
Tiene las tijeras en la mano izquierda porque quiere aprender a usarlas así. Ha sido diestra toda la vida y ahora Paula quiere aprender a ser zurda. Su madre le grita que siempre ha tenido demasiadas ideas extrañas en la cabeza, que incluso ha llegado a asustarla por su convencimiento sobre algunas. Paula tiene las ideas claras. Nada es blanco ni negro, todos fluctuamos en un inmenso mar de grises. Para algunos, que se niegan a ver, el color lo impone la ocasión. Para Paula, simplemente no hay color.
Su madre dice que se consume sola en su cabeza y no responde a los hábitos de los demás, que es asocial . Paula ve que es su madre quien va a la deriva y la deja en la orilla viendo como se aleja cada vez más.
El equilibrio es tan difícil de encontrar que la empresa en sí es absurda. En la cama hay docenas, cientos de fotografías. Bocas y ojos que la miran desde el papel. Quiere forrar su carpeta favorita con ojos famosos y otros anónimos; quiere, en el envés, forrarla de bocas. Porque no venimos a ser más que eso. Paula, cuando conoce a alguien, sabe qué va a decir y cómo lo va a decir simplemente mirándole los labios. Y sabe qué va a pensar con sólo fijarse en los ojos. Paula rehuye de la gente que tiene gafas, incluso de sus actores y actrices favoritas cuando las llevan en alguna película. Paula es miope, muy miope, pero se niega a ponérselas, porque se perdería mucho, se perdería palabras que le dirigen por los ojos tan bonitos que tiene, porque la gente es tan superficial que sólo vería las gafas, no los ojos tan bonitos que son como los de Elizabeth Taylor.
Paula se levanta por la noche y se mira en el espejo, hasta que parece desaparecer dentro de sí misma, y cuando se recobra han pasado horas, tal vez ha llegado la mañana y no ha sentido enfriársele los pies, no ha sentido la lasitud. Ha esperado, pacientemente, a que los ojos color violeta le susurrasen una nana.
Paula sigue recortando con la mano izquierda y, de vez en cuando, es incapaz de seguir el trazo y se come una pestaña, rasga una comisura. Pero así todavía es más vida, más natural, ninguno de nosotros se tutea con la perfección, ni siquiera ellos, que se quedan estampados en las páginas, como mariposas disecadas, abiertas en canal a la burla, al lápiz grotesco, a las palabras dolientes. En la pared de su habitación, que ahora le huele a verano, una foto está recortada cientos de veces, desde distintos ángulos, con texturas de papel distintas y los colores ya atenuados de tantos meses de exposición al sol que entra por la ventana. La habitación le huele a matamoscas, porque una araña trepaba por una de las fotos repetidas y Paula roció un poco de veneno en el arácnido, que dejó un cerco de suciedad y muerte. Paula arrancó la foto y colocó otra idéntica en el mismo lugar. La misma cara, la misma mirada silenciosa, la misma indiferencia tan atractiva.
Paula se acerca al espejo, mira de reojo la foto y se ve tan distinta que tiene ganas de cortarse el pelo con las tijeras y hacerse daño. Pero la modelo de la foto no tiene sus ojos, ni por un segundo tiene esas dos cejas que tanto alaban de Paula, no tiene el encanto de la adolescencia, no tiene la seguridad de no morir nunca y el deseo de hacerlo cada día. Paula tira los restos de las fotos a la basura y coge el pegamento. Abre el tubo y huele. Le gusta, le recuerda el patio del colegio, cuando estaba en el piso de abajo, cuando no había deberes y sólo había que limitarse a los colores y a los palotes extravagantes y retorcidos que ella siempre dibujaba, aún a su pesar. Como antes, cuando jugaban a muertos vivientes, Paula aplica una capa de pegamento sobre la palma de su mano izquierda, muy poca, para que seque enseguida y espera. Porque después viene lo bueno, viene despellejarse como si estuviese podrida, dejar caer la piel reseca y muerta. En clases intentaban conseguir la tira de piel asquerosa lo más larga posible. Algunos, en la morbosidad del asunto, pintaban franjas rojas, como venillas abiertas en la piel. Paula recuerda la cara de sus compañeros, la infinita complicidad, la alegría del descubrimiento del primer morbo, ese que se nos queda para siempre pegado en los recuerdos, igual que se quedaba pegado el pegamento.
Paula pega los labios y pone morritos delante del espejo, le da la risa y sigue pegando, también tirando un poco de pegamento en la colcha y lo limpia con otros labios que van a unirse a los demás. No le está gustando demasiado el efecto, ¿tal vez provocador?, se pregunta. Que protesten. Que hablen, había dicho un escritor - creía que Oscar Wilde- aunque sea mal. Le había hecho gracia. Mucha moral hay que tener para que a uno no le importe lo que digan los demás. Mucha moral y buenos amigos. Porque con los amigos uno se siente siempre fuerte, como si todas las lenguas malvadas del mundo se pudiesen arrancar de cuajo.
Ahora los ojos. Paula pega, uno por uno e intenta recordar a quién pertenecían. Había pensado en hacer un juego con eso, para que sus compañeras tuviesen que adivinar dónde estaban los ojos de Cusack o los de Spacey. Pero ahora ella misma los ha perdido de vista. Así, aunque sea en colores, es difícil. Pero sabe que podría reconocerlos bajo un pasamontañas, si alguna vez se les ocurriese atracar la tienda de ultramarinos que tienen los padres de Paula. Ahí es donde Paula aprendió a leer de los labios y de los ojos, tras tanto tiempo detrás del mostrador, apuntando precios y reconociendo a la que nunca trae suficiente dinero o a la que siempre intenta que se le rebaje el precio. Paula busca, sigue buscando entre la clientela de sus padres los ojos y los labios perfectos, esos que, una vez que los haya encontrado se hará amiga de ellos y les pedirá que la miren, les pedirá que le digan unas cuantas frases, los engatusará y les suplicará que se queden con ella, para no sentirse sola nunca más. Porque ella sabe que, de vez en cuando, alguien la sorprende cuando mira a otra persona y esa mirada la hace sentirse sucia y mezquina. Paula no necesita ver bien los ojos de ese otro que la está juzgando, con ver las venas de su cuello, torcido en alguna posición extraña, o la mano cerrándose en torno a la muñeca del otro brazo, le basta. Paula sabe que a las personas hay que acercarse como uno se acerca a un perro, con una galleta y una caricia, pero un látigo en caso de peligro. Ella prefiere no acercarse, que se acerquen a ella los ojos y los labios que deseen conocerla. Pero no tiene demasiados motivos para ser interesante.
Sus pensamientos son muy simples, muy unidireccionales: las amigas, el colegio, los chicos. Cada vez menos los chicos, porque no es capaz de encontrar en ninguno de ellos los labios y los ojos que la tranquilizan.
Encontró unos ojos y unos labios especiales una vez, en la profesora de inglés y esta la llamó al despacho para preguntarle si todo le iba bien en casa, si le costaba aprenderse las palabras nuevas, de cada lección del libro. Paula la miró entonces como si la viese por primera vez y vio que los ojos eran más pequeños de lo que parecían cuando estaba de frente, con una mano apoyada en el encerado, debajo de la palabra que quería enseñar. También vio que los labios tardaban menos en articular las palabras, y la precipitación no le gustó a Paula, acostumbrada a la dicción lenta y tentadora de la profesora cada vez que decía una nueva palabra, con los labios abiertos, o fruncidos, o inexistentes, redondos, o curvados. Y qué decir del no saber qué hacer con las manos de su profesora, siempre tanteando la mesa, como si hubiese perdido algo y pudiese recuperarlo en presencia de Paula. La profesora había abierto los cajones una y otra vez, había oteado por encima del hombro de Paula, como si esta no hubiese estado allí, inmóvil, escuchando el nerviosismo, estando, a su vez, cada vez más relajada y pensado en la fugacidad de la ilusión. Simplemente le pareció que la luz del despacho no hacía nada por ayudar a la belleza de la profesora. La antigua belleza que ahora Paula no veía por ninguna parte.
Quería decirle, sin embargo, días después, que había encontrado unos labios preciosos y unos ojos maravillosos en un autobús, en el rostro de una chica un poco mayor que Paula que llevaba un bolso enorme colgado del hombro, un bolso lleno de pasado, lleno del futuro de otros. Sin embargo el encuentro no fue como Paula había supuesto, porque aquellos ojos tan hermosos y espabilados se habían asustado, aunque sólo hubiese sido un instante, y Paula creyó verse, monstruosa, en las pupilas negras y azules de aquella chica, que, si no hubiese habido tanta gente, habría dado un paso para huir de ella. Paula lo vio y también vio un rastro de miga de pan en las comisuras más perfectas en esta realidad del día a día, pero la miga del pan no le había parecido perfecta, le había parecido vulgar y había desviado la mirada porque, de repente, se dio cuenta de que por mucho que buscase nunca encontraría en la mirada de una mujer la sonrisa de su compañera de habitación en el internado de verano, y por mucho que viese labios pintados, ningunos la mirarían con el deseo de aquella noche prohibida, entre las sábanas húmedas de la habitación número 7.
Su madre dice que se consume sola en su cabeza y no responde a los hábitos de los demás, que es asocial . Paula ve que es su madre quien va a la deriva y la deja en la orilla viendo como se aleja cada vez más.
El equilibrio es tan difícil de encontrar que la empresa en sí es absurda. En la cama hay docenas, cientos de fotografías. Bocas y ojos que la miran desde el papel. Quiere forrar su carpeta favorita con ojos famosos y otros anónimos; quiere, en el envés, forrarla de bocas. Porque no venimos a ser más que eso. Paula, cuando conoce a alguien, sabe qué va a decir y cómo lo va a decir simplemente mirándole los labios. Y sabe qué va a pensar con sólo fijarse en los ojos. Paula rehuye de la gente que tiene gafas, incluso de sus actores y actrices favoritas cuando las llevan en alguna película. Paula es miope, muy miope, pero se niega a ponérselas, porque se perdería mucho, se perdería palabras que le dirigen por los ojos tan bonitos que tiene, porque la gente es tan superficial que sólo vería las gafas, no los ojos tan bonitos que son como los de Elizabeth Taylor.
Paula se levanta por la noche y se mira en el espejo, hasta que parece desaparecer dentro de sí misma, y cuando se recobra han pasado horas, tal vez ha llegado la mañana y no ha sentido enfriársele los pies, no ha sentido la lasitud. Ha esperado, pacientemente, a que los ojos color violeta le susurrasen una nana.
Paula sigue recortando con la mano izquierda y, de vez en cuando, es incapaz de seguir el trazo y se come una pestaña, rasga una comisura. Pero así todavía es más vida, más natural, ninguno de nosotros se tutea con la perfección, ni siquiera ellos, que se quedan estampados en las páginas, como mariposas disecadas, abiertas en canal a la burla, al lápiz grotesco, a las palabras dolientes. En la pared de su habitación, que ahora le huele a verano, una foto está recortada cientos de veces, desde distintos ángulos, con texturas de papel distintas y los colores ya atenuados de tantos meses de exposición al sol que entra por la ventana. La habitación le huele a matamoscas, porque una araña trepaba por una de las fotos repetidas y Paula roció un poco de veneno en el arácnido, que dejó un cerco de suciedad y muerte. Paula arrancó la foto y colocó otra idéntica en el mismo lugar. La misma cara, la misma mirada silenciosa, la misma indiferencia tan atractiva.
Paula se acerca al espejo, mira de reojo la foto y se ve tan distinta que tiene ganas de cortarse el pelo con las tijeras y hacerse daño. Pero la modelo de la foto no tiene sus ojos, ni por un segundo tiene esas dos cejas que tanto alaban de Paula, no tiene el encanto de la adolescencia, no tiene la seguridad de no morir nunca y el deseo de hacerlo cada día. Paula tira los restos de las fotos a la basura y coge el pegamento. Abre el tubo y huele. Le gusta, le recuerda el patio del colegio, cuando estaba en el piso de abajo, cuando no había deberes y sólo había que limitarse a los colores y a los palotes extravagantes y retorcidos que ella siempre dibujaba, aún a su pesar. Como antes, cuando jugaban a muertos vivientes, Paula aplica una capa de pegamento sobre la palma de su mano izquierda, muy poca, para que seque enseguida y espera. Porque después viene lo bueno, viene despellejarse como si estuviese podrida, dejar caer la piel reseca y muerta. En clases intentaban conseguir la tira de piel asquerosa lo más larga posible. Algunos, en la morbosidad del asunto, pintaban franjas rojas, como venillas abiertas en la piel. Paula recuerda la cara de sus compañeros, la infinita complicidad, la alegría del descubrimiento del primer morbo, ese que se nos queda para siempre pegado en los recuerdos, igual que se quedaba pegado el pegamento.
Paula pega los labios y pone morritos delante del espejo, le da la risa y sigue pegando, también tirando un poco de pegamento en la colcha y lo limpia con otros labios que van a unirse a los demás. No le está gustando demasiado el efecto, ¿tal vez provocador?, se pregunta. Que protesten. Que hablen, había dicho un escritor - creía que Oscar Wilde- aunque sea mal. Le había hecho gracia. Mucha moral hay que tener para que a uno no le importe lo que digan los demás. Mucha moral y buenos amigos. Porque con los amigos uno se siente siempre fuerte, como si todas las lenguas malvadas del mundo se pudiesen arrancar de cuajo.
Ahora los ojos. Paula pega, uno por uno e intenta recordar a quién pertenecían. Había pensado en hacer un juego con eso, para que sus compañeras tuviesen que adivinar dónde estaban los ojos de Cusack o los de Spacey. Pero ahora ella misma los ha perdido de vista. Así, aunque sea en colores, es difícil. Pero sabe que podría reconocerlos bajo un pasamontañas, si alguna vez se les ocurriese atracar la tienda de ultramarinos que tienen los padres de Paula. Ahí es donde Paula aprendió a leer de los labios y de los ojos, tras tanto tiempo detrás del mostrador, apuntando precios y reconociendo a la que nunca trae suficiente dinero o a la que siempre intenta que se le rebaje el precio. Paula busca, sigue buscando entre la clientela de sus padres los ojos y los labios perfectos, esos que, una vez que los haya encontrado se hará amiga de ellos y les pedirá que la miren, les pedirá que le digan unas cuantas frases, los engatusará y les suplicará que se queden con ella, para no sentirse sola nunca más. Porque ella sabe que, de vez en cuando, alguien la sorprende cuando mira a otra persona y esa mirada la hace sentirse sucia y mezquina. Paula no necesita ver bien los ojos de ese otro que la está juzgando, con ver las venas de su cuello, torcido en alguna posición extraña, o la mano cerrándose en torno a la muñeca del otro brazo, le basta. Paula sabe que a las personas hay que acercarse como uno se acerca a un perro, con una galleta y una caricia, pero un látigo en caso de peligro. Ella prefiere no acercarse, que se acerquen a ella los ojos y los labios que deseen conocerla. Pero no tiene demasiados motivos para ser interesante.
Sus pensamientos son muy simples, muy unidireccionales: las amigas, el colegio, los chicos. Cada vez menos los chicos, porque no es capaz de encontrar en ninguno de ellos los labios y los ojos que la tranquilizan.
Encontró unos ojos y unos labios especiales una vez, en la profesora de inglés y esta la llamó al despacho para preguntarle si todo le iba bien en casa, si le costaba aprenderse las palabras nuevas, de cada lección del libro. Paula la miró entonces como si la viese por primera vez y vio que los ojos eran más pequeños de lo que parecían cuando estaba de frente, con una mano apoyada en el encerado, debajo de la palabra que quería enseñar. También vio que los labios tardaban menos en articular las palabras, y la precipitación no le gustó a Paula, acostumbrada a la dicción lenta y tentadora de la profesora cada vez que decía una nueva palabra, con los labios abiertos, o fruncidos, o inexistentes, redondos, o curvados. Y qué decir del no saber qué hacer con las manos de su profesora, siempre tanteando la mesa, como si hubiese perdido algo y pudiese recuperarlo en presencia de Paula. La profesora había abierto los cajones una y otra vez, había oteado por encima del hombro de Paula, como si esta no hubiese estado allí, inmóvil, escuchando el nerviosismo, estando, a su vez, cada vez más relajada y pensado en la fugacidad de la ilusión. Simplemente le pareció que la luz del despacho no hacía nada por ayudar a la belleza de la profesora. La antigua belleza que ahora Paula no veía por ninguna parte.
Quería decirle, sin embargo, días después, que había encontrado unos labios preciosos y unos ojos maravillosos en un autobús, en el rostro de una chica un poco mayor que Paula que llevaba un bolso enorme colgado del hombro, un bolso lleno de pasado, lleno del futuro de otros. Sin embargo el encuentro no fue como Paula había supuesto, porque aquellos ojos tan hermosos y espabilados se habían asustado, aunque sólo hubiese sido un instante, y Paula creyó verse, monstruosa, en las pupilas negras y azules de aquella chica, que, si no hubiese habido tanta gente, habría dado un paso para huir de ella. Paula lo vio y también vio un rastro de miga de pan en las comisuras más perfectas en esta realidad del día a día, pero la miga del pan no le había parecido perfecta, le había parecido vulgar y había desviado la mirada porque, de repente, se dio cuenta de que por mucho que buscase nunca encontraría en la mirada de una mujer la sonrisa de su compañera de habitación en el internado de verano, y por mucho que viese labios pintados, ningunos la mirarían con el deseo de aquella noche prohibida, entre las sábanas húmedas de la habitación número 7.

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