miércoles, 4 de junio de 2008

Victoria


La mañana comenzó brumosa y el café tardó más de lo habitual en hacer su ruido catastrófico. Victoria está nerviosa. Cada vez más inestable, según su psiquiatra. La medicación no le está ayudando en absoluto. Victoria se siente dispersa y siente difuminarse los contornos de su normalidad. Busca con la mirada la puerta porque siente que esta también podría desaparecer. Sigue caminando de fantasía en fantasía, como si la realidad fuese lo único que se desvanece por un suspiro.
La psiquiatra no está acostumbrada a tocar a ninguno de sus pacientes pero siente que en este caso es lo único que podrá traer a la realidad a Victoria. Los ojos de la mujer se posan en el anillo de casada de la médico. "Yo también tuve uno, pero lo perdí". Victoria habla de un anillo, Victoria habla de un futuro, Victoria habla de un marido. Desde que le engañó, engañándose a sí misma con la mentira, Victoria pierde un poco más cada día. Creyó al principio que su asistenta le cambiaba las cosas de sitio, creyó que incluso se las estaba robando. Pero su madre, su hermana y su mejor amiga le dijeron que jamás había tenido una pulsera de plata con el nombre de él grabado en el envés, que jamás había aprendido a leer a Goethe en alemán y que no tenía ningún libro en ese idioma del autor, que nunca se había comprado unos zapatos de charol rojos. Victoria se preguntó, en un momento de divagación, si no le habrían robado tal vez también la capacidad para recordar a su propia madre, hermana y amiga. Tal vez estaba viviendo en un mundo de irrealidades, donde se inventaba lo que le faltaba, donde imaginaba lo que nunca había ocurrido, y que, de repente, había anidado en su casa, una madrugada, para su consuelo y para su tranquilidad.
Comenzó cuando abandonó las directrices que marcaban su vida. Se mintió a sí misma cada vez que huía de la felicidad. Demasiado bueno para ser cierto, se decía, demasiado perfecto para un alma incompleta como yo. Un día tras otro, un pensamiento tras otro, una idea tras otra, enhebrándose sin problema, creando una alfombra de irrealidades. Victoria ordenaba su mesa de trabajo, en el colegio, corregía los exámenes con el extravío en la mirada y se preguntaba dónde había puesto las gafas, o el reloj, o las llaves del coche. Con su abuelo, de pequeña, para que no olvidase las funciones más básicas, le hacía repetirle el recorrido, desde el momento de tener el objeto al alcance de la mano hasta el momento de haberlo perdido de vista, como si se lo hubiese tragado un elfo travieso. El abuelo la miraba detrás de los ojos lacrimosos y le sonreía, desde esa parcela aún no invadida por el Alzheimer (el maldito alemán ese que decían ellos) y la agarraba de la mano, paseando ambos por las habitaciones de la casa, como si visitasen un museo, con los pasos silenciosos y la mirada curiosa. Encontraban indefectiblemente el objeto, porque Victoria, en un juego inocente que divertía al abuelo, iba diciéndole "Frío, Frío" o "Caliente, Caliente. Abuelo, ¡te estás quemando!" El abuelo reía, hasta el día en que no supo identificar la palabra frío ni la palabra quemar y Victoria sintió como se derrumbaba el pasado, los recuerdos que tanto habían calado en su mente de niña.
Un día dijo a su marido que tenía una reunión de profesores y padres y se escapó de compras. Había, cerca del colegio, un supermercado de estilo americano, de esos que no cierran por las noches, y Victoria pasaba horas y horas entre los neones, comprando absurdeces, simplemente para no volver a esa casa de caricias y cariños unidireccionales. Demasiadas mentiras simplemente para esconderse de los labios amantes de su marido, de la cama mortuoria donde él la amaba sin pasión y ella sufría con intensidad, de la cena que él le preparaba, de las miradas de rendición cada vez que lo sorprendía mirándola. Victoria pensaba que en alguna ocasión había amado a aquel ser como a alguien extraordinario, tierno, inteligente, maravilloso y perfecto. Algo en su interior se rompía cada vez que él, acariciándole la mejilla, le susurraba "Te quiero. Como antes, como siempre, como nunca." Victoria sentía morirse en el meollo de su interior por tanta mentira, tanto dolor, tanta crueldad. Intentaba escapar de la intimidad, de tenerle demasiado cerca, sintiendo el amor de él fluyendo como un río sin freno. Y ella deseaba amarle, deseaba sentir la pasión, la ilusión, la vida entre sus labios, entre sus brazos, entre su futuro. Él la miraba a veces con la tristeza rebosándole de los ojos, y era entonces, sólo entonces, en la culpabilidad de hacer daño a quien tanto nos quiere, cuando Victoria se permitía amarle.
Inenarrable. Sus amigas suspiraban por su sombra y ella deseaba estar lo más lejos posible de él. Victoria siguió perdiendo muchas cosas entre tanta mentira, se perdió el respeto por sí misma, perdió el norte que era él. Había amado antes que a él, y se había quedado vacía, como una botella. La había apurado un borracho de la vida y, aún en el tiempo y la distancia, no había vuelto a llenarse nunca más sino con el recuerdo, con la mención de las manos, del cuerpo de aquel otro. Renunció a seguir luchando por su pasado y perdió la fe en volver a enamorarse, perdió la seguridad de ser alguna vez una persona entera, sin fisuras emocionales. De vez en cuando, en las únicas verdades de la infidelidad, quedaban para tomar un café y reírse del pasado, de lo débil y torpe que nos vuelve el amor, y en aquellos momentos, con la mirada de él traspasándole el alma y recordándole los instantes más felices de su vida, podía verse latir en ella a una persona recobrada de una pesadilla.
Allí era real, era tangible, tan tangible como la mano que él le tendía en medio de la conversación y que ella aferraba con desesperación, tan tangible como la sensación de plenitud cuando se despedían abrazándose bajo una farola. Él seguía diciéndole, en medio de su caos emocional, que nunca había vuelto a querer a nadie como a ella. Victoria perdía un poco del respeto por sí misma, perdía un poco de dignidad y le pedía un beso que él nunca le negaba. Victoria subía al coche, con el corazón grande y en carne viva, volviendo de un pasado doloroso que la había dejado inerte a una casa, su presente, donde el amor de su marido rezumaba e intentaba hacer de ella alguien amado y respetado por sí mismo.
Eran, de camino al trabajo, los ratos que pasaba mirando objetos que le recordaban el amor antiguo, el único amor real de sus días, y los archivaba, haciéndose daño con el recuerdo, haciéndose daño pero reviviendo gracias al dolor, haciéndose daño en la tarea de intentar crecer lejos de él. Hubo una vez, en que él le habló de irse al extranjero. Victoria palideció por fuera y se vació por dentro y él le dijo que nunca iban a estar separados del todo, que siempre iban a seguir siendo amigos, que nadie podría borrar jamás el recuerdo del amor de aquellos años. Le cogió la mano y ella sintió el tacto del destino, la burla a los amantes eternos.
Volvió al parking asustada y no fue capaz de encontrar el coche. Se lo habían robado. Lo había perdido, como había perdido las ganas de respirar en un mundo sin él. La conocía mejor que nadie y llegó corriendo a su lado, cogiéndola entre sus brazos de primer amante, y besó sus lágrimas histéricas, besó sus ojos de adolescente de treinta y tantos años, besó su corazón sangrante de amor y soledad. La llevó a su coche, que no había perdido, y la condujo hasta su propia casa, que creía se había desvanecido en el huracán de sus sentimientos. Aquella noche su marido no la abrazó por detrás mientras miraba por la ventana, no se acercó a ella en la oscuridad de la habitación, no se despidió, como cada noche, antes del sueño diciéndole "Te quiero en sueños. Cada noche desde que te conocí".
Victoria perdió la batalla y se retiró, admitiendo faltas que no había cometido. Victoria perdió la dignidad al mentir y no defenderse. Victoria perdió la serenidad como aquella mujer a la que vio arrastrando a una niña por la calle. Victoria perdió la noción del bien, del mal, de lo hecho, de lo por hacer, de lo necesario, de lo superfluo. Y dejó de comer, se limitó a dormir en compañía de demasiadas pastillas, descolgó el teléfono hasta que arramblaron con su puerta, desapareció de la vida de los vivos para negarse a entrar en el reino de los muertos.
Victoria escucha el contestador y oye la voz de su amado de la juventud, oye los proyectos junto a un nuevo amor, oye la ciudad en boca de su amado que no volverá jamás, oye el chirrido de sus propios dientes, oye el agua que desborda de la bañera. Victoria pierde la oportunidad de pedirle que vuelva, Victoria pierde las frases preparadas para pedir perdón a su marido, Victoria pierde el sentido de la dirección y se pierde en su propia casa, amaneciendo, en otra habitación, con los ojos escarchados y el corazón mutilado. Victoria se levanta y se dirige a su habitación, con el deseo de escapar de sí misma a través del espejo y allí, en un cajón, al lado de su ropa interior, Victoria encuentra algo, por fin, en la agonía de sus días de suicida. Victoria encuentra una foto de ambos, de los amantes, en los tiempos del amor, en la playa, la foto que le hizo amarle y verle en su futuro para siempre. Victoria mira la foto y, detrás de ellos, saliendo de una barca que acaba de llegar a la orilla ve al que después sería su marido, al que aún no conocía, al que el mar trajo a su orilla y ella volvió a devolverle, después de haberlo perdido todo.



1 comentario:

Anónimo dijo...

lo mas triste de todo es desear lo que jamas se podra tener...porque da igual lo cerca que este, aunque duerma en tu misma almohada, hay cosas que no se llegan a tener del todo nunca...ademas, ya se sabe, a veces solo vemos un arbol y no el bosque que lo envuelve...a veces deseamos solo el reflejo en el espejo...