
Al pasar el peine por su pelo color ceniza, fijó la vista en la imagen proyectada sobre el espejo. Era la imagen de un hombre ya maduro, sin edad definida, pero presagiando ya la antesala de los años de un anciano. El espejo, de factura fina y con un marco de plata que desencajaba en aquella pieza modesta, distorsionaba por momentos la figura del rostro caballeroso. Porque sin duda lo era; era, aún en medio de aquella modestia un tanto triste, un caballero de antiguo linaje. La tristeza del ambiente no surgía de la pobreza de esa pieza de alquiler, sino de la elegancia de los ropajes, del espejo de vidrios biselados y del Cristo de marfil que descansaba sobre el aparador. Todo ello hablaba sin duda de otra pieza, de otra casa, de otros tiempos. Era triste, era profundamente triste su contraste, pues no hay pobreza más amarga que la de quien ha tenido riqueza para luego perderla.
Salió de alli apresurando el paso, como queriendo alejarse rápido de algo que le causaba vergüenza e indignidad. Ya en la calle, irguió la frente y caminó altivo. Se borró así, como por acto de magia, todo atisbo de vida real.
Descendió del autobús un par de manzanas antes del Museo de Bellas Artes. Mientras respiraba muy profundo y con resignación, sacó de la cartera un arrugado recorte del periodico: "27 de mayo. M. R. Machón, la afamada pintora española radicada en Milán, inaugura la muestra El Sonido de la Luz." Se volvió luego hacia la vidriera y aprovechando el reflejo de los escaparates vacíos, dio un último toque a su apariencia, colocando la corbata. Se veía bien
Una sutil disculpa y una cara de sorpresa fueron su pasaporte a la sala de exposición. "¿Quizá este en el otro abrigo, no se donde habré dejado la invitación", fueron sus lacónicas palabras. Una vez dentro, vagabundeó fingiendo cara de interés. Permaneció unos minutos frente a un cuadro de un desnudo con la mano entre las piernas y miró extasiado un torso con piel en tonos verdes, azules y rojos. Eran cuadros "mas que interesantes", tal como musitó en un par de ocasiones.
Dio varias vueltas a la sala, mirando cada tanto hacia un estrado instalado en una esquina. Esperaba algo. De pronto, su rostro gesticuló una pequeña sonrisa. Un hombre de chaqueta y corbata instaló un micrófono junto al estrado y anunció a M .R . Machón. La artista se dirigiría a los presentes, explicaría el significado de su obra y luego, ojalá muy pronto, se daría inició al típico cóctel que un evento de este tipo conlleva. La gente que estaba en la sala se reunió en torno al estrado. Muchos de ellos se saludaban con una sonrisa y un movimiento de cabezas, como viejos conocidos, como asistentes habituales de las presentaciones del mundo artístico, de la bohemia. El, con su elegancia ausente y deseando pasar inadvertido, se colocó en un discreto rincón.
Habló la artista. Explicó con palabras incomprensibles, salpicando entre ellas vocablos en italiano, aquello de la luz y del sonido. Describió su teoría particular acerca de las imágenes, la relatividad y el intra-cosmos freudiano.... Aburrió hasta el cansancio a los asistentes con frases acerca de cómo había descubierto la luz. Nadie parecía entender lo suficiente. Finalmente, M.R.Machón explicó que no habría cóctel inaugural, pues donaría ese dinero a obras de caridad. La miseria que había visto por el mundo, tocaba, muy profundamente, su sensibilidad de artista. Los asistentes cerraron las palabras de la pintora con un gran aplauso. Lentamente se desalojó la sala del Museo de Bellas Artes. El salió entre la muchedumbre y caminó hacia la parada del autobús. Antes de subir al Nº 84 miró hacia atrás y suspiró. Tres euros gastados en locomoción y otra noche sin echarle nada al estómago... habría comprado un paquete de fideos.
Salió de alli apresurando el paso, como queriendo alejarse rápido de algo que le causaba vergüenza e indignidad. Ya en la calle, irguió la frente y caminó altivo. Se borró así, como por acto de magia, todo atisbo de vida real.
Descendió del autobús un par de manzanas antes del Museo de Bellas Artes. Mientras respiraba muy profundo y con resignación, sacó de la cartera un arrugado recorte del periodico: "27 de mayo. M. R. Machón, la afamada pintora española radicada en Milán, inaugura la muestra El Sonido de la Luz." Se volvió luego hacia la vidriera y aprovechando el reflejo de los escaparates vacíos, dio un último toque a su apariencia, colocando la corbata. Se veía bien
Una sutil disculpa y una cara de sorpresa fueron su pasaporte a la sala de exposición. "¿Quizá este en el otro abrigo, no se donde habré dejado la invitación", fueron sus lacónicas palabras. Una vez dentro, vagabundeó fingiendo cara de interés. Permaneció unos minutos frente a un cuadro de un desnudo con la mano entre las piernas y miró extasiado un torso con piel en tonos verdes, azules y rojos. Eran cuadros "mas que interesantes", tal como musitó en un par de ocasiones.
Dio varias vueltas a la sala, mirando cada tanto hacia un estrado instalado en una esquina. Esperaba algo. De pronto, su rostro gesticuló una pequeña sonrisa. Un hombre de chaqueta y corbata instaló un micrófono junto al estrado y anunció a M .R . Machón. La artista se dirigiría a los presentes, explicaría el significado de su obra y luego, ojalá muy pronto, se daría inició al típico cóctel que un evento de este tipo conlleva. La gente que estaba en la sala se reunió en torno al estrado. Muchos de ellos se saludaban con una sonrisa y un movimiento de cabezas, como viejos conocidos, como asistentes habituales de las presentaciones del mundo artístico, de la bohemia. El, con su elegancia ausente y deseando pasar inadvertido, se colocó en un discreto rincón.
Habló la artista. Explicó con palabras incomprensibles, salpicando entre ellas vocablos en italiano, aquello de la luz y del sonido. Describió su teoría particular acerca de las imágenes, la relatividad y el intra-cosmos freudiano.... Aburrió hasta el cansancio a los asistentes con frases acerca de cómo había descubierto la luz. Nadie parecía entender lo suficiente. Finalmente, M.R.Machón explicó que no habría cóctel inaugural, pues donaría ese dinero a obras de caridad. La miseria que había visto por el mundo, tocaba, muy profundamente, su sensibilidad de artista. Los asistentes cerraron las palabras de la pintora con un gran aplauso. Lentamente se desalojó la sala del Museo de Bellas Artes. El salió entre la muchedumbre y caminó hacia la parada del autobús. Antes de subir al Nº 84 miró hacia atrás y suspiró. Tres euros gastados en locomoción y otra noche sin echarle nada al estómago... habría comprado un paquete de fideos.

1 comentario:
Sin comentarios....esa M.R. Machón es una desconsiderada, ni siquiera un taquito de tortilla, hay que ver....
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