puerta la enfermera y Natalia pasa directamente al despacho del médico. Le explica el caso, con la niña agarrada aún. El médico, ese hombre que tan bien la ha conocido, la mira sorprendido. "No sabía que te gustasen los niños". Natalia nota el sarcasmo. Natalia calla y aúpa a la niña a la camilla del médico. Si no nos puedes atender nos vamos a otro sitio, piensa. Pero calla, porque la niña la mira con esos ojos de risa que tanto bien le están haciendo. Alguien la mira y la ve, alguien es consciente, mano a mano, de otro cuerpo que existe, que late con precisión y con ansias de ser visto.
El médico habla con la niña con voz de ángel y Natalia se sorprende al verle como nunca imaginó. La niña sigue anclada a la mano de Natalia y ésta le quita la chaqueta y el vestido. Tiene un corte en el hombro y el cuerpecillo plagado de moretones, debajo del vestido donde nadie puede ver nada, en la espalda, en el pecho, en el vientre. Natalia se lleva las manos a la boca, para no gritar, para no estrechar a la niña entre sus brazos. La niña la mira y sonríe. Sonríe otra vez y Natalia se pone a mirar los títulos de su ex marido, acariciando la mano de la niña mientras no oye lo que él le está diciendo a la niña, las preguntas que le está haciendo y que la niña sigue sin contestar. Natalia coge la carita de la niña:
-¿Sabes hablar, corazón? Tienes que hacerlo.
La niña la mira desde sus moretones, desde el vestido sucio, desde la sangre que el médico está limpiando, desde el trozo de donut que reposa en su estómago.
-Mamá dijo que tenía que estar callada.
Natalia abraza a la niña. Natalia se está abrazando a sí misma. Natalia sale de la habitación y llora en el baño, donde se tapa la cara con un trozo de papel higiénico que empapa en segundos. Donde estrangula las ganas de morirse entre una toalla que huele a suavizante de melocotón. Natalia regresa junto al médico y a la niña, que está sentada, demasiado seria, con el vestido y la chaqueta puestos y una piruleta entre sus dientecillos. Está esperando a Natalia con la manita tendida, de nuevo. Natalia se sienta y coge a la niña hasta sentarla en su regazo. Coge el billete, otra vez arrugado y saca los otros tres desde las once de esta mañana. El médico escucha a Natalia y mira a la niña, que les escucha, involucrada, seria, con los labios rojos de la piruleta, y sale un rato de la habitación.
La niña mira a Natalia. "¿Puedo hablar?". Natalia la abraza y se pregunta cuál es el siguiente paso. El médico vuelve a entrar. Se acerca a las dos niñas, a las dos mujeres que se han mimetizado un poco. Coge a la niña en brazos y da una mano a Natalia. "No te preocupes. Yo me encargo. ¿Puedes estar con la niña todo el día?". Natalia asiente con la cabeza. Él le dice que la llamará por la tarde, que tienen mucho de qué hablar, que llegará un policía con él a eso de las cuatro de la tarde y que hablarán los cuatro, también la niña.
El médico se acerca a Natalia y la abraza. En el abrazo, rozando su oreja, susurra "Te he echado de menos. Me alegro de que me hayas traído a la niña". Natalia coge a la niña de la mano y bajan, sin notar los escalones que se han gastado de pisadas extrañas. En la calle, Natalia le pregunta a la niña si le importa que vayan andando hasta su casa. La niña sonríe y le tiende la manita con la que agarra la piruleta, un poco pegajosa del azúcar. Natalia se arrodilla frente a la niña y sonríe. La niña echa sus brazos alrededor del cuello de Natalia y pega la piruleta a su pelo y al de Natalia. Se quedan, así, pegadas por el dulzor que emana la gominola. Y Natalia se oye preguntar "¿Cómo lo haces?". La niña ríe bajito y Natalia llora por los hijos que nunca tuvo el valor de tener.

No hay comentarios: